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PILAR EN LEÓN

El milagro del 'Cojo de Calanda' (Miguel Juan Pellicer Blasco)
El milagro del "Cojo de Calanda" (Miguel Juan Pellicer Blasco)

La Crítica, 17 Julio 2017

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“Déjese de milagrerías y supercherías. Creo que hablo por todos, y le digo que un milagro que nos convencería es si, a mí, por ejemplo, me cortaran un brazo o una pierna y me marchara a muchos kilómetros de distancia. ¡Ah! y que el brazo o la pierna lo enterraran y al cabo de los años, cuando ya estén bien podridos se me pegue mi brazo o mi pierna y que me dure y lo pueda utilizar todo el resto de mi vida como si no me lo hubieran cortado”.

Semejante exabrupto era obligado. Los librepensadores habían organizado, en 1958, un Congreso, más bien una especie de mitin, con motivo de las apariciones de Lourdes, con objeto de mostrar su falsedad y la mentira de los milagros. Así lo habían hecho cuatro oradores, pero cuando le concedieron la palabra al sacerdote y prestigioso profesor de la Universidad de Lille, André Deroo, éste expuso el proceso que se había seguido en el último milagro, para poder declarar que aquella curación constituía un milagro que debía atribuirse a la Virgen de Lourdes. No bastó que por razonamiento lógico y la declaración unánime de todos los testigos y del mismo paciente, se llegara a esa conclusión, sino que tuvo que ser un equipo de médicos, no todos católicos, los que determinaran que esa curación no podía explicarse por causas naturales, que superaba las leyes de la Naturaleza. Y aún después de eso se continuó el estudio y control para determinar si esa curación inexplicable, era de origen divino y si cabía atribuirla a la intervención de la Virgen. Fue tan contundente, convincente y veraz la exposición que varios empezaron a dudar y a removerse inquietos en sus asientos.

El exabrupto surtió su efecto, y Deroo se quedó estupefacto y se calló. Pero, de pronto, contestó al que le había interpelado con tanta brusquedad, que sí, que podía relatarle un milagro incontestablemente probado y que correspondía punto por punto al milagro que él pedía para convencerse. El interlocutor y algunos de los asistentes pusieron cara de asombro y se produjo un silencio absoluto.

Corría el año de 1617, cuando el 17 de Julio, nació Miguel Juan Pellicer Blasco en la villa turolense de Calanda, a 120 kilómetros de Zaragoza, donde también se tenía una gran devoción a la Virgen del Pilar, porque, según una tradición, con algún fundamento histórico, la villa fue protegida por esta Virgen, de la numerosísima banda, casi un pequeño ejército, de Abad-el Hafsum, que estaba devastando la región.

Miguel Juan, tuvo siete hermanos, dado que al morir uno de ellos, Jusepe y nacer otro, le pusieron el mismo nombre: Jusepe. Pero la pobreza de los Pellicer era extrema y Miguel Juan se fue a trabajar a Castellón, que distaba 230 kilómetros de Calanda, con un hermano de su madre, su tío Jaime.

Acabados de cumplir los veinte años, Miguel Juan era un mozo muy robusto y muy trabajador, pero a finales de Julio de 1637, cuando montado en una de las dos mulas llevaba el carro de su tío Jaime cargado hasta arriba, quizá por el calor extremo o la somnolencia, resbaló y cayó al suelo sin darle tiempo a evitar que una de las ruedas del carro le pasara por encima de “la pierna derecha, partiéndosela medio palmo por encima del tobillo”. Su tío lo llevó en el carro al hospital de Valencia, distante 50 kilómetros. Allí el encargado, Pedro Torrosellas, lo ingresó en el Registro de Entradas de Enfermos Pobres, con fecha de 3 de Agosto de 1637, en el folio 25, verso, al pie de la página, en el número 243.

Sin embargo, viendo tanto los médicos como el propio paciente que empeoraba, atendieron la petición de Miguel Juan, que llevado de su devoción a la Virgen del Pilar, pidió que se le trasladase al Santo Hospital Real y General de Nuestra Señora de Gracia en Zaragoza, por lo que los regidores le permitieron que fuera a Zaragoza con pasaporte “de lugar en lugar, por caridad y de limosna”.

Hasta primeros de Octubre no llegó a Zaragoza. La pantorrilla de Miguel Juan estaba, casi en su totalidad, gangrenada y la llevaba atada al muslo, pero, no obstante su estado febril, antes de ingresar en el Hospital, ayudándose con una muleta de madera fue a la Capilla del Pilar donde confesó, comulgó y se encomendó a la Virgen.

Miguel Juan ingresó en el Hospital y le atendió el cirujano aspirante, Juan Lorenzo García, que en cuanto vio la pierna avisó al Titular, Juan de Estanga, Catedrático de Cirugía, que ordenó su inmediato traslado a su Servicio. Debido a la gravedad del caso (hoy no lo sería), lo comentó con su colega del Servicio, Miguel Beltrán, y acordaron cortarle la pierna. Pero la gran preocupación del paciente que comprendió que ya no podría volver a trabajar, a ganarse la vida, a ayudar a su familia, hizo que lo consultaran con el Maestro de Cirugía, Diego Millaruelo, que frecuentaba el Hospital. Desgraciadamente para Miguel Juan el acuerdo fue unánime y los tres consideraron que sólo serrándole la pierna podría vivir.

