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1490-1492: Astorga y la expulsión de los judíos

LA CRÍTICA, 14 JULIO 2019

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Muchos astorganos –incluido yo mismo hasta hace muy poco– han ignorado o todavía ignoran el dato del lugar que Astorga tuvo en un gran drama histórico que se inició en 1490 y que culminaría con la expulsión de los judíos de España en 1492. ...

... Entre las lecturas veraniegas que he tenido la oportunidad de disfrutar este año debo mencionar una vieja obra del hispanismo norteamericano, la biografía clásica de William Thomas Walsh, Isabella of Spain. The Last Crusader (New York, 1930). El capítulo XXV lo sumarizaba así el autor: “The crucifixión of the Holy Child of La Guardia hastens Isabel´s decision to expel all the Jews from Spain – A cause célèbre.” (páginas ix –Sumario- y 342 de la reedición: Tan Books & Publishers, Inc., Rockford, IL, 1987).

Walsh, manejando en su tiempo estudios y documentos sobre la Inquisición y los judíos (Lea, Fita, De los Ríos, Kayserling, Loeb) que otros biógrafos de Isabel la Católica habían ignorado siguiendo al nefasto Llorente, contribuyó a refutar muchas hipótesis y claras falsedades de la Leyenda Negra antiespañola.

No soy un experto en la cuestión, pero aún siendo consciente de la propaganda antisemita que ha rodeado los presuntos casos de asesinatos rituales de niños cristianos por sectas radicales judías, me resulta difícil rechazar tantas referencias históricas, en épocas y países tan diversos, sobre el asunto. Ya en el siglo XIII, nuestro Rey Alfonso X el Sabio hizo constatar (Título 24, Ley 2, de Las Siete Partidas) que “… en algunos lugares los judíos hicieron y hacen el día Viernes Santo recordando la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo en manera de escarnio, hurtando niños y poniéndoles en cruz…”, ordenando reprimir tal práctica con la pena de muerte.

Los casos documentados del famoso “libelo de sangre” son numerosos (una investigación histórica ha registrado más de un centenar desde el siglo V hasta principios del siglo XX), y algunos incluso han sido aceptados como mártires cristianos por la Iglesia o por la devoción popular medieval: William de Norwich (1144), Robert de Londres (1181), Heinrich de Alsacia (1220), Dominguito de Val (1250), Hugh de Lincoln (1255), Andreas de Rinn (1462), Niña de Sepúlveda (1468), Simón de Trent (1475), Niño de La Guardia (1490) … No debería resultar extraño, sin por ello caer en el antisemitismo, suponer que hayan existido grupos fanáticos minoritarios que cometieran tales crímenes rituales (un fanatismo religioso que podemos encontrar en todas las religiones, iglesias, denominaciones y sectas).

Volviendo a nuestro caso, el drama de la expulsión de los judíos en España, hay que tener en cuenta como trasfondo el problema de los conversos (o “marranos” como les llamaban los judíos) y los conflictos derivados entre conversos y judíos, y entre los auténticos y falsos conversos. Asimismo es importante tener en mente el dato apuntado por Américo Castro, entre otros, de que el Rey Fernando el Católico era hijo de Juana Enríquez, de familia noble conversa (por tanto también sobrino de la primera Marquesa-consorte de Astorga, Leonor Enríquez, hermana de Juana), y que en cierto modo el monarca aragonés representaba el liderazgo político del numeroso y poderoso partido de los conversos auténticos.

La secuencia de acontecimientos se inicia en Astorga en Junio de 1490 con la detención en una posada de la ciudad de un individuo llamado Benito García, converso, natural o residente de La Guardia (Toledo) y que viajaba desde Santiago hacia Zamora. Es probable que fuera ya seguido por algún agente de la Inquisición, el caso es que su detención se basó en la denuncia –al parecer por unos borrachos que intentaron robarle- de que portaba en su mochila hostias consagradas (¿acaso tenía proyectado en su viaje por Galicia y León encuentros con otros correligionarios?).

Sometido a tortura e interrogado por el vicario episcopal de Astorga, el Dr. Pedro de Villada, Benito García confesó que junto a otros cinco conversos y seis judíos habían realizado una siniestra conjura para la que utilizaban hostias consagradas robadas de las iglesias de La Guardia y de Romeral. Tres de los judíos ya habían fallecido, pero la Inquisición inmediatamente detuvo a los restantes. En los interrogatorios bajo tortura a lo largo de 1490-91 los acusados admitieron que años atrás habían cometido el crimen del Niño de La Guardia.

Siguiendo las investigaciones de los historiadores Henry Charles Lea y Fidel Fita, Walsh relata en su obra detalladamente todo el proceso y los participantes (ob. cit., páginas 346-366).

El Niño de La Guardia resultó llamarse Juan, hijo de Alonso Pasamontes y Juana La Guindera, de tres o cuatro años de edad, raptado a la Puerta del Perdón de la catedral de Toledo y llevado a una cueva entre La Guardia y Dosbarrios, donde se cometería el crimen y la conjura.

Los participantes en el crimen fueron los conversos Benito García, Juan de Ocaña, y los hermanos Franco (Alonso, Juan, Lope y García). Asimismo, los judíos Tazarte, y otros también apellidados Franco.

La Inquisición entregó los expedientes a un jurado reunido en el convento de San Esteban de Salamanca, formado por eminentes académicos de la Universidad salmantina (Fray Juan de Santispiritus, Fray Diego de Bretonia, Fray Antonio de la Pena, Dr. Antón Rodríguez Cornejo, Dr. Diego de Burgos, Dr. Juan de Covillas, y Fray Sebastián de Huerta).

Aunque solo se conserva el expediente de uno de los Franco, presumiblemente todos fueron declarados culpables (ob. cit., página 359).

El auto de fe se celebró en Ávila el 16 de Noviembre de 1491 ante un numeroso público, presidido por el corregidor de la Reina Isabel, Don Álvaro de San Esteban, donde el notario Antón González registró la admisión de culpa de todos los condenados a la hoguera: tres conversos (Benito García, Juan Franco y Juan de Ocaña), y dos judíos (los Franco, padre e hijo) (ob. cit., páginas 365-366).

Walsh asegura que en el edicto de los Reyes Católicos fechado en Granada el 4 de Enero de 1492 hay una referencia indirecta a los hechos, de agradecimiento al Santo Oficio (al Inquisidor General y a los tres inquisidores de la Corte de Ávila) así como al obispado de la ciudad (ob. cit., página 367).

El lector comprenderá que me limito a exponer resumidamente la concatenación de los hechos, sin valorarlos, siguiendo el relato del hispanista norteamericano a partir del incidente en Astorga.

Manuel Pastor Martínez

Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid

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