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Las culturas de internet (1)

Herbert Marshall McLuhan (1911 - 1980), para muchos 'el profeta de Internet'. (Foto: www.bbc.com)
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Herbert Marshall McLuhan (1911 - 1980), para muchos "el profeta de Internet". (Foto: www.bbc.com)

LA CRÍTICA, 16 JUNIO 2020

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Se ha acuñado el término “cibercultura” para referirse al impacto cada vez más global que internet está teniendo en nuestras vidas. Internet supone una nueva forma de vivir para un porcentaje altísimo de la población mundial. Se trata de una revolución, de una revolución muy joven. La idea de la aldea global de McLuhan puede verse hoy como una certera profecía. (...)

... Muchos de los fenómenos culturales de la humanidad han sido propiciados por descubrimientos científicos o técnicos. Por ejemplo, la aparición de la imprenta en el siglo XV favoreció la ulterior eclosión del luteranismo al posibilitar la impresión de Biblias en alemán que eludían la dependencia de la Iglesia Católica y de sus exégesis unidireccionales y dogmáticas. La propia idea del progreso ilustrado se fundamenta en los avances científicos que darán paso a las sucesivas revoluciones industriales habidas hasta hoy. Pero, ¿en qué han cambiado nuestras vidas desde la aparición de internet a principios de nuestro siglo?

Los trágicos días del confinamiento motivado por el coronavirus han facilitado unos nuevos usos de internet que podrían transformar en gran medida las futuras relaciones laborales en todo el mundo. Seguramente, la tendencia hacia el “teletrabajo” se hubiera impuesto en poco tiempo pero, con el confinamiento, lo que fue concebido como una alternativa necesaria pero temporal, puede llevarnos a grandes cambios que nos afecten a todos. Las reuniones físicas empiezan a perder sentido en muchos casos. ¿Para qué viajar a Nueva York si podemos vernos y escucharnos muy bien desde Madrid? ¿Qué necesidad tenemos de trasladarnos a miles de kilómetros si podemos grabar un disco con un músico en París, otro en Barcelona y otro en Londres? Siguiendo estos razonamientos, las universidades podrían comenzar a perder sentido: si el profesor nos puede dar la clase en nuestra pantalla hogareña y a la hora que queramos, ¿para qué acudir al aula a una hora determinada? Lo mismo podemos pensar de las salas de cine, los conciertos, los museos, etc. La realidad virtual fagocita muchos movimientos físicos, los hace absurdos. Las estadísticas nos muestran que la mayoría de la población dedica cada vez más horas al día a mirar la pantalla de su móvil o de su ordenador. Los románticos podrán ver en esto una agresión a la naturaleza del ser humano, pero el hecho es tan implacable como rápido y creciente: no estar “conectado” es hoy una nueva forma de marginación.

Internet ha cambiado nuestro concepto de la privacidad. El mero interés por un producto en internet implica ser inmediatamente bombardeado por la publicidad de ese producto en nuestro correo o en nuestras visitas a diarios, con el agravante que aparecen otras marcas, otras ofertas… Vamos dejando huellas en esta relación asimétrica: ellos saben mucho de nosotros mientras nosotros no sabemos nada de ellos. Paradójicamente, el anonimato es un elemento clave en otros sentidos. Un usuario de Twitter puede escribir mensajes con un pseudónimo, por lo que puede decir lo que quiera tras una máscara. Esa posibilidad de anonimato en Twitter y otras redes sociales ha favorecido sin duda la propagación reciente del populismo y el nacionalismo. Además, las fake news y las irresponsables proclamaciones carismáticas de los políticos proliferan y eclipsan las noticias veraces. Un “nosotros” estupendo se enfrenta acaloradamente a un “ellos” perverso. La polarización, el maniqueísmo y el populismo se incrementan en las redes al tiempo que se desdibujan las fuentes tradicionales de información y de conocimiento. Pierden prestigio los buenos intelectuales, los libros inteligentes; cualquier discurso profundo aparece ya casi como un rancio anacronismo. Los mensajes tienen mucha más eficacia si son breves, simples, provocadores y, en la medida de lo posible, icónicos. Es el triunfo de las emociones sobre la razón y la cordura. Ámbitos como el de la participación política podrían cambiar mucho con el desarrollo de la galaxia cibercultural. Técnicamente, hoy sería posible votar leyes desde casa, cada noche, lo que nos permite imaginar una distopía en campaña permanente en la que los parlamentos serían sustituidos por el voto directo de los ciudadanos. Esto es lo que en gran medida propugnaba Rousseau, un autor clave para la democracia que, sin embargo, no podemos incluir en la tradición del liberalismo porque su concepción de “la voluntad general” y de la soberanía rechazan la representación parlamentaria.

Con internet pasamos de la intimidad a una “extimidad” que nos desnuda en el escaparate público. Por otra parte nos hemos puesto la máscara que nos permite decir las mayores barbaridades firmando como “El llanero solitario”… Esta paradoja de la intimidad y la “extimidad” la percibo también en redes como Tinder, pensadas para encontrar pareja (sexual o sentimental) a través de dos movimientos básicos: el primero sitúa al actor en el escaparate (publicación de sus fotos, de sus gustos y aficiones, de su ubicación física), mientras que en el segundo queremos asegurarnos de la buena fe del personaje virtualmente elegido (miedo a alguien desconocido).

Internet también está cambiando la creación artística. Por ejemplo, las nuevas fusiones entre géneros musicales se multiplican más que nunca. Todos los músicos se familiarizan con todas las músicas. Basta con estar conectado a través de un móvil. El fenómeno Rosalía (en donde están el trap y otros géneros urbanos) representa una insólita fusión con el flamenco que ha podido ser asimilada por la percepción global. Nunca elementos del flamenco habían llegado tan lejos a pesar de algunas experiencias previas mucho más profundas de músicos como Miles Davis (Sketches of Spain), Chick Corea (su tema Spain), y sobre todo en los casos de los españoles Chano Domínguez, Carles Benavent o Jorge Pardo.

En su relato La biblioteca de Babel, Borges describe una biblioteca (se sospecha que puede ser infinita) en donde están todos los libros posibles. Internet se acerca a esa idea, pero añade imágenes, vídeos y músicas. En la Red está toda la cultura, pero frente a ese océano demasiado vasto los criterios de selección son fundamentales. Y se van creando nuevas opciones. Por ejemplo, en el ámbito del cine, la plataforma Netflix se centra en teleseries recientes mientras que la española Filmin lo hace en películas clásicas e independientes (mi preferencia por Filmin es muy clara). Las redes sociales también sedimentan valores. En algunas (Facebook, Instagram) se presupone una suerte de buen rollo, pero el lenguaje de los “me gusta” tiene también un componente narcisista: “mirad lo simpático que soy y lo bien que vivo” equivale a un espejo que está pensado para que lo vean los que hemos confirmado como “amigos”. En apenas dos décadas internet ha cambiado el mundo en muchos sentidos, pero las consecuencias culturales en los próximos años son todavía muy difíciles de predecir. El complejo estudio interdisciplinar de la cibercultura solo está comenzando.

Carlos Cañeque es profesor de Ciencia Política, escritor y director de cine.
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