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LA ESPAÑA INCONTESTABLE

Cuadro: Vendome presenta sus estandartes a Felipe V en Villaviciosa el 10 dic 1710. Oleo sobre tela de Jean Alaux, Palacio de Versailles
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Cuadro: Vendome presenta sus estandartes a Felipe V en Villaviciosa el 10 dic 1710. Oleo sobre tela de Jean Alaux, Palacio de Versailles

BRIHUEGA: SALVAR LA CORONA

LA CRÍTICA 29 SEPTIEMBRE 2026

Por Íñigo Castellano Barón
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... Y sólo entonces empieza a entenderse lo ocurrido en aquellas cuarenta y ocho horas. Brihuega y Villaviciosa no acabaron inmediatamente con la Guerra de Sucesión. Barcelona resistiría todavía hasta 1714 y la diplomacia europea tendría mucho que decir en Utrecht. Pero la posibilidad práctica de desalojar a Felipe V del trono mediante una gran campaña en el centro de España había recibido un golpe decisivo. (...)

 

     Hace un frío que atraviesa la ropa y cala en los huesos. Llevamos demasiadas horas marchando y nadie recuerda cuándo dormimos por última vez. Los resoplidos de los caballos se convierten en pequeñas nubes blancas y algunos hombres caminan con la cabeza inclinada, como si sólo mirasen el siguiente paso porque pensar en todo el camino que queda sería insoportable. Delante de nosotros huyen los ingleses. Eso dicen. Nadie los ve todavía. Sabemos que Stanhope (James Stanhope, militar y político inglés) está en alguna parte de la Alcarria, separado del grueso del ejército aliado, y que si conseguimos alcanzarlo antes de que se reúna con Starhemberg (Guido von Starhemberg, mariscal de campo austríaco) tendremos una oportunidad. Una sola. El duque de Vendôme (Luis José de Borbón, mariscal de Francia) lo sabe y por eso no permite detenerse. Felipe V también marcha con nosotros. Es joven, tiene veintisiete años, ha perdido Madrid dos veces y lleva casi una década peleando para demostrar que el trono donde se sienta le pertenece. Hace apenas unos meses parecía derrotado. Ahora persigue a quienes iban a expulsarlo de España. Nadie pronuncia la palabra desesperación, pero todos sabemos reconocerla cuando cabalga a nuestro lado.

 

     La guerra comenzó diez años atrás con la muerte sin descendencia de Carlos II. Desde entonces, Europa ha convertido España en el tablero de una partida gigantesca. Francia sostiene a Felipe V de Borbón; Inglaterra, las Provincias Unidas, Austria y otros aliados respaldan al archiduque Carlos. Pero las palabras «Borbón» y «Austria» significan poco cuando uno tiene los pies helados y lleva un mosquete al hombro. Para nosotros la guerra es este camino, estos pueblos exhaustos, aledaños al Camino de Aragón: Yebes, Horche, Tendilla, los carros abandonados, las mulas muertas en las cunetas y las noticias que llegan siempre tarde. En verano de 1710 las noticias fueron terribles. Primero Almenara. Después Zaragoza. Las tropas de Felipe V fueron derrotadas y el archiduque avanzó hacia Madrid. El 21 de septiembre entró nuevamente en la capital. Por unos días pareció que todo estaba decidido. Felipe V tuvo que retirarse y quienes apoyaban al pretendiente austríaco pudieron creer que la Corona española estaba por fin al alcance de la mano. Pero Madrid resultó imposible de mantener. La población mostró escaso entusiasmo por los vencedores, el abastecimiento se volvió difícil y el ejército aliado comenzó a desgastarse. En noviembre abandonó la ciudad y emprendió la retirada hacia Cataluña. Fue entonces cuando Vendôme comprendió que la guerra acababa de ofrecerle una oportunidad extraordinaria.

