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Berlanguiano

Luis García Berlanga. Escultura de José Luis Fernández. (Sos del Rey Católico, Zaragoza, España).
Luis García Berlanga. Escultura de José Luis Fernández. (Sos del Rey Católico, Zaragoza, España).

LA CRÍTICA, 8 MAYO 2020

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Es curioso el fenómeno de los adjetivos que se asientan en el lenguaje popular y que proceden del nombre de un autor: dantesco, kafkiano, maquiavélico, felliniano, platónico, sádico, masoquista, etc. (...)

... Un adjetivo se va definiendo con el tiempo en el lenguaje popular. En general, los nuevos adjetivos se circunscriben a un tiempo y a una cultura concreta, pero también pueden viajar con gran rapidez, sobre todo en el contexto globalizador de hoy. A veces pierden vigencia en una nueva generación. Con frecuencia los adjetivos tienden a la simplificación: cuando decimos dantesco nos referimos solo al Infierno de La Comedia y no al resto de la obra de Dante, o cuando utilizamos el adjetivo maquiavélico nos referimos a El príncipe, pero no a otros libros de Maquiavelo como los Discursos sobre la primera década de Tito Livio que no tienen nada de “maquiavélicos”. Lo que hace que un adjetivo prospere en el leguaje hablado es su capacidad de sugerir una imagen o una situación. Para ser un adjetivo popular, a lo “cervantino” le falta la clara imagen que sí transmite lo “quijotesco”.

Tal vez el director de cine español que más claramente nos ha dejado un adjetivo sea Luis García Berlanga. Lo berlanguiano tiene connotaciones sociológicas y estéticas siempre referidas a lo español, siempre desde una perspectiva tan lúcida como punzante e irónica. Berlanguiana es aquella situación que procede de una chapuza característicamente ibérica, y que pone en funcionamiento un mecanismo caótico formado por ruidosos y agobiantes tentáculos institucionales, sociales y políticos. En este sentido, es interesante pensar que uno de los hallazgos de Berlanga es la utilización del plano secuencia con un grupo de actores que a veces hablan al mismo tiempo. Recuerdo un día que conocí a Antonio Banderas en Cadaqués (él estaba rodando un anuncio de patatas fritas), y que en uno de los parones del rodaje me dijo que había comprobado que el plano secuencia berlanguiano dificulta mucho la comprensión de los subtítulos en inglés. Todas las películas de Berlanga podrían considerarse dentro del género de la comedia, pero Plácido (1961) y El verdugo (1963) introducen un elemento que André Breton consideró muy mejicano y español: el humor negro (Breton. Antología del humor negro. Gallimard, 1940). Estas dos películas tienen también algo de kafkiano, de contraste entre lo individual y lo burocrático; sus dos protagonistas le tienen miedo al estado y a las imposiciones jurídicas. En Plácido, el protagonista teme que las leyes le embarguen su motocarro por no haber pagado todavía la letra hipotecaria que vence ese mismo día de Navidad. Toda la película desarrolla esa angustia, esa necesidad que tiene Plácido por conseguir el dinero que le falta, y lo hace en el contexto de un público que no le escucha. En El verdugo, el protagonista siente terror a ser verdugo. Su nueva familia (suegro y esposa) le presiona para que acepte ser verdugo, ya que así conseguirán un piso de protección oficial. Berlangiano siempre es un adjetivo peyorativo, e, insisto, siempre está referido a lo profundamente español: no podemos imaginar lo berlanguiano en un país como EEUU. Aunque Berlanga nos contó a Maite Grau y a mí en una de las muchas entrevistas que le hicimos para nuestro libro Bienvenido Mr. Berlanga (Destino, 1993), que una productora norteamericana se interesó en comprar los derechos de El verdugo para hacer una versión con actores americanos. Nunca prosperó un guión convincente porque, a pesar de que existen muchos verdugos norteamericanos, el argumento familiar-burocrático no encajaba en aquella cultura. Creo que la grandeza de esta película está en su ambigüedad axiológica: primero pasó la censura franquista, desde donde fue vista como la historia de un verdugo entrañable (Pepe Isbert) que quiere convencer a su yerno de la dignidad de su oficio. Después, cuando fue seleccionada en el festival de Venecia, los neorrealistas y los comunistas italianos se indignaron al verla como un panfleto larvadamente franquista. Mucho se ha debatido sobre si el humor negro fue más una aportación de su guionista principal (Rafael Azcona) o del propio Berlanga. Es cierto que hasta que comenzó a colaborar con Azcona, el humor negro (el que hace referencia a la muerte) no estaba en películas anteriores como Bienvenido Mister Marshall (1953) o Los jueves, milagro (1957); pero incluso en estas ya aparece la idea del individuo que sucumbe frente a un colectivo que le hace sentir una suerte de angustia no muy lejana a la kafkiana.

En gran medida, el adjetivo berlanguiano está desapareciendo del lenguaje hablado por las nuevas generaciones españolas (que casi no ven otra cosa que teleseries y películas recientes en color), pero esto no deja de ser lamentable porque el cine de Berlanga (y Azcona) entronca con la gran tradición española que va desde la picaresca, Quevedo, Cervantes y Goya, hasta el esperpento valleinclanesco, la estética de Picasso y la obra cinematográfica de Luis Buñuel. Creo que películas tan grandes como Plácido o El verdugo deberían ser incluidas en nuestros programas escolares. En ellas no solo encontramos humor, también hay mucha ironía. No solo son inteligentes, son geniales.

Carlos Cañeque es profesor de ciencia política en la Universidad Autónoma de Barcelona, escritor y director de cine.
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