.
lacritica.eu

EL MARTES 17 DE OCTUBRE EN EL ILC DE LEÓN

Cuadernos deshojados, de Juanmaría G. Campal

Cuadernos deshojados, de Juanmaría G. Campal
Ampliar

LA CRÍTICA, 7 OCTUBRE 2017

Add to Flipboard Magazine.
El martes 17 de Octubre, a las 20:00 horas, en la Sala Región del Instituto Leonés de Cultura (León), Juanmaría G. Campal presentará su libro "Cuadernos deshojados". Estará acompañado por el periodista y director de La Nueva Crónica David Rubio y por el escritor y editor de la obra Juan Manuel Martínez Valdueza.

El martes 17 de Octubre, a las 20:00 horas, en la Sala Región del Instituto Leonés de Cultura (León), Juanmaría G. Campal presentará su libro "Cuadernos deshojados". Estará acompañado por el periodista y director de La Nueva Crónica David Rubio y por el escritor y editor de la obra Juan Manuel Martínez Valdueza.


JUANMARÍA G. CAMPAL

Escritor y columnista, durante años cautivó a sus lectores desde las columnas “El tema de Lara”, “Con Lara”, “Lunes arriscado” y “Desde Bocamar”, de los diarios La Crónica de León y El Mundo-La Crónica de León. Hoy, colabora con una columna semanal en La Nueva Crónica de León y con entrevistas y reportajes en La Crítica de León.

PUBLICACIONES

Soledades y otros relatos cortos, caóticos y casuales (1996),

Dos mujeres y un magnolio (1999 y 2013),

Justas, necesarias, tardías palabras, en Palabras con ángel (2008),

Escritos con Lara al fondo (2009),

Textos al aire (2010),

Pliego de quebrantos en reglones cortos, en «Tres voces, tres mundos (Poemas)» (2014).

Ha participado en las siguientes obras colectivas: Ágora de la Poesía (2014), 24 horas (2015), Poemas por Vidas (2016) y Cuento cuentos contigo / Historias para hacer historias (2016).


PRÓLOGO DE DAVID RUBIO

Hombre en permanente construcción

Dice de sí mismo Juanmaría G. Campal que es «un hombre en permanente construcción». Lo dice en este mismo libro, en unas notas en las que advierte al lector de los peligros del territorio en el que se adentra. Lo dice con la sinceridad con la que escribe, con la sinceridad con la que habla con ese acento asturiano que parece agravarse conforme avanzan el tiempo y la distancia. Lo dice y, sin quererlo, da la primera de las muchas lecciones que se pueden encontrar en este libro.

Para un periodista como yo que se enfrenta cada día a las trampas de la actualidad, la distancia con la que Juanmaría G. Campal observa los días despierta una cierta envidia. Metidos en la lucha cuerpo a cuerpo con los políticos, con los artistas o con los deportistas, el columnista se destaca como una especie de francotirador que tiene un ángulo de visión privilegiado y el tiempo que necesite para elegir el momento del disparo. Superada esa envidia que siento no sólo hacia Campal sino hacia todos los columnistas que acuden de forma semanal a su cita con las letras, releo los textos que forman este libro y siento, como me ocurre con los ya pocos escritores y periodistas que me siguen mereciendo la pena a estas alturas, que tengo el privilegio de colarme en su mirada.

Hay columnas que son obras de arte en sí mismas, con su principio, su nudo y su desenlace, como nos enseñaban en el colegio. Las hay que consiguen concentrar el argumento de una novela en unas pocas letras. Las hay reveladoras, que consiguen analizar, combinar y sacar certeras conclusiones sobre las cuestiones que componen la maraña de nuestros días. Las hay descaradas, malintencionadas, las hay almibaradas, las hay que buscan un favor a cambio y, en el periodismo provinciano, las hay demasiado a menudo que están dirigidas únicamente a unas pocas personas, dejando al resto de los lectores con la curiosidad, en el mejor de los casos, de lo que verdaderamente querrán decir. Sin embargo, ninguna de las columnas de Juanmaría G. Campal que usted encontrará en las siguientes páginas se ajusta a ninguna de estas definiciones. De entrada, ni siquiera son columnas. Toma ya.

En esa generalización que siempre hace asumir tantos riesgos se cuelan siempre honrosas excepciones para demostrar que toda generalización es siempre errónea. Y Juanmaría G. Campal, como los grandes autores, es una excepción en sí mismo. Como los grandes, tiene su propia voz, su propia forma de contar, su brillante manera de retorcer las frases, de detenerse en determinados detalles que para otros no tienen la más mínima importancia, una singular maestría para enseñar y ocultar sus argumentos. Como lector creo que cuando el texto de un determinado autor resulta fácilmente identificable, cuando ha alcanzado su propio estilo, lo único que se le puede pedir al que se dedica a juntar letras es que le ponga pasión, que sea sincero, que muestre una parte de sí mismo, sin la vanidad de los consagrados, sin el exhibicionismo de las redes sociales, sin la fingida intimidad de las celebridades. Y este hombre en permanente construcción, en sus letras y en sus conversaciones, demuestra que ha alcanzado una mirada propia, la sinceridad a borbotones, demuestra también que ha desarrollado su propia escala de valores, una escala de valores que haría que todo nos fuese mejor si el mundo fuese capaz de importársela.

