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EN RELACIÓN CON GIBRALTAR

Carta al Director de La Crítica en relación con Predicar en el desierto inglés

'Episodio de Trafalgar', óleo de Francisco Sans Cabot, 1862. Museo del Prado, Madrid
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"Episodio de Trafalgar", óleo de Francisco Sans Cabot, 1862. Museo del Prado, Madrid

LA CRÍTICA, 2 OCTUBRE 2020

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(...) Al final, querido director, a mí no me parece que poner las condiciones para que Gibraltar nos sea devuelto, a la mayor brevedad posible, como todos deseamos, sea predicar en el desierto inglés. Lo que verdaderamente me parece que es predicar en el desierto inglés es intentar convencer a nuestros políticos, siempre demasiado comprensivos con las tesis del contrario, que lo de Gibraltar tiene que terminar a plazo fijo por ser una cuestión imperativa y obligada por nuestra dignidad nacional. Tenemos los hombres. Tenemos la tecnología. Sabemos cómo hacerlo. Solo falta voluntad.

Querido y respetado director:

En primer lugar, deseo agradecerle la buena acogida y consiguiente publicación en el periódico de su dirección de los artículos que ocasionalmente le puedo enviar. La Critica se ha convertido para mí en el instrumento principal para poner por escrito todas las preocupaciones y anhelos que cualquier ciudadano de a pie puede tener ante la grave situación por la que está atravesando España, la patria común e indivisible de todos los españoles.

He dedicado lo mejor de mi vida a la Armada, principalmente al servicio de su fuerza submarina, lo que sin duda ha podido influir en mi forma de entender y hacer frente a los problemas de España. La Armada me llevó muy lejos y muy lejos encontré a España, su alma, y todo lo que muchos de nuestros antepasados hicieron por ella. Con don Antonio Romeu de Armas, director entonces de la Academia de la Historia, aprendí en nuestra Escuela de Guerra Naval, a través de la emoción con la que nuestro añorado profesor nos lo relataba, que no hubo acontecimiento más importante y trascendente en la historia de la humanidad que el descubrimiento y posterior obra civilizadora por parte de una España, que entregó lo mejor de sí misma, como nunca nadie supo hacer, en un Nuevo Mundo que nadie conocía. Ni la llegada del hombre a la Luna se podía comparar, por intrascendente, con la gesta española, según insistía en enseñarnos don Antonio. A otro magnifico director de la Real Academia de la Historia, don Gonzalo Anes Álvarez de Castrillón le oí decir en una de sus magistrales conferencias que cuando la universidad de México era una de las más adelantadas del mundo, en todas las ramas del conocimiento, Manhattan era un peligroso campo de cocodrilos. Para reflexión del actual presidente mexicano.

España siempre en el alma. España siempre en el corazón. Esto le sucede a la mayoría de los españoles de bien que somos la mayoría. Pero cuando políticos irresponsables, radicalizados ideológicamente, no solo no la defienden, sino que, cegados por la materialidad de su propio egoísmo, maniobran para destruirla, o entregarla a sus enemigos, la preocupación, la amargura y la tristeza nos invaden completamente. Mientras no permanezcamos unidos no lograremos evitar diluirnos en un mundo globalizado, sin trascendencia alguna, muy al contrario de lo que sucedió en nuestro brillante pasado.

Concuerdo con usted, estimado director, en que reclamar solo la devolución de la colonia de Gibraltar sin tomar otras iniciativas, o tomarlas en el sentido contrario al que nos interesa, es verdaderamente clamar en el desierto inglés. Ellos están convencidos de que no sabemos hacer otra cosa. Pero mi esperanza reside precisamente en creer que los que verdaderamente no saben hacer otra cosa son nuestros políticos y no el pueblo español, en su conjunto, como se demostró un día dos de mayo, cuando los españoles se levantaron en contra de los invasores y en contra de muchos de nuestros afrancesados gobernantes. Por eso los actuales ingleses deberían de evitar amedrentarnos o disuadirnos con alardes de fuerza hueca. Nuestros males, respetado director, provienen principalmente, en mi opinión, de la congénita torpeza e inanidad de muchos de nuestros gobernantes, de ayer y de hoy, que una y otra vez demuestran que no saben situarse en línea con nuestros antepasados que supieron dar lo mejor de sí mismos por una España mejor.

Plantea usted en su carta, respetado director, el porqué de la actual debilidad militar española, que nunca fue tan llamativa. Conocer con detalle la respuesta a esta importante cuestión requeriría adentrarnos en nuestra historia para llevar a cabo una minuciosa investigación. Y analizar nuestra penosa realidad actual.

En el año 1769, en plena Ilustración, se botaba en los astilleros de la Habana un magnifico buque de guerra, el Santísima Trinidad, orgullo de la construcción naval española de la época con un desplazamiento de más de 4000 toneladas, 140 cañones y 1200 hombres de dotación. Con razón se le apodó el Escorial de los mares. Construido con maderas nobles de la zona tropical sus restos rehabilitados serían hoy una joya en cualquier museo naval. Nuestro buque se hundió en 1805, en la bahía de Cádiz, por los graves daños sufridos después de combatir heroicamente contra siete buques británicos en la batalla de Trafalgar. Los ingleses, que parece que siempre nos ganan en este y otros asuntos navales, conservan el Victory, buque en el que falleció Nelson como consecuencia de las heridas sufridas en la misma batalla. Al final, el hundimiento del Santísima Trinidad anunciaba el fin del Imperio español, pero no el fin de la Armada.