 

     No vamos detrás de un ejército que avanza unido. Esa es nuestra esperanza. Las dificultades para encontrar víveres han obligado a los aliados a dividirse. Starhemberg lleva el cuerpo principal. James Stanhope marcha separado con varios miles de británicos y ha quedado rezagado. Vendôme decide perseguirlos con una velocidad que parece una locura. Marchamos de día y noche. Se atraviesan ríos, se improvisan pasos, los hombres comen mientras caminan y algunos se quedan dormidos apoyados contra sus caballos durante las breves detenciones. Hay oficiales que temen que lleguemos al enemigo demasiado agotados para combatir. Vendôme teme otra cosa: llegar tarde. La guerra entera parece haberse reducido a esa diferencia. Unas horas. Quizá media jornada. Stanhope cree que los nuestros están todavía lejos. Nosotros tampoco sabemos exactamente dónde está él. Y en medio de esa incertidumbre aparece por fin un nombre que corre de boca en boca a través de las columnas: Brihuega. Los ingleses están en Brihuega. Han parado. Están descansando. Y todavía no saben que estamos encima.

 

     Cuando vemos la villa, el cansancio desaparece de repente. Brihuega se levanta sobre el valle del Tajuña, encerrada tras sus defensas, con casas de piedra, conventos, calles estrechas y puertas que ahora pueden convertirse en fortalezas. Stanhope comprende demasiado tarde lo que está ocurriendo. Manda aviso a Starhemberg. Necesita que llegue. Nosotros necesitamos terminar antes. Ésa será la verdadera batalla contra el tiempo. Se despliega la artillería. Las tropas rodean la población. Los ingleses se preparan para resistir dentro. Ya no tienen campo abierto para maniobrar, pero las mismas paredes que los atrapan pueden protegerlos. La noche cae sobre Brihuega y nadie está seguro de lo que ocurrirá al amanecer. Miro las luces dispersas dentro de la villa e imagino a los hombres de Stanhope haciendo exactamente lo mismo que nosotros: contando cartuchos, buscando agua, atendiendo heridos, preguntándose cuánto tardará Starhemberg. A escasa distancia hay miles de hombres deseando matarse que probablemente comparten idéntico miedo. Eso es lo más extraño de una noche anterior a una batalla: el enemigo deja de ser una palabra. Sabes que está ahí, despierto, esperando.

 

     El 9 de diciembre comienza el asalto. La artillería golpea las defensas y el estruendo rebota contra las paredes de Brihuega. Se abren pasos. Entramos. Entonces todo se estrecha. Ya no existe un campo de batalla que pueda contemplarse desde una colina; existen puertas, ventanas, esquinas, muros, humo. Cada calle puede esconder una descarga. Los británicos combaten con una dureza desesperada. Disparan desde posiciones protegidas, rechazan ataques y cuando la pólvora empieza a faltar, siguen defendiendo sus puestos con la bayoneta. Nosotros avanzamos unos metros y retrocedemos. Volvemos a entrar. La lucha se fragmenta hasta parecer cien batallas distintas libradas simultáneamente dentro de la misma población. Nadie sabe qué ocurre tres calles más allá. Las órdenes llegan confundidas. Los gritos se mezclan con las campanas y con el ruido de la artillería. Hay casas ocupadas por un bando que minutos después pertenecen al otro. Los ingleses saben que cada hora que aguanten aumenta la posibilidad de salvación. Nosotros sabemos exactamente lo mismo. Y entonces la resistencia empieza a quebrarse: faltan municiones, aumentan los heridos, las posiciones dejan de comunicarse y aparece lentamente la certeza de que continuar no cambiará el resultado. Stanhope negocia. Cuando se confirma la capitulación, parece por unos instantes que  todo ha terminado. Los supervivientes británicos entregan las armas y el propio comandante queda prisionero. Hay hombres nuestros que se sientan contra las paredes, demasiado cansados incluso para celebrar. Algunos buscan comida. Otros buscan amigos. Yo sólo quiero dormir. Hemos marchado hasta casi rompernos, hemos encerrado a una fuerza británica y la hemos obligado a rendirse. El golpe es formidable. Después de meses de derrotas, Felipe vuelve a tener una victoria. Quizá incluso la guerra haya cambiado. Entonces vemos llegar a un jinete…

 

