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Los asuntos de faldas siempre han tenido su atractivo para los hombres y mujeres del común, máxime cuando vienen envueltos en papel de regalo político, que con el tiempo suele perder su opacidad ganando en transparencia y morbosidad. Porque, quiérase o no, este de Dina Bousselham es un asunto de faldas (...)

... como lo son todos los que han traspasado el secretismo y han visto la luz referidos a las relaciones de las mujeres próximas al jefe de Unidas Podemos, el ínclito Pablo Iglesias, con él mismo.

Dina Bousselham es una joven y bella mujer magrebí, occidentalizada en sus formas y apariencia, bastante bien formada curricularmente –que es lo que cuenta hoy día–, que sale del anonimato en el año 2014 por su puesto a la vera de Pablo Iglesias en el Parlamento Europeo –jefa de su equipo asesor–.

Dina es muy de izquierdas y muy proclive a dejarse ver en los medios de su especie, y que tiene la templanza de combinar su presencia, –supongo que no deseada pero no tengo certeza–, anteayer, ayer y hoy en las portadas de muchos de los medios de nuestro país por el “caso Dina” –o sea por el suyo–, con su también presencia continua e inalterable en otros medios, incluido el suyo de verdad –o de Unidas Podemos, vaya usted a saber–, del que es directora y rellenadora de todos sus huecos, como es el digital de cabecera “La Última Hora”.

A este respecto les recomiendo los vídeos de sus editoriales, auténticas clases de Religión Política, que maravilla verla tan guapa y tan segura de sí misma despachándose sobre los problemas de los españoles y de sus soluciones, desde la atalaya, eso sí, de la dilatada experiencia que le proporcionan sus escasos treinta años de edad y sus cuántos de pupila del señor Iglesias en la Universidad Complutense de Madrid así como en el partido político de la verdad incuestionable: Unidas Podemos.

¿Qué hay detrás del “caso Dina”? El que lo sepa que tire la primera piedra, si es que se atreve. Unos hablan de cuernos, políticos y de los de enjundia más personal, y otros de operación de espionaje… de no se sabe quién. Y es que después de jugar los señores y señoras de Podemos durante años al juego de la patata en la facultad de Políticas de la Complutense y similares, mientras otros hincaban los codos, han llegado a creerse que de verdad son adultos, que han madurado, que son ciudadanos responsables y respetuosos con los demás ciudadanos, que de verdad son las “señorías” que el pueblo español ha querido que sean, sin caer en que, a pesar de los votos, a pesar de su legitimidad…

De su condición de señorías, sea cual sea el Parlamento en el que relajen sus posaderas e incluso sus cervicales, a lo que vemos cada día, tienen la porción de hemiciclo que les haya caído en suerte, exactamente la que de este ocupan sus cuerpos desplazando el aire que les precede en cada uno de esos teóricos templos de la democracia, abrevaderos más bien de castas sean estas genuinas o sobrevenidas.

Volviendo a Dina, ¿doña Dina sería más correcto? ¿Quizá la camarada Dina? no sé… Volviendo a Dina, digo, no puedo evitar que venga a mi memoria la tragedia de un reputado abogado madrileño y amigo mío, allá por los años noventa, al que tuve que auxiliar de urgencia al encontrarlo postrado después de varias horas en el suelo de su despacho con un subidón de tensión cercano al paro cardíaco. Colofón sin fatal consecuencia, por suerte, de su amorosa y profesional relación con su entonces también joven y bella magrebí, occidentalizada en sus formas y apariencia, y también bastante bien formada curricularmente. ¡Qué cosas!

Y finalmente, ¿qué pasará con el “caso Dina”? Honestamente les diré que me importa un poco menos que nada, pero dado que mi amigo Paco Anson me ha pedido mi opinión sobre las consecuencias jurídicas del mismo, y al aventurarle que no creía que las hubiera, sumado al hecho de que otro amigo, periodista, Joaquín Abad, va a hacer cinco años que incidió y publicó, llevado de la mano de “fuentes confidenciales”, sobre la importancia de Dina Bousselham en la política internacional de Podemos –cuestión del Sáhara y Marruecos, tan querida para mí–, cambiando los morados turbantes azules por gorritos colorados, pues sí, la cuestión llama mi atención al punto que voy a tratar de descifrar este entuerto, en la medida de mis posibilidades, lógicamente, y que ya les anticipo que son muy pobres.

Lo que sí les digo es que seguiré disfrutando del desparpajo de esta señora, señorita, camarada o lo que en cada momento proceda, que nos ofrece tan gentilmente en los vídeo-editoriales de su digital “La Última Hora”. ¡Y gratis, oiga!
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