Aunque hubo muchos ilustrados españoles, la realidad es que la Ilustración nació en Francia, Alemania e Inglaterra. Hubo una ilustración católica y otra protestante y todo parece indicar que fue en esta última en donde mejor prendieron las ideas ilustradas, de un modo especial en todo lo referente a la ciencia y a la tecnología. Hay que reconocer que en la construcción del mencionado Santísima Trinidad se utilizó alguna tecnología naval inglesa obtenida por Jorge Juan, durante su estancia en Inglaterra. Poco a poco, ingleses y holandeses, estimulados por el ejemplo español, fueron desplazando a España, en todo cuanto al poder naval se refiere, a pesar de que muchos de nuestros políticos del siglo XIX, como Antonio Maura, tuvieron un pensamiento naval digno de encomio. La aparición del vapor que revolucionó la propulsión naval obligó a la aprobación de grandes planes navales para modernizar nuestra Flota. Pero las patentes bajo las que se construyeron nuestros más importantes buques fueron, hasta la mitad del siglo pasado, casi todas inglesas. Hoy nuestra industria naval está a la altura de nuestras más exigentes necesidades, y solo necesita continuidad de nuestros programas navales. Lo mismo podría decirse de los objetivos de obtención de nuestro Ejército de Tierra y de nuestra Fuerza Aérea.

Bien conocido es que, debido a la invasión de España por tropas francesas y nuestro destino en manos de Napoleón, se fue produciendo la metastásica independencia de nuestras posesiones americanas. Llegamos así a la crisis del 1898 a partir de la cual nuestra amada España entra en una fase de angustiosa búsqueda de su identidad, casi perdida. Como todas las naciones europeas, España tuvo reyes y políticos buenos, pero también los tuvo menos buenos, hasta nefastos, cuyas verdaderas responsabilidades habrán de determinar los historiadores. Pero, además, la dura realidad es que nuestros demonios familiares aún hoy nos mantienen atenazados hasta el extremo de casi perder la confianza en nosotros mismos. Pero, a pesar de este continuo tejer y destejer, España ha conseguido ser la octava economía del mundo, pero sigue sin tener el peso que le correspondería en términos políticos internacionales. Y la razón de esta insignificancia política reside hoy, principalmente, en nuestra relativa incapacidad militar que no permite a nuestra diplomacia defender nuestros intereses como de otro modo sería posible. Y esto a pesar de las campañas internacionales en las que se ven envueltos nuestros ejércitos, según compromisos que es difícil que algún día puedan ser correspondidos.

El problema se complica porque, al final, los políticos que nos gobiernan resultan ser falsos demócratas que no aceptan la legalidad a la que se deben, no respetan la forma de pensar de sus oponentes, piensan y maniobran, con insólita insistencia, para imponer subrepticiamente el cambio del régimen político con el que los españoles, llenos de esperanza, nos dotamos en el año 1978. Transitando por ese camino de permanente división interna nunca lograremos la necesaria confianza internacional tan imprescindible para el desarrollo de nuestra economía. Ni tampoco alcanzaremos el debido nivel de disuasión para movernos con la seguridad debida en un mundo plagado de amenazas.

A mí me parece que España debe salir de esta situación lo antes posible. Tener una proporcionada y equilibrada capacidad militar es fundamental para defender nuestros intereses. Marruecos, que se está armando de una manera alarmante, y Argelia, se están atreviendo a disputarnos nuestras aguas jurisdiccionales. Marruecos en Canarias y Argelia en la isla de Cabrera, en la mismísima entrada de la bahía de Palma. Y en Gibraltar, el Reino Unido (RU), la moderna Inglaterra, no solo no nos devuelve la colonia robada en 1713 sino que, ante nuestros propios ojos está moviendo a su favor los mojones de su finca, sin importarle un ápice que seamos testigos de ello porque cree que no podemos hacer otra cosa que callar y aceptar la humillación permanente. Pero el RU se equivocaría con mantener esa actitud porque no está en nuestro ADN tener que aceptarla gratuitamente. En cualquier momento podemos los españoles salir de la crisis en la que estamos inmersos y considerar llegado el momento de actuar, como lo harían las naciones con las que debemos compararnos.

Al final, querido director, a mí no me parece que poner las condiciones para que Gibraltar nos sea devuelto, a la mayor brevedad posible, como todos deseamos, sea predicar en el desierto inglés. Lo que verdaderamente me parece que es predicar en el desierto inglés es intentar convencer a nuestros políticos, siempre demasiado comprensivos con las tesis del contrario, que lo de Gibraltar tiene que terminar a plazo fijo por ser una cuestión imperativa y obligada por nuestra dignidad nacional. Tenemos los hombres. Tenemos la tecnología. Sabemos cómo hacerlo. Solo falta voluntad.

Con un afectuoso saludo.

Aurelio Fernández Diz, CN (G) (R)

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