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La gran desmemoria histórica: el holocausto católico

El agente soviético de la NKVD/KGB Josif Grigulevich, judío lituano con múltiples alias (Mask, Felipe, “el Judío”, Juzik, Grig, José Escoy, José Ocampo, Artur…)
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El agente soviético de la NKVD/KGB Josif Grigulevich, judío lituano con múltiples alias (Mask, Felipe, “el Judío”, Juzik, Grig, José Escoy, José Ocampo, Artur…)

LA CRÍTICA, 16 AGOSTO 2019

Por Manuel Pastor Martínez
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(...) Recuerdo que mis dos queridos maestros y amigos, los historiadores e hispanistas norteamericanos Edward Malefakis (ya fallecido) y Stanley G. Payne, ambos no católicos, hace ya muchos años me comentaron el dato impresionante y según ellos insólito –por la magnitud de la represión- del alto número de víctimas de la persecución religiosa en España durante la Guerra Civil, algo sin precedentes en la historia moderna y contemporánea de Europa. ...

El pasado 7 de Agosto, en la edición digital abc.es (y en un artículo de I. Viana, Las “7.000 rosas” asesinadas durante la represión republicana de la que el PSOE no se acuerda) se nos recordaba –una vez más, aunque el autor se quedaba corto en la cuenta- algo que la burocracia y maquinaria ideológicas agit-prop de la Memoria Histórica promovida por los presidentes socialistas Zapatero y Sánchez ha preferido ignorar o subestimar: el holocausto católico durante la Guerra Civil española.

Que los partidos políticos responsables de aquella matanza (socialistas, comunistas, anarquistas y algunos grupos masones), y sus descendientes actuales, estén conformes con silenciar tal atroz crimen colectivo es coherente con la inmoralidad esencial de las izquierdas. Menos comprensible es que ciertos sectores del catolicismo “progre” compartan tal actitud o prefieran pasar página.

Un ejemplo sangrante: la revista America, órgano oficial de los jesuitas estadounidenses, cuando comenzó el proceso de beatificación colectiva de los mártires de la Guerra Civil española en 2007 prefirió ignorar tan importante acontecimiento de la Iglesia, y ese mismo año solo dedicó sus páginas a la memoria de un sacerdote austríaco víctima del Nazismo. Como es tan característico de la mentalidad progresista, se alienta el anti-fascismo y se elude el anti-comunismo, o si es necesario se promueve el “anti-anti-comunismo” (expresión ésta creada por el inolvidable William F. Buckley Jr. en su libro con L. Brent Bozell, McCarthy and His Enemies, Regnery, Chicago, 1954).

Recuerdo que mis dos queridos maestros y amigos, los historiadores e hispanistas norteamericanos Edward Malefakis (ya fallecido) y Stanley G. Payne, ambos no católicos, hace ya muchos años me comentaron el dato impresionante y según ellos insólito –por la magnitud de la represión- del alto número de víctimas de la persecución religiosa en España durante la Guerra Civil, algo sin precedentes en la historia moderna y contemporánea de Europa. El profesor Payne en concreto ha prologado algunas de las monografías publicadas sobre la materia.

Pese a la voluntad desmemoriada de algunos dirigentes políticos e historiadores izquierdistas, disponemos hoy de un buen número de estudios rigurosamente documentados por autores como Antonio Montero Moreno, Vicente Cárcel Ortí, A. D. Martín Rubio, José Luis Ledesma, Santiago Mata, etc.

El historiador y arzobispo de Mérida-Badajoz, Antonio Montero Moreno, investigó y registró la cifra de 6.832 religiosos y religiosas víctimas de la represión (entre ellos, 13 obispos): 4.184 sacerdotes, 2.365 frailes y 283 monjas. Vicente Cárcel Ortí añade más de 3.000 seglares asesinados por su condición de católicos, lo que aproxima la cifra total a más de 10.000 víctimas. La recapitulación más completa quizás sea la obra, con el título muy apropiado, de Santiago Mata, Holocausto Católico. Mártires de la Guerra Civil (La Esfera de los Libros, Madrid, 2013).

Y a propósito de las víctimas católicas seglares, quiero recordar a seis jóvenes –tres mujeres y tres varones- cuyos nombres y familias tenían vinculación con la ciudad de mis padres, de mi infancia y adolescencia: las enfermeras astorganas Octavia Iglesias, Pilar Gullón y Olga Monteserín, asesinadas en Pola de Somiedo en Octubre de 1936; y los aristócratas hijos de los Marqueses de Astorga, los hermanos Gerardo, Francisco Javier y Ramón Osorio de Moscoso, asesinados en Paracuellos del Jarama en Noviembre de 1936.

La suprema ironía de esta trágica historia es que el posible inductor y “manager” de las matanzas de católicos fue un siniestro y misterioso personaje, un asesino profesional al servicio de Stalin, el agente soviético de la NKVD/KGB Josif Grigulevich, judío lituano con múltiples alias (Mask, Felipe, “el Judío”, Juzik, Grig, José Escoy, José Ocampo, Artur…). Patrón, asesor y amigo de Santiago Carrillo (llegaría a ser padrino de su hijo José Carrillo), parece que fue uno de los responsables en planificar la masacre en Paracuellos y otras localidades, donde perecieron muchos católicos por el mero hecho de serlo. Años después, con el nombre de Teodoro Castro (su perfecto dominio del español le permitió personificar a un diplomático costarricense) sería embajador del presidente José Figueres en Italia y el Vaticano. Durante sus últimos años en Moscú (muere en 1988) tenía la reputación de experto en América Latina y… ¡en la Iglesia Católica!

Manuel Pastor Martínez

Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid

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