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Stalin y el “Encuentro” del siglo (1939)

Montaje: http://lacuriosidadmemata.blogspot.es
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LA CRÍTICA, 25 AGOSTO 2019

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¿Ocurrió realmente hace 80 años? Es un enigma más, como ocurre frecuentemente en la biografía del enigmático Stalin. ...

... Convendría compensar las predominantes y justas interpretaciones críticas y demonizadoras de Stalin con una visión objetiva y matizada del personaje, que los historiadores y politólogos debemos considerar. El filósofo y analista político norteamericano James Burnham, ex trotskista convertido al liberal-conservadurismo (y al catolicismo), maestro de Ronald Reagan, lo intentó en su ensayo “The Lenin’s Heir” (Partisan Reiew, 1945), inmediatamente después de su polémica y consecuente ruptura con Trotsky en 1939-40, pero entonces no fue bien comprendido y algunos progres le acusaron absurdamente de estalinista.

Han destacado sus biógrafos (desde Isaac Don Levine en 1931 hasta Edvard Radzinsky en 1995, Montefiore en 2007, y Kotkin en 2014) que Stalin fue un enigma producto de la konspiratsia, a mi juicio con una habilidad política superior a la de Trotsky y a la del propio Lenin. Asimismo, pese a sus errores y paranoias, al final le ganó el pulso a Hitler y al propio Roosevelt. Entre sus contemporáneos, salvando las distancias, probablemente solo Churchill y Franco supieron tomarle las medidas adecuadamente, aunque fueron neutralizados por la debilidad final de Roosevelt e inexperiencia inicial de Truman (concesiones en Yalta y Postdam; conferencias de Breton Woods y San Francisco; nombramientos de Alger Hiss como primer secretario general de la ONU, y de Harry Dexter White, arquitecto del Banco Mundial y primer director general del FMI; ambos Hiss y White eran altos consejeros de los presidentes americanos… y secretamente agentes de Stalin).

Aparte del brutal éxito de su política en la lucha por el poder, me gustaría subrayar otro aspecto que seguramente escandalizará a algunos intelectuales del progresismo académico: la perversa eficacia de su pensamiento político, frente a las elucubraciones “científicas” y “dialécticas” de Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburg o Bujarin. Sus tesis sobre la autodeterminación (relativa y manipulable) de las nacionalidades, la teoría del socialismo en un solo país (frente a la utópica “revolución permanente”), el abandono estratégico de la NEP (conceptuado como “capitalismo de Estado”) y la paradójica y sarcástica teoría del “socialfascismo”, denotan que Stalin no solo tenía una mayor astucia y sentido común, sino que su pensamiento, todo lo maquiavélico que se quiera, era más realista y pragmático con el socialismo revolucionario que el de los grandes pontífices del marxismo y del leninismo (con la excepción quizás de Lenin).

En su famosa obra Stalin. Una biografía política (1949), Isaac Deutscher ya destacaba su carácter de “técnico de la revolución”, de experto en agitación y propaganda, pero asimismo le reconocía un especial y eficaz pragmatismo que le conferían cierta habilidad táctica y estratégica. Deutscher, por ejemplo, señala que ya desde 1901, en sus artículos en la revista georgiana Brdzola (La Lucha), sintoniza con las ideas de Lenin, e incluso se anticipa a predecir como inevitable la futura escisión entre mencheviques y bolcheviques.

Uno de los primeros biógrafos del personaje, poco conocido, Essad Bey (seudónimo del judío Lev Nussimbaum convertido al islam) publicó en la Italia fascista una obra titulada Stalin: carrera de un fanático (c. 1930), en la que le acusa de adoptar tácticas que calificaríamos de “clash of civilizations”, por aliarse con los cristianos armenios contra los musulmanes de Bakú en 1905. Por otra parte, relata Montefiore en su obra El joven Stalin (2007) que el instinto pragmático en sus tesis sobre el marxismo y la cuestión nacional, en el manuscrito que presenta a Lenin en Cracovia en 1913, hará exclamar al líder bolchevique: “¿De verdad ha escrito esto usted? (…) ¡Realmente es espléndido!”

