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Agente provocador

Cuando las palabras matan

Cuando las palabras matan

La Crítica, 10 Abril 2017

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Cuando el discurso de alguien provoca la muerte de personas inocentes de manera innecesaria y evitable, las leyes condenan al autor del discurso. Con, al menos, una notable excepción: cuando alguien dice tonterías en contra de la vacunación de los niños. ¿Por qué ese trato de favor a quienes arriesgan a niños, frecuentemente a sus propios hijos, a la enfermedad y la muerte?

Es un discurso cada vez más habitual, incluso de buen tono: “nosotros no hemos vacunado a nuestros hijos, es una tontería”; y donde dicen “tontería” pueden poner cualquier otra frase tan cargada de razonamientos como esa, del tipo de “están sanísimos”, “las vacunas producen una forma leve de la enfermedad y yo a mis hijos no les meto bichos en la sangre”, “producen cáncer/autismo/retraso mental o lo que sea”, “soy vegetariano/vegano/ y las vacunas se prueban en animales” y mil otras sinrazones.

Todas tienen en común carecer de bases sólidas, incluso de bases en absoluto cuando no son más que una manifestación tardía de la adolescencia en forma de rebeldía contra ‘lo establecido’. Y rebelarse contra el calendario de vacunaciones además tiene varias ventajas si se quiere dar la imagen de supermoderno y más listo que nadie, porque es una decisión barata, tirando a gratuita, y no tiene efectos negativos evidentes… hasta que el niño se pone enfermo, a veces queda con una minusvalía psíquica o incluso muere pero, afortunadamente, eso casi nunca sucede. ¡Pero sucede! De hecho sucede con mayor frecuencia que el que nos caiga el gordo de la lotería.

En la mayoría de los casos, los niños sin vacunar no pasan de uno o dos por colegio, o por pueblo, y eso tiene dos efectos beneficiosos para los imprudentes padres (en mi opinión criminalmente imprudentes): por un lado, se sienten especiales y, en su forma de ver las cosas, los más listos del pueblo; por otro lado, como es@s niñ@s están rodeados de gente vacunada que no puede contraer esas enfermedades, tampoco se las pueden contagiar a los no vacunados, y todos viven felices en su ignorancia. Unos, ignorando que el de al lado puede ser portador en cualquier momento de enfermedades graves, otros, ignorando que si mantienen la salud no es por sus (erróneas) decisiones, sino por las (acertadas) decisiones de sus vecinos, que no son ignorantes por no haber leído y creído cualquier tontería en Internet, sino inteligentes al confiar en la Ciencia.

Porque otro de los rasgos constantes en este tipo de tontería recurrente es el estar basadas en supuestos estudios sin ningún rigor ni soporte de los círculos científicos ortodoxos. Pero eso les parece magnífico, porque ortodoxia es un ‘palabro’ relacionado con los viejos, los rancios y hasta fascistas en algunos casos, según la forma de ver las cosas de esos adolescentes tardíos.

Las vacunas son el resultado de siglos de estudios, millones de pruebas, sesudas y largas discusiones de gente (la mayoría médicos, pero también estadísticos y expertos en otras disciplinas) capacitada y especializada que, al final, después de años trabajando en el problema, llegan a la conclusión de que esa vacuna es positiva para la gente. Sí, quizá tenga contraindicaciones, a lo mejor da algo de fiebre los primeros días, a lo peor no es 100% eficaz pero, en conjunto, seguro que evita la mayoría de las muertes y sufrimientos y yo, que no sólo no soy médico, sino que aunque lo fuese seguramente no habría dedicado diez o veinte años a estudiar epidemiología, no me considero capaz de llevar la contraria a los que sí han estudiado el caso con herramientas adecuadas y metodología científica.

Lo malo es que siempre hay alguno que se cree por encima de los demás y deja sin vacunas a sus hijos. Eso produce decenas de muertes al año en Europa, está haciendo que retornen enfermedades como el sarampión, con más de 130.000 muertes por esa enfermedad en 2015 en el mundo… porque resulta que no siempre se resuelve con unos días de fiebre y cama. Y también pasa algo parecido con la meningitis bacteriana, la rubeola o la difteria, por decir las primeras que se me han venido a la memoria. Enfermedades ya superadas, al menos en Europa, como la Polio o la Tuberculosis están volviendo y habrá que reintroducir en el programa de vacunaciones.

Al menos en España, los guais del desarrollo bionaturalsostenible (palabras muy dignas pero muy mal utilizadas por lo general), los padres que ponen sus fobias y filias por encima de la salud de sus hijos, esos al menos no matan a los sanitarios, como en algunos países musulmanes en los que lo que se ha difundido es la idea de que las campañas de vacunación son una conspiración de occidente para esterilizar a los creyentes. Las bases de esto son igual de sólidas que las de las otras tonterías de los párrafos anteriores, pero el resultado por ahora es que en Afganistán o en Nigeria los médicos van con escolta militar para entrar en una aldea a vacunar a los niños y, pese a ello, la participación en el programa de vacunaciones es la principal causa de muerte entre los sanitarios del tercer mundo.

Cuando alguien hace un discurso a favor del terrorismo lo metemos en la cárcel. Incluso metemos en el calabozo a alguien por soltar unos tuits con chistes sobre Carrero Blanco (¡qué barbaridad!, ¿qué será de España sin el humor negro?). ¿Por qué no se aplican las mismas leyes a quienes enaltecen el terrorismo sanitario?

Si unos padres no llevan a sus hijos a la escuela la Ley tiene previsto penas muy serias contra ese pecado social que puede ocasionarles incultura. ¿Cuándo se va a dejar de consentir que no les vacunen y les pongan en riesgo de malformaciones o, incluso la muerte?

Félix Ballesteros Rivas

10/04/2017

agente.provocador.000@gmail.com

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