Proporcionaron a Miguel Juan una bebida con abundante alcohol. Después llamaron a Juan Lorenzo García y a dos enfermeros para inmovilizar al paciente, pero era tal la fuerza de Miguel Juan, que hubo que ligarle, además, piernas y brazos y así mientras Juan de Estanga cortaba, cuatro dedos por debajo de la rótula, los músculos, tendones y nervios, Juan Lorenzo García, siguiendo las indicaciones de Diego Millaruelo, procuraba reducir la hemorragia. A continuación, Juan de Estanga, con una fina sierra , serró lo más rápidamente que pudo los huesos, y Juan Lorenzo García con una varilla, con mango de madera y el extremo del hierro candente, ensanchado y plano como una moneda, lo fue aplicando a la herida hasta cauterizarla. Como la pierna, según el sacerdote Pascual de Cacho, era un trozo del cuerpo humano demasiado grande para echarlo a la basura, lo enterraron Juan Lorenzo García y otro compañero en el cementerio de Hospital, señalando el lugar para comunicárselo al paciente, si salía con vida de la operación que, naturalmente, en aquella época se realizó con escasas medidas de asepsia, antes, durante y después de la amputación.

Durante los días siguientes Miguel Juan fue confortado por el sacerdote Pascual de Cacho y su juventud y fortaleza le hicieron superar la operación. Sin embargo al colocarle el muñón y poyarse en él sintió un gran dolor, que le advirtieron que así continuaría bastante tiempo, por lo que ayudándose de la muleta fue a visitar a la Virgen y a colocarse en la puerta del Pilar a mendigar, puesto que el Cabildo de Zaragoza, al tener conocimiento de la operación y que un campesino al que le faltaba una pierna, dada la dureza del trabajo en el campo en aquél entonces, debía considerársele un inválido para trabajar y ganarse el sustento, le permitió pedir limosna junto con otros mendigos, mostrando el muñón que le imposibilitaba trabajar.

Así pasaron los meses, hasta que un día Miguel Juan vio a dos sacerdotes de su parroquia de Calanda, Mosén Jaime Villanueva y D. Jusepe Herrero. Hablaron largo y tendido de su operación y también de Calanda y de su familia. Miguel Juan no había querido volver a Calanda para no ser gravoso a sus padres. Los sacerdotes le aseguraron que, muy al contrario, les daría una auténtica alegría. Así sucedió, Miguel Juan, con uno dolores insufribles a causa de su muñón, llegó a Calanda a primeros de Marzo de 1640 y fue recibido por sus padres y hermanos con verdadero alborozo y contento. Además, en el pueblo hubo cierta expectación, sobre todo, por parte de Juan Ribera y Jusepe Nabot, los dos cirujanos de Calanda, así como por el Notario Real, Lázaro Macario Gómez, el Juez, Martín Colesviano y los Jurados, Miguel Escobedo y Martín Galindo, que confirmaron lo acertado de la amputación y el derecho a pedir limosna.

Miguel Juan, con el deseo de ser lo menos gravoso posible a su familia recorría todos los días el pueblo pidiendo limosna y cuando estaba libre la borriquilla, iba por los pueblos vecinos mostrando su muñón y la gente, aunque la mayor parte pasaba necesidades, al ver inválido a tan buen mozo, con frecuencia le daban algunos pedazos de pan.

Pero, el 29 de Marzo de 1640, Miguel Juan no salió a mendigar. Era necesario llevar una gran cantidad de estiércol al corral y su hermana menor, que contaba 10 años era la encargada de hacerlo. Miguel Juan decidió ayudarla y consiguió llevar nueve cargas de estiércol al corral. Cuando Miguel Juan volvió a su casa, contento de haber podido trabajar aunque extenuado, se encontró el pueblo algo revuelto y la desagradable sorpresa de que su cuarto estaba ocupado por un soldado. En efecto, dos compañías de caballería en su marcha habían pernoctado en Calanda y alojado en las casas del pueblo. Miguel Juan se sentó al lado de la chimenea donde comentó con el matrimonio vecino, Miguel Barrachina y su esposa Úrsula Means, y el soldado de caballería que iba a dormir en su casa; como el soldado era de caballería, entendía de fracturas, Miguel Juan le enseñó su muñón, casi en carne viva por el esfuerzo realizado.

Miguel Juan, sin volver a ponerse su “pata de palo”, apoyado en el brazo de su madre, fue al dormitorio de sus padres que le habían preparado un catre y como no tenían manta, la madre le tapó con una capa que le cubría hasta medio muslo. Aproximadamente una hora después, se retiraron todos a dormir. La madre con un candil se dirigía a la habitación –según declaró después olió una intensa fragancia que le extrañó- y al llegar al dormitorio lanzó tal grito que acudió presuroso su marido. El grito estaba justificado: de la capa salían dos piernas. Despertado Miguel Juan, lo único que pudo aclarar es que se acostó encomendándose a la Virgen del Pilar y que estaba soñando que se untaba con el aceite de una de las lámparas de la Capilla de la Virgen y que notó un inmenso alivio.

