Cuando llegó la última madrugada, la del 19 de octubre, apenas quedaba margen para resistir. El navío estaba acribillado, su aparejo deshecho y sus hombres exhaustos. Pedro Mesía de la Cerda, su comandante, tuvo que aceptar la rendición. Pero los vencedores llegaban tarde para apoderarse de lo que había justificado aquella travesía: cuatro millones de pesos en plata estaban ya a salvo en tierra española. Para comprender aquella resistencia hay que regresar al océano. España sostenía sus comunicaciones americanas frente a una potencia que buscaba quebrarlas. Cada cargamento que cruzaba el Atlántico podía convertirse en objetivo militar. La guerra también se decidía en esas rutas, lejos de las cortes europeas, allí donde un capitán debía resolver con sus conocimientos, su artillería y la respuesta de sus hombres.
Construido en La Habana, el Glorioso montaba setenta cañones. Al frente llevaba a un marino experimentado. Mesía de la Cerda tenía una obligación concreta: conducir los caudales hasta España. Eso exigía navegar, conservar el barco y evitar que el enemigo se interpusiera entre su proa y el puerto de destino. Su misión requería tanto prudencia como valor. El primer gran peligro apareció el 25 de julio de 1747, cerca de la isla de Flores, en las Azores. Un convoy británico navegaba protegido por buques de guerra. Al descubrir al español, parte de la escolta emprendió su persecución. La fragata Lark, más rápida, consiguió alcanzarlo y abrió fuego; después entró en combate el navío Warwick. El Glorioso respondió y causó averías que impidieron a sus adversarios mantener eficazmente la caza. Prosiguió hacia España.
Conviene detenerse en lo que significa esa frase: respondió al fuego. En la guerra naval de entonces, disparar un cañón exigía el esfuerzo coordinado de varios hombres dentro de una batería donde el humo reducía la visibilidad y el estruendo dificultaba escuchar las órdenes. Había que cargar, apuntar, disparar y volver a servir la pieza mientras los proyectiles enemigos golpeaban el casco. La madera alcanzada podía convertirse en una lluvia de astillas. En aquellas condiciones, la disciplina era una forma de supervivencia. El valor individual necesitaba del oficio colectivo: artilleros, marineros, carpinteros, oficiales. Un navío seguía combatiendo porque muchos hombres cumplían simultáneamente tareas distintas. La historia conserva el nombre del comandante; debemos recordar también a quienes hicieron posibles sus decisiones.
Después de las Azores, todavía quedaba mar por recorrer. El 14 de agosto, frente a Finisterre, surgió otra amenaza: un navío británico y dos fragatas intentaron interceptarlo. Ver la costa española no significaba haber alcanzado la seguridad. El Glorioso tuvo que abrirse paso de nuevo. Lo consiguió y el 16 de agosto entró en Corcubión (La Coruña), donde desembarcó su carga.
Aquella llegada merece ocupar el centro de la historia. Los combates habían tenido una finalidad y se había alcanzado. La plata cruzó el océano y quedó fuera del alcance de sus perseguidores. Reducir la campaña a su desenlace posterior supone pasar por alto el servicio que el barco y su dotación acababan de prestar. El reconocimiento llegó entonces. Una comunicación de la Corona, conservada y estudiada por la historiografía naval, anunció a Mesía de la Cerda su ascenso a jefe de escuadra por la conducta mantenida en los combates y por el feliz arribo del navío. El mérito estaba reconocido antes de la última batalla.
Sin embargo, el Glorioso necesitaba reparaciones más importantes. Tras remediar provisionalmente sus daños, se hizo a la mar. Los vientos contrarios dificultaron el viaje hacia Ferrol y su comandante decidió dirigirse a Cádiz. La navegación de un buque de vela estaba sometida a esas limitaciones: el puerto deseado podía permanecer inaccesible mientras el viento obligaba a buscar otra derrota. Cerca del cabo de San Vicente reapareció el enemigo. Esta vez la persecución reunió sucesivamente más fuerzas. Entre los atacantes había fragatas corsarias británicas y navíos de guerra. Uno de estos, el Dartmouth, explotó durante el enfrentamiento. Después intervino el poderoso Russell, acompañado por otras unidades. El barco español seguía defendiéndose mientras sus averías reducían sus posibilidades de escapar.
A partir de ahí, cada daño tenía una consecuencia que agravaba los demás. Menos aparejo significaba menos velocidad; menos velocidad permitía aproximarse a los perseguidores; nuevos impactos reducían todavía más la capacidad de maniobra. La resistencia iba consumiendo los medios que la hacían posible. Hasta que se agotaron.
El 19 de octubre, con numerosas bajas, graves daños y sin capacidad para prolongar la defensa, Mesía de la Cerda rindió el navío. La captura fue real. También lo fueron los combates anteriores y la entrega del tesoro. Ninguno de esos hechos necesita ser ocultado para sostener el mérito de aquella campaña Aquí aparece una grandeza que merece ser comprendida. Un comandante responde de su misión y de sus hombres. Mientras conserva medios de defensa, le corresponde emplearlos; cuando han desaparecido, debe reconocerlo. Resultaría demasiado fácil exigir desde la comodidad de los siglos una muerte colectiva que ya no podía cambiar el resultado. La rendición puso fin al combate. La historia debe examinar el viaje entero.
El viaje muestra un navío que cruzó el Atlántico, rechazó a sus perseguidores y entregó cuanto debía proteger. Muestra también a una dotación capaz de sostener esa empresa y de volver a combatir después. El último acto fue la captura de un barco castigado; antes hubo navegación, pericia, resistencia y una misión cumplida. España tiene motivos para recordar al Glorioso con sereno orgullo. Sus hombres no necesitan discursos desmedidos: necesitan que conozcamos sus hechos. Enseñar esta historia sería una forma de devolverles su lugar y de comprender cuánto trabajo, conocimiento y sacrificio exigía mantener abiertas las rutas de una monarquía extendida por los océanos.
Los británicos se llevaron el navío. A Corcubión había llegado ya la razón de su viaje. Entre ambos hechos queda escrita una página española que merece salir del olvido: la de unos hombres que hicieron honor al nombre de su barco.
¡Gloria y Honor a nuestros héroes!