     La noticia corre primero entre los oficiales y después desciende hasta nosotros. Starhemberg viene hacia Brihuega. El ejército que debía salvar a Stanhope está cerca. Y de pronto comprendemos que la batalla que acaba de terminar era solamente la primera mitad de algo mucho más peligroso. No hay descanso. Los mismos hombres que hace unas horas combatían dentro de la villa reciben orden de prepararse otra vez. Vendôme mueve el ejército hacia Villaviciosa de Tajuña. Al día siguiente, 10 de diciembre, tendremos delante al grueso de las fuerzas aliadas. Nunca he visto un amanecer tan poco deseado. En el campo abierto vuelven las grandes formaciones: infantería en el centro, caballería en las alas, estandartes movidos por un viento helado. Allí está Starhemberg, un comandante experimentado, y delante de nosotros hombres que saben que la destrucción de Stanhope ha dejado su retirada hacia Cataluña en peligro. Aquí no habrá muros. Felipe V permanece con el ejército. Puede observar a los hombres que combaten por conservarle la Corona. Tal vez piense en Madrid, en la ciudad que abandonó mientras otro rey entraba en ella. Tal vez no piense en nada. Cuando empiezan a disparar los cañones ya no hay mucho espacio para las reflexiones. La caballería avanza. La tierra tiembla. Vemos cómo las líneas se acercan hasta que las primeras descargas hacen desaparecer a los hombres detrás de una nube de humo. Una formación avanza mientras otra retrocede; unidades que parecían vencidas vuelven a combatir; jinetes atraviesan espacios que minutos antes estaban ocupados por batallones completos. Villaviciosa de Tajuña no ofrece una victoria limpia. Durante horas nadie puede asegurar quién está ganando.

 

     Llega la tarde y seguimos combatiendo. Después, la oscuridad. Hay momentos en que la batalla parece nuestra y otros en que podría perderse. El propio Felipe se encuentra entre las tropas. La lucha continúa hasta que las fuerzas de Starhemberg comienzan finalmente a retirarse. No han sido aniquiladas; todavía conservan capacidad de combate. Pero ya no pueden recuperar a Stanhope, ya no pueden permanecer en Castilla y ya no pueden convertir la ocupación de Madrid en una victoria política. Se marchan hacia Cataluña. Nosotros quedamos sobre un campo cubierto de muertos, caballos y armas abandonadas. Y sólo entonces empieza a entenderse lo ocurrido en aquellas cuarenta y ocho horas. Brihuega y Villaviciosa no acabaron inmediatamente con la Guerra de Sucesión. Barcelona resistiría todavía hasta 1714 y la diplomacia europea tendría mucho que decir en Utrecht. Pero la posibilidad práctica de desalojar a Felipe V del trono mediante una gran campaña en el centro de España había recibido un golpe decisivo.

 

     Esa noche nadie conoce Utrecht. Nadie sabe que dentro de pocos meses la muerte del emperador José I convertirá al archiduque Carlos en emperador y alterará otra vez los intereses de Europa. Nadie sabe que llegará un día en que los diplomáticos repartirán territorios alrededor de mesas cubiertas de documentos mientras los soldados que hoy han sobrevivido intentan regresar a sus casas. Nosotros sólo sabemos que hace dos días perseguíamos a un enemigo que creíamos demasiado lejos, ayer luchábamos entre las calles de Brihuega y hoy hemos vuelto a combatir desde la mañana hasta la noche. Felipe todavía es rey. Eso basta. Algunos dicen que la Corona se ha salvado. Yo miro alrededor y no veo coronas. Veo hombres dormidos sobre la tierra helada, fusiles abandonados junto a ellos, fogatas que empiezan a apagarse y sombras que se mueven entre los heridos. Me aparto unos pasos. Desde allí apenas se distingue Brihuega en la oscuridad. Hace sólo unas horas los ingleses esperaban detrás de aquellos muros la llegada de un ejército que debía rescatarlos. Ese ejército llegó. Llegó demasiado tarde.

 

     El viento vuelve a soplar sobre el campo. Alguien pregunta si mañana tendremos que perseguir otra vez a Starhemberg. Nadie responde. Entonces, desde algún lugar de la noche, llega el sonido de un caballo al galope. Uno solo. Se aproxima. Los hombres que todavía permanecen despiertos levantan la cabeza. El jinete atraviesa las primeras posiciones, busca a los oficiales y grita que trae noticias. Y por un instante, mientras todos esperamos saber qué ocurre ahora, comprendo algo que sólo se aprende después de sobrevivir a una batalla: un reino puede salvarse en un día. Pero nadie sabe nunca, hasta que amanece, si tendrá que volver a salvarlo al siguiente. De momento, Brihuega, salva la Corona.

 

Íñigo Castellano Barón

Escritor, historiador y articulista..

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