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Miseria del antifascismo

Carlos Marx, Federico Engels, Vladimir Lenin y José Stalin, padres del comunismo
Carlos Marx, Federico Engels, Vladimir Lenin y José Stalin, padres del comunismo

LA CRÍTICA, 23 NOVIEMBRE 2018

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(...) Estamos ante el antifascismo propugnado por Podemos y grandes sectores de la izquierda española. Su objetivo es, por una parte, demonizar al conjunto de la derecha actual y, por otra, hacer olvidar su oscuro pasado político e ideológico. Por todo ello, someterlo a crítica es, hoy, un imperativo intelectual y político.

Desde la izquierda, y poco antes de fallecer, Michel Foucault reivindicaba el papel de parresiasta, es decir, la función crítica del intelectual y del profesor como portavoz de la “verdad”, aunque ello perturbase los consensos fundamentales en que descansaba la sociedad. Conviene que, desde la derecha, se haga lo mismo. De ahí la necesidad, por ejemplo, de analizar y someter a crítica las falacias de lo que hoy se denomina “antifascismo” en algunos sectores sociales, políticos e intelectuales. Y es que el “antifascismo” va convirtiéndose en uno de los pilares ideológicos no sólo de la izquierda política e intelectual, sino de la sociedad española y europea actual. Con respecto al “fascismo” vivimos hoy en España bajo el brutal imperio de la mentira mediática. Así, el 24 de octubre de 2018, el Parlamento Europeo sacó a la luz una Resolución sobre el auge de la violencia neofascista en Europa. El texto utilizaba un lenguaje genérico y, en realidad, no animaba, pese a lo sustentado por un sector de la prensa y de los medios de comunicación españoles, a ilegalizar ningún partido político ni asociación en concreto. Sin embargo, incluía una recomendación para España, instando a retirar los símbolos que ensalzaban el alzamiento militar y el régimen de Franco. A pesar de ello, algunos medios de comunicación españoles han difundido la falsa noticia de que en la Resolución se propugnaba la ilegalización de la Fundación Nacional Francisco Franco y las demás organizaciones “fascistas”. Desde la Sexta TV, una tal Mamen Mendizábal defiende todas las tardes, que el “fascismo” es ilegal en el conjunto de los países europeos; lo cual es simplemente falso. En Italia, existió, desde 1946, el Movimiento Social Italiano, heredero directo de la República Social Italiana, y que se configuró como el cuarto partido del país; y en Alemania, desde 1964, tuvo presencia legal el Partido Nacional-Demócrata Alemán, de ideología neonazi. Anteriormente existieron legalmente, entre otros, el Partido Derechista Alemán y el Partido Nacional del Imperio Alemán. En cualquier caso, tanto la Sexta TV como el gobierno socialista de Pedro Sánchez, Podemos e Izquierda Unida están empeñados en ilegalizar a la Fundación Nacional Francisco Franco como a los grupos que, según ellos, hagan apología del “franquismo, el fascismo y el nazismo”. Aquí entran, sin la menor duda, las trampas de lo que podemos denominar antifascismo de izquierdas o revolucionario.

Como ha señalado el historiador norteamericano Michael Seidman, en su obra Antifascismos, la oposición al fascismo es un fenómeno político y cultural muy plural caracterizado, históricamente, por una profunda ambigüedad ideológica, cuyo contenido puede ser conservador o revolucionario. Entre los antifascistas conservadores destacan Winston Churchill, Franklin Delano Roosevelt o Charles de Gaulle; y se caracterizaba por su defensa de la democracia liberal frente al autoritarismo fascista. Curiosamente, sus representantes no identificaron como enemigo a Mussolini hasta 1940, cuando Italia entró en la guerra al lado de la Alemania nacional-socialista; y contemplaron a Francisco Franco como aliado o, por lo menos, como neutral. Winston Churchill simpatizó con Mussolini, al que llegó a considerar “el más grande legislador vivo”; y en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, proyectó, según ha mostrado el historiador Jonathan Walker, la denominada “Operación Impensable” frente a la hegemonía de la URSS en Europa del Este, y que contaría con los restos del Ejército alemán. Por su parte, Charles de Gaulle fue considerado por las izquierdas, sobre todo a partir de 1958, como un auténtico fascista. Poco antes de morir visitó al general Franco en el Palacio del Pardo.

