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Padres e Hijos (amor y nihilismo)

Padres e Hijos (amor y nihilismo)

3 ABRIL 2018

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Una de mis novelas favoritas desde que la leí por primera vez hace más de cuarenta años es Padres e Hijos (1861) de Ivan Turgenev (1818-1883). No es el tema del amor del que se ocupa la obra, sino lo contrario, el choque o conflicto de generaciones, pero en un sentido sutil e incluso diría inconsciente o subconsciente, el gran escritor no pudo eludir la razón que, paradójicamente, supera los conflictos y da continuidad a la historia del género humano.

El tema del amor, por supuesto, ha inspirado una inmensa literatura -en prosa, en poesía, y en prosa poética- además de notables obras filosóficas. Sin ir más lejos, en España tenemos a un filósofo como José Ortega y Gasset (1883-1955) que no sólo ha reflexionado sobre el amor, sino que también postuló una teoría sobre las generaciones. Aunque seguramente no es el único, solo recuerdo a otro escritor, un contemporáneo de Ortega, el norteamericano Sinclair Lewis (1885-1951) que en el ámbito novelístico también se ocupó al mismo tiempo del amor y del enfrentamiento de generaciones, en su obra The Prodigal Parents (1938). Me consta que Lewis conocía la obra de Turgenev. No tengo la misma constancia en el caso de Ortega, pero curiosamente Lewis también conocía el pensamiento de Ortega, aunque éste ignoraba casi todo sobre la cultura estadounidense.

Mi primer encuentro con la novela, durante mi adolescencia, aparte de Baroja y Valle-Inclán fue con los autores rusos del siglo XIX, y antes que a Dostoievski o Tolstoi leí a Turgenev. Todavía conservo su Diario de un hombre superfluo, publicación semanal de Revista Literaria-Novelas y Cuentos (Madrid, 1963), que compré en un kiosko por el precio de 6 pesetas. Más adelante leí otras novelas suyas (Lluvia de primavera, Remanso de paz, Relatos de un cazador, etc.) publicados en la inolvidable Colección Austral de Espasa-Calpe, y una vieja edición de Vida de Hidalgo, en la barcelonesa Librería Editorial Argos. Padres e Hijos la leería muchos años después, en inglés, durante una estancia en los Estados Unidos como estudiante en un curso de verano en la New York University. También conservo la edición que compré en una tienda de libros viejos (used) cerca de Washington Square, en Manhattan: Fathers and Sons (Translated, with a Foreword by Bernard Guilbert Guerney, The Modern Library, New York, 1961).

Posteriormente de Fathers and Sons he consultado las ediciones críticas de Ralph E. Matlaw (W. W. Norton, New York, 1966) y la que cito aquí de Rosemary Edmonds (with the Romanes Lecture by Isaiah Berlin, Penguin Books, New York, 1975), junto a la imprescindible obra de Leonard Schapiro, Turgenev. His Life and Times (Random House, New York, 1978) y los fundamentales tres capítulos sobre Turgenev del mismo autor en Russian Studies (edited by Ellen Dahrendorf, with an introduction by Harry Willetts, William Collins Sons, London, 1986).

El tema central de la novela, como señala Isaiah Berlin, es la confrontación entre los viejos y los jóvenes, entre los liberales y los radicales (p. 26), o, como lo expresa Rosemary Edmonds, “the universal clash between generations, in this instance localized in the hostility between the reactionary fathers of the forties and the revolutionary sons of the sixties” (p.68).

El personaje emblemático de esta confrontación es el nihilista Bazarov:

“-¿Qué es Bazarov? (…) ¿Te gustaría, tío, que te dijera qué es exactamente?

-Por favor, sobrino.

-¡Es un nihilista!

-¿Un qué? (…)

- ¡Un nihilista!

-Un nihilista (…) eso viene del latín nihil-nada; me imagino que significa… ¿un hombre que no cree en nada? (…)

- Quien mira todo críticamente (…)

-Bien, ¿es eso una cosa buena?

-Depende del individuo, mi querido tío (…)

-Ya veo. Antes eran hegelianos, ahora son nihilistas.”

El autor se habría inspirado para el personaje Bazarov, entre otros, en Chernichevsky, autor de la novela más popular del populismo radical, Qué Hacer (1863), cuyo título por cierto inspiraría a su vez el de un famoso ensayo de Lenin en 1902, donde sienta las bases de la teoría organizativa del bolchevismo. Turguenev certificó así en su novela el nacimiento de un personaje político fundamental en la historia social y revolucionaria de Rusia a partir de la segunda mitad del siglo XIX, desde el populismo hasta el comunismo. Leonard Schapiro en su biografía del novelista ruso afirma que éste no inventó el término nihilista, pero lo reactivó, ya que el primero en usarlo para definir a “alguien que no cree en nada” parece que fue M. N. Katkov en un artículo de 1840 (p. 182).

