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El próximo día 1 es su Santo

La Gloria, de Tiziano. (Museo del Prado)
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La Gloria, de Tiziano. (Museo del Prado)

LA CRÍTICA, 20 OCTUBRE 2020

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El próximo día 1 de noviembre es el santo de todos los que ya no están contigo, de aquellos que ya han fallecido. Quizás tu madre, tu padre, algún hermano o hermana, tío, sobrino, familiar, amiga o amigo, todos tus amores, ahora ya están a tu lado, deseosos de ayudarte en lo que les pidas. Porque cuando san Juan habla en el Apocalipsis de aquella muchedumbre inmensa de personas que en el Cielo, junto al Cordero, nadie podría contar, se encuentran los que nos han querido y nosotros también les hemos querido. (...)

... En efecto, “En esa muchedumbre sanjuanista están todos los santos. No sólo los que la Iglesia canonizó, al catalogarles en su martirologio con un doble signo comunitario de intercesión y ejemplaridad, sino todos los justos, que mueren en gracia, y después de bruñidos en el crisol del purgatorio, acceden a la eterna beatitud de Dios: los santos anónimos, sin aureola, también.” (Fermín Yzurdiaga Lorca, AÑO CRISTIANO, Tomo IV, BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS, 1959, p. 263). Así es, como el tiempo sólo existe en esta vida, todos ellos ya han pasado el purgatorio, si es que lo necesitaban, y se encuentran en el cielo, salvados, santos e intercesores nuestros si se lo pedimos.

En hebreo santo significa “separado”, “diferenciado” y el verbo, denota separación hasta trascender el mundo, “trascendencia”. En este sentido, el término “santo” expresa una cualidad exclusiva de Yahvé; sólo Dios puede ser llamado Santo. Todo en él es santo: su ser, su voluntad, sus acciones, su palabra. Sólo a Dios puede llamársele Santo, según el Antiguo Testamento (Capítulo V de Lumen Gentium). De hecho, así, en las Misas, se reza el himno de Gloria: Quóniam tu solus Sanctus (acentúo para reproducir la pronunciación española); y más adelante se proclama: Sanctus Sanctus, Sanctus Dóminus Deus Sábaoth (Is 6,3); y en la Plegaria eucarística: Vere Sanctus es, Dómine, fons omnis sanctitátis. La doctrina sobre la santidad de Dios, propiedad divina por excelencia, la sintetiza el indiscutido teólogo, Ludwig Ott: ”Dios es la santidad por esencia, porque su voluntad se identifica con la norma moral. La pureza de Dios no es, por tanto, una mera carencia real del pecado (impeccantia), sino también una imposibilidad intrínseca (metafísica) de pecar (impecabilidaddad, impeccabilitas). (Ludwig Ott, MANUAL DE TEOLOGÍA DOGMÁTICA, Ed. HERDER, 1969, p.76). Por consiguiente, sólo Dios es Santo y fuente de toda santidad.

Fue en el siglo IV cuando se inicia la liturgia colectiva, primero a todos los mártires en Oriente y luego, ya también en Occidente, a todos los santos. Es el Papa Gregorio IV (primera mitad del siglo lX) quien fijó la fiesta el 1 de noviembre a petición de Luis l - Ludovico Pio (Luis el Piadoso)-, hijo y sucesor de Carlomagno, que fue Emperador de Occidente, Rey de los francos, y durante su agitado mandato, debido, sobre todo, a las intrigas de sus hijos, que, con motivo de la herencia, llegaron a deponerlo como Rey, conquistó Barcelona a los musulmanes, gobernó sobre Pamplona y los vascones.

San Bernardo, Doctor de la Iglesia, uno de los fundadores de la mística medieval, así como de 68 conventos repartidos por toda Europa y considerado entre los hombres más influyentes del siglo XII, escribió: “Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en ellos, se enciende en mí un fuerte deseo. Mas, para que nos sea permitido esperar esta gloria y aspirar a tan gran felicidad, debemos desear también, en gran manera, la intercesión de los santos, para que ella nos obtenga lo que supera nuestras fuerzas”. Es decir, san Bernardo afirma que los santos nos ofrecen “el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión y la participación en su destino” (Enzo Lodi, Los Santos del calendario romano, Ed. SAN PABLO, 1990, p. 446).

Termino con las citas de dos de los hagiógrafos que más han penetrado en el sentido y significado de la espiritualidad de esta fiesta. “Son tantos los Santos que faltan días del calendario para mostrarlos: “una gran muchedumbre que nadie podía contar de todas las naciones, tribus y lenguas” (como se lee en el Apocalipsis). Unos fueron -Pedro, Pablo, Agustín, Jerónimo, Francisco, Domingo, Tomás, Ignacio, Teresa, Catalina- humanamente ilustres y, por ello, conocidos en su entorno humano y recordados en la posteridad; otros son anónimos, como aquel niño enfermo, esa madre entregada, el empleado paciente y el empresario honrado; también consiguieron el cielo el novio limpio y la enfermera valiente. Estos son los que llevaron aquella existencia gris que a nadie llamó la atención, nada esplendorosa; fueron unos más de esa multitud de gente buena de todos los tiempos, que es vulgar. No lo creímos demasiado cuando nos dijeron en su entierro que “murió como un santo”, pero, ya ves, era verdad. Allí está. Supo ser fiel y, a escala humana, había decidido ser otro Cristo” (Francisco Pérez González, Dos mil años de Santos, Ediciones PALABRA, 2001, p. 1342).

La cita del segundo de los hagiógrafos, puede resultar a lector trasnochada, casi cursi o empalagosa, pero es la que han leído u oído las personas de la tercera edad y por supuesto nuestros padres. “Pues aquí lo entrañable de la fiesta. Pensar, con toda ortodoxia, que ya están en el Cielo, que asisten a esas adoraciones del Cordero, gentes de nuestra sangre y apellidos, nuestros familiares, los que vivieron cerca de nosotros la misma problemática de los pequeños gozos, las mismas horas grises de ceniza y miserias que tejen el misterio de cada vida. ¡Cuántos afectuosos cuidados nos dispensará, desde su gloria, la que fue nuestra madre, la hermana, el esposo o el hijo que consagramos al Señor, muerto en la primera trinchera de la conquista de las almas!

Fiesta de Todos Los Santos… Celebradla en lo íntimo de vuestro hogar, pensando en los santos familiares, junto a la misma mesa donde el padre y la madre nos partían el pan, la doctrina cristiana y el consejo; las flores, los cuadros, las costumbres que amaron; este lecho donde el dolor largo iba calladamente haciéndoles imagen viva de Jesucristo en su cruz… Y ellos sonreían para no turbar nuestro gozo. Asomaos a la ventana, a los mismos paisajes que hicieron descanso, contemplación del Señor y alegría de sus almas. Y si las lágrimas os ciegan, ya vendrá desde lo alto una música callada, nunca oída, el salmo que todos los Santos -nuestro padre, nuestra madre, la hermana, el esposo, el hijo- cantan, ya en el Cielo, al Cordero. Y entonces tendréis la gloria celeste dentro del corazón.” (Fermín Yzurdiaga Lorca, AÑO CRISTIANO, Tomo lV, BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS, 1959, pp. 263 y 265).

Como se deduce de lo expuesto, constituye un error, una verdadera pérdida, no recurrir habitualmente a la intercesión de esos familiares, de esas personas que nos han querido, nos han ayudado, han deseado, de corazón, nuestro bien y que “están deseando ayudarnos” si se lo pedimos.

Pilar Riestra
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