El antifascismo de izquierdas o revolucionario fue, como señaló la historiadora Annie Kriegel, uno de “los grandes mitos del stalinismo”, identificando “fascismo” con derecha y capitalismo. Este tipo de antifascismo sirvió para legitimarse a los regímenes de socialismo real. Y hoy ha resurgido al socaire de la emergencia de una derecha identitaria contraria al proceso de globalización. Un buen ejemplo del contenido de este antifascismo es el libro de Mark Bray Antifas. Manual Antifascista, recientemente traducido al español, y que pretende ser “un toque de arrebato que intente dotar a una nueva generación de antifascistas del bagaje histórico y teórico necesario para derrotar a la extrema derecha que resurge”. A diferencia de otros antifascistas, Bray enlaza históricamente su causa con la de las izquierdas radicales del período de entreguerras: comunistas, anarquistas y socialistas. A la hora de dar una definición de fascismo, recurre a Robert Paxton: “Una forma de comportamiento político marcado por una preocupación obsesiva con el declive, la humillación o la victimización de la comunidad y por cultos compensatorios a la unidad, la energía y la pureza, en la cual el partido de masas de comprometidos militantes nacionalistas que actúa en colaboración, incómoda pero eficaz con las elites tradicionales, abandona las libertades democráticas y persigue, con una violencia redentora y sin limitaciones éticas ni legales de limpieza interna y expansión externa”. Este antifascismo se autodefine por su radicalidad, ya que se trata de un movimiento con una propuesta no liberal, social revolucionaria, que se usa para combatir a la extrema derecha, y no sólo a los fascistas en sentido liberal. Su objetivo es dar “prioridad a la construcción de un poder popular en la comunidad y a vacunar a la sociedad frente al fascismo, mediante la difusión de planteamientos políticos de izquierda”; y que tienen su concreción en el “sindicalismo, okupación, activismo medioambiental, movilización contra la guerra o solidaridad con personas migrantes”, “la formación de tabúes sociales contra el racismo, el sexismo, la homofobia y otras formas de opresión que constituyen las bases del fascismo”. Entre los ancestros antifascistas figuran, a su juicio, los Arditi di Popolo Italiano, los partisanos en la Segunda Guerra Mundial, la oposición guerrillera a Franco, los anarquistas, el Partido Obrero Socialista Revolucionario, los partidos comunistas. La genealogía del fascismo se encuentra, a juicio de este autor, en el affaire Dreyfus, la Liga de Acción Francesa, el Ku-Klux-Klan, los absolutistas de comienzos del siglo XIX, Napoleón III, Bismarck, el imperialismo, etc, etc, etc. Sin embargo, Bray estima que Franco no fue fascista, sino “más bien un tradicionalista católico autoritario”. Tras la postguerra mundial, el autor cree que sólo se realizó “un tímido proceso de juicios contra individuos determinados en base a unos cuestionarios”; y que hubo una “oleada de amnesia histórica”. A ese respecto, exalta las acciones violentas de los nuevos antifascistas como el Partido Pantera Negra, los punkies antifascistas, los Dragones Negros, las Miss Dragonas Negras, SOS Racismo, Francotiradores y Partisanos, Autonomía Obrera, Antifascistas Revolucionarios, Fuego y Llamas, Brigadas Rojas, Lucha Continua, etc, etc. Sus enemigos en la actualidad son los que denomina “nazis de corbata”, es decir, Frente Nacional Francés, UKIP; AFD, PEGIDA, Amanecer Dorado, Partido Popular Danés, etc. Frente a estos partidos, Bray justifica el empleo de la violencia: “Desde un punto de vista histórico, las ideas fascistas y similares progresaron en el debate abierto. En ocasiones, la discusión fue suficiente para acabar con su presencia. Pero en muchos otros casos, no. Por eso, los antifascistas se niegan a depositar sus esperanzas de libertad y seguridad para toda la humanidad (¡!) en un proceso de debate público que ya se ha visto que puede fracasar”. “Desde su punto de vista, los derechos que propugna el gobierno parlamentario capitalista no merece respeto inherentemente”. Los fascistas “no tienen derecho a expresarse libremente”. “Simplemente, no consideran que quienes usan esa libertad para promover el genocidio o cuestionar la condición humana de otras personas entren en ese ámbito”. La ofensiva antifascista tiene como objetivo central “la expropiación global de la clase capitalista y la destrucción (o tomo) de todos los Estados existentes por medio de un levantamiento popular internacional que la mayoría piensa que va a implicar alguna forma de enfrentamiento violento con las fuerzas del Estado”. Bray predica “la guerra de clases”; y considera que el antirracismo “irracional” es “preferible al supremacismo razonado”. En definitiva, para Bray “destruir el fascismo consiste realmente en promover una alternativa socialista revolucionaria (en mi opinión, una que sea antiautoritaria y antijerárquica) ante un mundo en crisis”. Y, significativamente, señala Bray que el antifascismo es más favorable que el liberalismo a la práctica de la libertad de expresión, porque defiende una sociedad “sin clases”.