Es curioso que el término nihilismo también aparezca al menos media docena de veces en el libro del español Juan Donoso Cortés, Ensayo sobre el Catolicismo, el Liberalismo y el Socialismo (1852), publicado una década antes que la novela de Turgenev, pero escrito mayormente a finales de los años 1840s. El crítico norteamericano René Wellek (en la edición crítica mencionada de Ralph E. Matlaw, p. 258), sin embargo, sostiene que fue usado como término filosófico en Alemania a principios del siglo XIX, y sería importado a Rusia por el escritor satírico Vasily Narezhny (1780-1825). Muy anterior, por tanto, al caso citado por J. Ferrater Mora (“Nihilismo”, Diccionario de Filosofía, vol. 3, Alianza editorial, Madrid, 1979, p. 2365), del filósofo escocés William Hamilton, en su obra Lectures on Metaphysics and Logic (4 vols., 1859-1860), donde habría empleado el término, aunque Ferrater Mora ignora que, en cualquier caso, con posterioridad a Donoso Cortés.

Sería interesante, para concluir con esta digresión, que se investigara si el ilustre pensador contrarrevolucionario español no tomó el término de algún teólogo católico de la Contrarreforma o de algún padre de la Iglesia, con los que evidentemente estaba muy familiarizado. Curiosamente, Ortega en su ensayo “Amor en Stendhal” (1927), incluido en su libro Estudios sobre el amor (1940), cita a San Pablo: “Nihil habentes et omnia possidentes” (“No tienen nada y lo poseen todo”), que expresa muy bien la pulsión psíquico-ideológica de los nihilistas como Bazarov.

En 1877 Turgenev publica su última y más extensa novela, La tierra virgen, que es también –como subrayan V. S. Pritchett y Leonard Shapiro- la más compleja, aunque al mismo tiempo es una secuela de Padres e Hijos, es decir, una nueva reflexión sobre el amor y la política, y según algunos críticos, su auténtico testamento ideológico. Como destaca Shapiro, en un nivel es una sutil y romántica historia de amor; en otro nivel es un penetrante análisis del movimiento revolucionario en Rusia, genéricamente llamado populismo (p. 263). El personaje más original ahora es Solomin, el hombre práctico o pragmático, al estilo americano, en contraste con Neazdaev, el nihilista radical y violento. Pese a las simpatías paternalistas de Solomin por los revolucionarios, su actitud es la de una fe en la lenta y paciente educación del pueblo: “La tierra virgen debe trabajarse –citando a un agronomista- no con el arado superficial sino el profundo…” El “arado” siendo una metáfora no de la revolución sino de la ilustración (p. 266). Finalmente Turgenev desconfía de la nobleza agraria liberal para llevar a cabo las reformas, confiando más bien en una nueva clase de hombres prácticos, expertos en economía y tecnología, en industria y comercio, que prefigura lo que cincuenta años más tarde serán los Nepmanii, los hombres de la NEP desde 1921, factores de un sistema que concilia cierta libertad económica bajo el control político autoritario del Estado, es decir, cuando se liquida definitivamente la perspectiva de una utopía comunista.

Es una curiosa coincidencia que Ivan Turgenev y Karl Marx fueran exactamente coetáneos, es decir, que nacieran y murieran en los mismos años (1818-1883). No hay evidencia sin embargo de que alguna vez coincidieran, aunque el primero visitó con frecuencia Londres, donde residía el segundo. Es asimismo interesante que ambos fueran los principales defensores de las dos concepciones histórico-sociológicas antagónicas de extraordinaria influencia en la política contemporánea: respectivamente, la “lucha de clases” y la “lucha de generaciones”. La de Marx, pese a su pretensión racionalista y científica, es una filosofía del odio; la de Turgenev, por el contrario, pese a las diferencias generacionales, está impregnada de amor, al menos del amor entre padres e hijos. Ni uno ni otro hubieran imaginado que en un futuro siglo XX se podrían instrumentalizar ambas concepciones en una siniestra (literalmente, izquierdista) síntesis ideológica, aparte de las ramificaciones soviéticas, como el Fascismo italiano o el Nacional-Socialismo alemán. En efecto, respecto a este último movimiento, tanto la inteligencia militar germánica como la británica lo percibieron pronto como un hecho real, es decir, que era capaz de atraer a la clase trabajadora y a las jóvenes generaciones hacia el socialismo nacionalista (v. Sir John W. Wheeler-Bennet, The Nemesis of Power. The German Army in Politics 1919-1945, St. Martin Press, New York, 1967). ¿Qué hubiera pensado Turgenev de la identificación del nazismo como un “Jugendbewegung”? Según documenta el historiador británico, citando un informe de la embajada británica en Berlin (Septiembre de 1930), “el Jugendbewegung es ya un movimiento imparable” (…) “Intoxicated, blinded, dazzled, the youth of Germany enthusiastically enrolled itself in the Storm Troops in the deluded belief that in the National Socialist movement lay the way to both national and individual salvation” (ob. cit., pp. 157 y 221-222). No es casual -otra paradoja que hubiera inquietado a Turgenev- que una de las primeras exposiciones críticas de la ideología nazi en 1939, cuyo autor era el ex dirigente nazi Hermann Rauschnning, se titulara precisamente La Revolución del Nihilismo.