Stalin fue durante casi treinta años, sin duda, el dictador totalitario más poderoso y sanguinario de la historia. El propio paradigma del totalitarismo, cuyas bases teóricas habían sido establecidas por Lenin (Estado y Revolución, 1917) en las semanas previas al golpe de Estado de Octubre, será implementado por Stalin practica y radicalmente, incluso a espaldas de Lenin, Trotsky y demás dirigentes bolcheviques, en el periodo 1917-18. Un trágico episodio de la historia rusa, que según el gran historiador Richard Pipes señala el inicio del Terror totalitario, lo ilustra: la brutal matanza de la familia imperial (el Zar, la Zarina, y sus hijos: el Zarevich y las cuatro Grandes Duquesas) en Ekaterinburg durante la madrugada del 17 de Julio de 1918. En fechas sucesivas, entre 1918 y 1919, serían también asesinados otros dieciocho grandes duques y príncipes de la familia Romanov. En total veinticinco víctimas, a las que hay que añadir un número similar de sirvientes, ayudantes y damas de compañía, todos ellos ejecutados sumariamente, sin procedimientos judiciales, por la Cheka. En esos meses críticos esta temible organización de asesinos estaba dirigida de facto por Stalin, que contaba como aliados a Yakov Sverdlov (teóricamente jefe del Estado soviético, subordinado al Partido) y a Martyn Latsis (provisional jefe de la Cheka) ya que Felix Dzerzinsky había sido suspendido de sus funciones, bajo sospecha, tras el asesinato del embajador alemán y la revuelta de los social-revolucionarios. Ni Lenin ni Trotsky –después del tratado de Brest-Litovsk con el codicilo secreto impuesto por el Kaiser- tenían intenciones de ejecutar al Zar y a su famila. A ambos les hubiera satisfecho un proceso público con montaje propagandístico, y después enviar todos al exilio. Pero Stalin, que controlaba la Cheka (y como comisario de las nacionalidades también el soviet de los Urales), tomó la decisión y tanto Lenin como Trotsky (éste lo reconoce en su autobiografía) tuvieron que aceptar los hechos consumados.

Stalin encarna perfectamente lo que Nietzsche concebía como la nihilista y brutal voluntad de poder, e igualmente lo que Carl Schmitt entendía como la esencia de lo político y, en última instancia, del totalitarismo. Si lo característicamente político es la distinción entre el amigo y el enemigo, sin consideraciones ideológicas, morales o de otro tipo, Stalin fue un genio político maquiavélico, aunque excesivamente paranoico. Si la esencia del totalitarismo (en esta percepción Schmitt se inspiraba en las experiencias del comunismo y del nazismo) es el desplazamiento y anulación del Estado por un Partido, ejerciendo un control total y terrorista de la sociedad al margen de las leyes, Stalin alcanzó una perfección casi absoluta.

La transformación de la Komintern, tras la muerte de Lenin y el sucesivo desplazamiento de Trotsky, Kamenev, Zinoviev, Bujarin y Kirov (con éste se inician las eliminaciones físicas de sus rivales), de ser un instrumento de la revolución mundial -“continua” o “permanente”, según los gustos- en un instrumento de control por Stalin de los partidos comunistas de todo el mundo, al servicio de la política exterior del Kremlin, fue un factor decisivo de su influencia internacional mediante la agitación, la propaganda, el espionaje, el terrorismo y el intervencionismo (recuérdese nuestra Guerra Civil), que se prolongaría con la Kominform durante la Guerra Fría.

En la pasada década han aparecido importantes monografías sobre el personaje. Aparte de las publicadas en ruso de A. Mgeladze (2001), la tan elogiada por los especialistas de A. Ostrovsky (2002), de Y. Emelianov (2003) y de V. Sukhodeev (2003), son fundamentales las publicadas en inglés de Roman Brackman (2001), Erik van Ree (2002), Donald Rayfield (2004), Robert Service (2004), Geoffrey Roberts (2006). Mis favoritas, las de Simon Sebag Montefiore, Stalin: The Court of the Red Tsar (2003) y Young Stalin (2007). Y las recientes de V. Tismaneanu (2009), V. L. Goncharov (2010), J. Baberowski (2012), J. Plamper (2012), R. Gellaty (2013), y especialmente la gigantesca trilogía en curso de Stephen Kotkin (2014, 2017, … 2020).