Ahora bien, el grito fue tan grande que el mozo que ayudó, desde a Samper a Calanda, a volver a Miguel Juan con sus padres, Bartolomé Ximeno, y que dormía en el pajar, acudió y al ver las dos piernas se arrodilló y empezó a decir una y otra vez: “le ha crecido una pierna”. Sin embargo, Miguel Juan le confirmaba que era su propia pierna y le enseñaba la cicatriz de la mordedura de un perro, de cuando era niño. Ni que decir tiene que aquella noche nadie durmió en Calanda, incluidos los soldados, viendo, tocando y manoseando la pierna de Miguel Juan. Al despuntar el alba, se celebró una Misa de acción de gracias en la que Miguel Juan confesó y comulgó.

Naturalmente, el hecho se conoció en toda la comarca, puesto que las dos compañías lo iban difundiendo en su marcha. La Iglesia no podía permitir que una posible superchería fuera considerada milagro y tampoco los pueblos vecinos estaban dispuestos a darle ese protagonismo a Calanda. De forma que el 2 de Abril llegó el Notario Real de Mazaleón, acompañado de ayudantes, a petición del Reverendo Doctor Marco Seguer, Rector de la Iglesia parroquial de Mazaleón, para investigar lo sucedido en Calanda la noche del 29 de Marzo entre las diez y las once de la noche. No obstante, a pesar de que también interrogaron a los vecinos de los pueblos en los que Miguel Juan había mendigado, acabaron pronto su investigación, dado que todos, sin excepción, testificaron que habían visto a Miguel Juan con una pierna y que ahora le veían con dos piernas. Se conserva el Acta pública original de esta investigación y merece la pena leerla, porque de forma más expresiva y contundente de lo que yo lo he expuesto, testimonia, sin ninguna duda u objeción, el hecho inexplicable (una reproducción de este Acta pública está publicada en el Número especial de la revista “El Pilar”, de 8 de Octubre de 1938).

La familia Pellicer peregrinó a Zaragoza para dar gracias a la Virgen del Pilar. Allí, sin embargo, el Arzobispo de Zaragoza, Monseñor Apaolaza, abrió un Proceso canónico de investigación sobre la restitución de la pierna, a 120 kilómetros de distancia y al cabo de dos años y cinco meses, a Miguel Juan Pellicer. Se encontró con las mismas o mayores facilidades que el Notario Real de Mazaleón. Centenares de personas habían visto a Miguel Juan con una pierna pidiendo limosna a la puerta de El Pilar y ahora, en efecto, le veían con dos piernas; además, contó con el testimonio cualificado de los doctores Juan de Estanga, Miguel Beltrán y, sobretodo, del Maestro de cirugía, Diego Millaruelo. No cabía la menor duda de que la pierna de Miguel Juan fue cortada. Una última averiguación determinó Monseñor Apaolaza y los miembros del Tribunal que se llevara a cabo. Pidieron a Juan Lorenzo García y al compañero que le ayudó a enterrar la pierna, que volvieran a cavar en el mismo sitio. Así lo hicieron con un hueco en el que cabían tres cuerpos, pero la pierna había desaparecido. No quedaba el menor resto. Al parecer, todos miraron la pierna de Miguel Juan, porque parecía evidente que es allí donde estaba dicha pierna (El original de las Actas del Proceso canónico como su Conclusión se conservan y están reproducidas, entre otros, en el libro de André Deroo, e igualmente, en el libro de Francisco Gutiérrez Lasanta,”Historia de la Virgen del Pilar, Tomo lV, “Los milagros”, Zaragoza, 1974).

El milagro de “el cojo de Calanda” se difundió por toda España e incluso allende nuestras fronteras. De hecho, Carlos l, rey de la cismática Inglaterra, reconoció explícitamente que se trataba de un hecho milagroso debido a la Virgen, de acuerdo con el documentado informe que le envió Lord Hopton, embajador de Inglaterra en Madrid; y nuestro Felipe lV hizo venir a la Corte a Miguel Juan, acompañado del Protonotario de Aragón y Arcediano de la Seo, y lo recibió rodeado de sus cortesanos. Entonces, ocurrió un hecho impensable. Felipe lV pidió a Miguel Juan que se descubriera la pierna y se la besó. Este suceso fue plasmado en diferentes cuadros, aunque, quizá, el más conocido sea el de Félix Pescador Saldaña, titulado, “El beso de Felipe lV”.

Mucho más habría que decir de este milagro de la Virgen del Pilar, pero, ya, si en mérito a la brevedad se han omitido muchos hechos relevantes, continuar con lo que, por ejemplo, fue la vida de Miguel Juan y de su familia tras su curación milagrosa, excedería la extensión de un artículo de periódico. No digamos si se cuentan otros milagros de la Virgen del Pilar. Por ello, sólo me cabe añadir que la elección de Pilar, ha sido porque es el cuarto nombre femenino más numeroso en León.

Pilar Riestra
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