Tres décadas después el movimiento juvenil y estudiantil norteamericano (los Yiipies, el SDS y la New Left) invocando la “contra-cultura” y la lucha generacional, volverá a repetir las mismas pautas de violencia y nihilismo, sin olvidar los episodios criminales y siniestros anticipados por Dostoievsky en Los demonios, reproducidos en la propia historia de los Black Panthers, como ha relatado en sus crónicas uno de sus protagonistas, David Horowitz.

El crítico literario Roger Sale (Modern Heroism, 1973) ha señalado que los norteamericanos Henry Adams y Henry James (especialmente éste, muy vinculado personalmente a Turgenev) pueden haber influido en el novelista británico D. H. Lawrence, que publica su primera gran novela Sons and Lovers en 1913. Aquí el tema del amor entre la madre y el hijo adopta un giro edípico que anula la posibilidad del amor en el matrimonio convencional (de la madre y del hijo) con el trasfondo de la sociedad industrial que anula la utopía romántica de una sociedad pastoral. El personaje central del hijo, Paul Morel (trasunto literario del propio Lawrence), no es un rebelde o revolucionario al estilo de los hijos en la novela de Turgenev, pero su actitud ante la vida es asimismo de un nihilismo absoluto, de raíces nietzcheanas y freudianas.

La temática generacional y nihilista ha sido objeto de un tratamiento interesante y agudo (con referencias pertinentes a las derivas perversas y degeneradas del amor y el sexo en la Contracultura occidental desde los años sesenta del siglo XX) en los profundos análisis del pensamiento político de la izquierda norteamericana realizados por David Horowitz, antes mencionado: Destructive Generation (1989); Radical Son. A Generational Odyssey (1997); The Politics of Bad Faith (1998); y Radicals. Portraits of a destructive passion (2012). En ésta última obra, concluye Horowitz, las consecuencias finales del radicalismo nihilista son obvias: “What revolutionaries like Lenin and Alinski offer (éste mentor ideológico de los dos políticos izquierdistas más exitosos del siglo XXI, Hillary Clinton y Barack Obama) is not salvation but chaos –a chaos designed to produce a totalitarian state.” (p. 198).

La vida de Turgenev fue una perpetua paradoja, en comparación con las ideas de sus novelas. Aunque como hijo no sintió un profundo amor por sus padres (su padre murió durante su infancia y su madre lo tiranizó toda su vida), como padre parece que si lo sintió por su hija. Respecto al amor y la política, Turgenev fue fiel a su modelo literario del “individuo superfluo”, más Hamlet que Quijote (como es sabido, Turgenev es autor de un famoso ensayo sobre ambos personajes), es decir, un duditativo. No parece que ni en lo uno ni en lo otro fuera una persona con decisión. Su relación con la diva española Paulina García Viardot fue más bien una enfatuación romántica y platónica (curiosamente anticipando otra famosa relación un siglo después, menos ideal, entre el compositor ruso Serge Prokofiev y la soprano española Lina Llubera), y sus otros affairs tuvieron un carácter casi exclusivamente sexual y pasajero. En política nunca decidió nítidamente cuál era la alternativa real frente al nihilismo (su compatriota Prokofiev sí lo hizo y eligió el estalinismo). Aunque personalmente siempre fue un liberal, su alma estaba escindida entre el progresismo (populista-campesino) y el conservadurismo (terrateniente-burgués), entre la revolución y la reforma en Rusia. Aunque apoyó ésta, nunca definió claramente su reformismo ante el dilema socialismo o capitalismo, inclinándose tibiamente por una socialdemocracia en la línea de Peter Lavrov, una forma como otra cualquiera de expresar un nihilismo y relativismo respecto a los valores.

Tal fue la actitud que siempre mostró asimismo respecto a la religión e incluso respecto a sus mayores. A diferencia de Sócrates, que en uno de los diálogos platónicos fundacionales de la filosofía política occidental, en la antesala al juicio e injusta condena a muerte del gran filósofo, éste le reprocha a Euthiphro la falta de piedad hacia su propio padre, al que está dispuesto a condenar en otro juicio, ya que “la piedad aparentemente es lo más querido por los dioses” (“Euthyphro”, incluido en los escritos de Platón, Los últimos días de Sócrates, edición en inglés: Plato, The Last Days of Socrates, Penguin Books, Middlesex, England, 1985, p. 40).

Pero en estos asuntos y otros, Turgenev fue un precursor, incluso antes que Nietzsche, al pronosticar (prediciendo, no prescribiendo) la crisis de valores de la cultura europea que se producirá en el siglo XX, el nihilismo y relativismo filosóficos, los conflictos generacionales, la “traición de los intelectuales” y muchas otras miserias y terrores que han anegado nuestro tiempo.

Manuel Pastor Martínez

Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid

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