Disfruto leyendo a Campal y disfruto de su conversación. «Parece que aquí está todo el mundo esperando a la mínima para saltar», fue la última reflexión que me regaló. Da igual si estábamos hablando de las obras en la plaza del Grano, de las últimas declaraciones del empresario iluminado de turno o del ascenso de la Cultural porque, efectivamente, parece que aquí está todo el mundo esperando a la mínima para saltar, para vocear esas opiniones que mantienen una dirección inversamente proporcional entre el volumen y los argumentos… y que se agitan hasta alcanzar la viscosidad en las redes sociales. Con todo ello, a menudo se nos olvidan, quedan perdidos en la prisa de los días, los verdaderos motivos que tenemos para saltar, que sobrados estamos de ellos, por eso resulta fundamental detenerse ante estos «Cuadernos deshojados». Además de haber alcanzado el estilo propio, que es algo que muchos otros autores persiguen sin éxito durante toda su vida, Juanmaría G. Campal se convierte, mientras deshoja sus cuadernos con diarios, opiniones o poesías, con nocturnos y con vespertinos, en un cronista de su tiempo. Nos deja subirnos a su escritura y disfrutar de su mirada para relatarnos lo que pasa en nuestros días con una sensibilidad que uno no puede encontrar ni en los bares ni en los libros… ni por supuesto en los medios de comunicación. A través de estas letras cuenta lo que pasa en las calles, en la vida cultural de la ciudad que le ha acogido pero que no le ha podido cambiar el acento (ni el carácter, por suerte), una vida cultural que resulta todo un lujo para ser provinciana y que, entre otros, el propio autor ha contribuido a mejorar y enriquecer con sus obras, con sus versos recitados, con sus crónicas de presentaciones de libros y performances y conciertos y exposiciones y todos esos actos que no tienen forma de encajar en ningún casillero y que hacen de la cultura en la ciudad de León un auténtico lujo que, como el resto de nuestros potenciales, ignoran la inmensa mayoría de sus habitantes… hasta que un día se esfume y se convierta en otro reclamo más de lo perdido, en otro motivo para la nostalgia. A veces parece que los leoneses hemos nacido para la nostalgia, que sólo nos damos cuenta de la grandeza de lo que tenemos delante cuando desaparece… o empieza a desaparecer, que ni siquiera en eso nos ponemos de acuerdo por lo general.

Disidente y agnóstico hasta de sí mismo, según él mismo confiesa, este hombre en permanente construcción repasa en estas letras la vida cultural provincial, como ya he dicho, los movimientos de tiburones en la política, la hipocresía y el descaro, las imputaciones reales, en verso y en prosa, los extraños mecanismos de la memoria, la fugacidad de lo que hoy pasa ante nuestros ojos, la fragilidad de Europa, la vida y la muerte, la literatura, el periodismo, la fotografía, la escultura, el terrorismo, las cunetas de una sociedad engreída que sólo se preocupa por reclamar sus derechos y que ignora a quienes lucharon para conseguirlos. Difícil será que el lector no encuentre en estos textos algún tema que le interese, y en cualquier caso la prosa de Campal le despertará la curiosidad por asuntos que hasta ahora le parecían irrelevantes (ése es, precisamente, el objetivo que yo persigo cada vez que escribo). Difícil será que el lector no encuentre alguna reflexión que le sirva como ayuda en el futuro. En este oficio del periodismo que algunos llaman el más hermoso del mundo, tengo que tratar demasiado a menudo con personajes que lo saben todo, que te dan consejos que no has pedido, que no hablan sino que ponderan, que te dicen lo que deberías hacer y lo que no deberías hacer, que atacan con furia a tu independencia en el momento en que no les das la razón, que ni siquiera postulan sino que simplemente sentencian… Pero también tengo la suerte de conocer, gracias a mi profesión, a algunos pocos personajes como Juanmaría G. Campal absolutamente geniales, personas con las que disfruto hablando, colaboradores de los que presumo, de los que no dan consejos si no se les piden (¡esos son los que quiero!) y que no tienen reparos en titular una de sus columnas: «Hoy no tengo opinión, sino dudas». Es un privilegio que nos deje viajar a bordo de su escritura y disfrutar de su mirada, de la velocidad a la que viaja por el mundo, de su presencia. La lástima es que ningún lector, ni por supuesto este prologuista, pueda alcanzar nunca la inmensa generosidad de este hombre en permanente construcción.

Compartir en Google Bookmarks Compartir en Meneame enviar a reddit compartir en Tuenti Compartir en Yahoo