Las obras de Montefiore revelan aspectos de la personalidad de Stalin que eran poco conocidos, como su carácter de “ávido lector” de historia y literatura (adepto a la konspiratsia como refleja la novela Demonios de Dostoievski, que admiraba) con una extensísima biblioteca personal; asimismo su extraordinario éxito desde joven con toda clase de mujeres (jóvenes y maduras, guapas y feas, educadas e incultas), acumulando un notable número de amantes, e incluso episodios de pedofilia: durante su exilio en Siberia con una adolescente de trece años, Lidia Pereprygina, con la que tuvo un hijo, Alexander, a principios de 1917; y con la que sería su amante (y más tarde su esposa, que terminaría suicidándose), cuando regresa a San Petersburg tras la caída del zarismo, la entonces adolescente y menor de edad Nadezhda Alliluyeva.

Montefiore investiga también aspectos más enigmáticos de su biografía (registrando decenas de sus alias: Soso, Soselo, Beso, Koba, Petrov, Ivanov, Ivanovich, Ivan, Chopura, Geza, Kunkula, el Caucasiano, el Lechero, el Cura, Stefin, Safin, Solin, etc. y por supuesto, Stalin), como el rumor de que fuera agente de la Okhrana (sostenido, entre otros, por el desertor Alexander Orlov y los historiadores Levine, Smith y Rayfield), pero lo desecha y llega a la conclusión de que, más bien, era un agente doble (o triple, según se mire). En esta cuestión me inclino del lado de Orlov, Levine, etc. con un matiz: probablemente actuaba como informador contra sus rivales en el campo revolucionario, los populistas, anarquistas y mencheviques, favoreciendo así a su partido bolchevique.

Manifestó admiración por el antisemitismo de Hitler, por su “brutalidad revolucionaria” contra las democracias capitalistas, y por su violenta intolerancia contra los rivales internos en la “Noche de los Cuchillos Largos”, pero todavía no se ha demostrado la interesante, aunque no menos inquietante, hipótesis que ha planteado un autor que tuvo acceso a los super-secretos archivos presidenciales rusos, de que ambos se reunieran en secreto en una pequeña estación ferroviaria polaca en 1939, tras la firma en Agosto del infame Pacto Molotov-Ribbentrop (realmente Pacto Totalitario Stalin-Hitler, fraguado a finales de la Guerra Civil española a espaldas de los españoles) con que se inició la Segunda Guerra Mundial.

Llamémoslo así, con mayúscula: el “Encuentro” del siglo. En la historiografía no existe todavía una prueba documentada y concluyente de que tuviera lugar, pero tampoco está demostrado lo contrario. El gran escritor e historiador ruso Edvard Radzinsky lo denominó “El encuentro secreto del siglo” en su original biografía sobre el dictador soviético, Stalin (1995).

El autor relata que en 1972 obtuvo el testimonio personal que le hizo un viejo ferroviario polaco: el 16 de Octubre de 1939 la estación de Lvov fue cerrada por la policía y fuerzas militares especiales para que unos trenes llegaran seguros y misteriosamente. Más adelante, en 1979, en los Estados Unidos se desclasifica una carta confidencial, con fecha del 19 de Julio de 1940, de J. Edgard Hoover (director del FBI y del contraespionaje) al entonces consejero del presidente Roosevelt para asuntos de inteligencia, Adolf A. Berle Jr., en la que le informa: “After the German and Russian invasion and partition of Poland, Hitler and Stalin met secretly in Lvov, Poland, on October 17, 1939.”

El propio Radzinsky, que durante el mandato de Boris Yeltsin tuvo acceso –por primera vez a un historiador- al archivo de la presidencia rusa, constata en la agenda de la secretaría privada de Stalin en el Kremlin la ausencia del dictador de su oficina durante los días 18 (jueves) y 19 (viernes) de Octubre de 1939; en el último día hasta las ocho y media de la tarde, en que regresa a su despacho, habiendo ya anochecido en Moscú, y recibe a un número anormal de visitantes: Voroshilov (miembro del Politburó y Comisario de Defensa), Zhukov, Kulik, Kuznetsov e Isakov (generales del Ejército Rojo), Kaganovich (miembro del Politburó y Comisario de Ferrocarriles), y Molotov (miembro del Politburó y Comisario de Asuntos Exteriores). Con éste departirá durante una hora y media.

Probablemente nunca sabremos si realmente tuvo lugar, pero la simple idea de que fuera posible sin duda nos produce a los interesados en la historia una extraña sensación escalofriante que, para describirla, se necesitaría el talento de un George Orwell.

Manuel Pastor Martínez

Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid

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