Las concepciones antifascistas como las defendidas por Mark Bray conducen inexorablemente a una especie de dictadura de la verdad o al panóptico foucaultiano justificativo de todo tipo de intolerancias. Como señaló hace ya algunos años el filósofo polaco Leszek Kolakowski: “Una ley que prohíba las organizaciones con nombres, símbolos y consignas nacional-socialistas tendrá un valor meramente simbólico. Para ser eficaz, tendría que definir el contenido ideológico del movimiento y organizaciones proscritos. Y si esta ley incluyera, por ejemplo, entre los rasgos definitorios de las organizaciones prohibidas, tendencias totalitarias tales como la intolerancia, la defensa de la violencia y la tiranía, es evidente que algunos grupos maoístas o comunistas, se encontrarían entre sus primeras víctimas. Concretamente, aquellos grupos que son los primeros en plantear esta objeción contra la tolerancia”. No menos falaz resulta, históricamente hablando, la relación que Bray establece entre el Ku-Kux-Klan y los orígenes del “fascismo”. A ese respecto, Michael Seidman ha señalado que el Sur rechazaba el fascismo italiano porque los nativistas protestantes de derecha y los miembros del Klan veían en Mussolini a un aliado del Papa y un Anti-Cristo extranjero. Y es que el Klan era demasiado “tradicionalista” para ser clasificado junto al fascismo y al nazismo: “Su exclusivismo protestante limitaba su influencia nacional, al igual que su odio al Estado nacional omnipotente preferido por casi todos los fascismos europeos. Su preferencia por el control local y los derechos de los estados remitían a la confederación”. “El racismo sureño era tradicionalista —se basaba en la bíblica «maldición de Canáan»—, no eliminacionista como la variedad nazi”. No menos falaz resulta históricamente hablando la defensa del prefascismo de L´Action française, hace tiempo refutada por los trabajos históricos de Eugen Weber y de Françoise Huguenin. Sin embargo, lo más llamativo del libro de Bray es su amoralidad y cinismo. La sociedad “sin clases” que propugna como respuesta al “fascismo” fue construida por los regímenes de socialismo “real”, con toda su carga de opresión, brutalidad e ineficacia económica y social. De ahí que, como señala el filósofo alemán Peter Sloterdijk, en su libro Ira y tiempo, el antifascismo tenga como objetivo no confesado “la salvación de la conciencia” de los comunistas y revolucionarios, “borrar las huellas que delataban qué cerca se había estado de un sistema genocida de clases”. “En efecto, se llegó hasta tal punto de denunciar toda crítica al comunismo como anticomunismo y éste como una continuación del fascismo con medios liberales. Cuando, desde 1945, ya no se daban abiertamente exfascistas, no faltan todavía paleoestalinistas, excomunistas, comunistas alternativos e inocentes radicales del ala extrema que llevaban la cabeza muy alta como si los delitos de Lenin, Stalin, Mao, Ceacescu, Pol Pot y otros líderes comunistas, se hubieran cometido en el planeta Plutón”. Estamos ante el antifascismo propugnado por Podemos y grandes sectores de la izquierda española. Su objetivo es, por una parte, demonizar al conjunto de la derecha actual y, por otra, hacer olvidar su oscuro pasado político e ideológico. Por todo ello, someterlo a crítica es, hoy, un imperativo intelectual y político.

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