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LA ESPAÑA INCONTESTABLE

Yo, Gonzalo de Cordova

'El Gran Capitán, recorriendo el campo de la batalla de Ceriñola', de Federico de Madrazo y Kuntz. © Museo Nacional del Prado, Madrid.
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"El Gran Capitán, recorriendo el campo de la batalla de Ceriñola", de Federico de Madrazo y Kuntz. © Museo Nacional del Prado, Madrid.

LA CRÍTICA, 26 JUNIO 2022

Por Íñigo Castellano Barón
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Próximo a rendir cuentas ante mi único Señor, repaso lo que estas fiebres cuartarías me permiten recordar desde mi niñez, cuando mi padre don Pedro, V señor de Aguilar, y mi hermano mayor, Alonso me instaban persistentemente que montara en el caballo que me tenían reservado y sobre cuya montura mis piernas cortas no podían abrazar o ajustarse pues tan solo tenía siete años de edad y mi compostura como jinete estaba muy alejada de la de un caballero. (...)

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El agobio al verme como un muñeco de trapo procurando no caerme era grande para mi madre doña Elvira, prima hermana de doña Juana, madre de don Fernando El Católico. Así que de esta guisa pasé parte de mi infancia, intentando mantener un equilibrio inestable sobre mi montura como también sucedería en otros distintos campos a lo largo de toda mi vida sirviendo a mis soberanos doña Ysabel y don Fernando. Al fin! me consideré un buen jinete y ello me daría muchos parabienes durante mis campañas militares.

Como segundón de mi familia, estaba destinado a servir en la milicia y con suerte, entrar al servicio de sus Altezas Reales, los reyes Católicos. Mi padre nunca fue cortesano y se mantuvo en su señorío sin entrar en las vicisitudes e intrigas de la corte itinerante de nuestros reyes. Por aquel entonces, difunto mi padre, un lejano pariente me llevó a Córdoba para recibir educación y prepararme para poder servir en la corte. Primero con el infante don Alfonso acompañándole en las campañas provocadas por la guerra de Sucesión tras la muerte de Enrique IV de Trastamara. Recuerdo, como caballero de Santiago, que fue en Albuhera cerca de Mérida mi «bautismo de sangre» al mando de 120 caballeros cuando me estrené y medí mi hierro desnudo frente al enemigo. Granada fue el objetivo de los soberanos, por ser la última Taifa que quedaba en el territorio peninsular en manos de la dinastía berebere nazarí. Se formó un ejército donde tuve ocasión de entender y criticar algunas de las operaciones que se hacían sin el orden y la disciplina que se requería. Había leído la «Guerra de las Galias» de Julio César y otros tratados del arte de la guerra, y comprendí la necesidad de cambiar algunas tácticas de nuestros infantes, así como también su organización. Don Fernando me mandó dirigir las negociaciones de rendición ante Boabdil al que hice prisionero en Loja, quien desde antes de quedar su padre apartado del trono, estaba dispuesto a capitular bajo determinadas condiciones. Ese fue mi cometido, y puedo recordar cuantas veces, que fueron numerosas, visité el precioso palacio de la Alhambra donde era recibido por Boabdil con verdadero respeto y exquisitez, al punto que forjamos una amistad que perduró en nuestras vidas y de la que podría dar muchos testimonios.

En medio de la nada y próxima a la ciudad de Granada donde tras destronar a su padre Muley Hacén, reinaba Boabdil, llamado el rey chico, se estableció la corte en el lugar que fue denominado Santa Fé. Mi relación con el rey se extendió por añadidura con Doña Ysabel de Castilla quien depositó en mí una confianza inmerecida. En los sitios de Huetor-Tajar concebí una máquina de asedio que dio buenos resultados y me felicitaron por ello. Asalté las murallas de Illora y Montefrío obteniendo mis tropas el laurel de la victoria.

Debo por justicia recordar a mi segunda y amada esposa María Manrique, que con toda generosidad proveyó de cuantos enseres necesitó la reina tras un incendio declarado en Santa Fé, donde perdió parte importante de su ajuar. De María tuve dos hijas: Beatriz y Elvira, pero Dios quiso que la primera me adelantara en su camino hacia Él. Nunca imaginaría que su segunda hija y sucesora casaría con uno de sus primos y más poderoso señor, el IV conde de Cabra con cuyo padre nuestras familias tuvieron sus diferencias.

Volviendo al asunto de Granada, recuerdo muy bien las continuas escaramuzas llevadas a cabo para poner sitio a la ciudad. Escaramuzas donde la suerte y sin pretensión, mis habilidades, fruto de continuos entrenamientos me forjaron en el arte de la guerra. Entretanto las negociaciones que manteníamos seguían su curso. Nunca quise humillar a mi enemigo, sino al contrario venerarle con el respeto que merecía, y eso ayudó mucho en nuestras conversaciones. El año de 1492 España tuvo ocasión de celebrar con alborozo no solo su unidad territorial sino además añadir un Nuevo Mundo descubierto por el almirante Cristóbal Colón. Castilla añadió inmensos territorios y riquezas todavía por conocer. Iniciado aquel mismo año Granada se había rendido y sus llaves entregadas al maestresala de doña Ysabel, don Gutiérre de Cárdenas, señor de Maqueda, quien las ofreció a mis soberanos. Con cierta pena vi caravanas de gentes marchar en dirección a las Alpujarras y abandonar la ciudad conquistada, gracias a personas como el conde de Tendilla, uno de los grandes protagonistas de la toma de la ciudad nazarí y de quien guardo un grato recuerdo. Son infinitas las historias que viví y podría relatar, pero el tiempo se me acaba y lo necesito para ocuparme de las campañas en Italia. Debo decir previamente que la organización de un nuevo ejército, su armamento con largas picas, y otra serie de disposiciones que impuse cuando don Fernando me mandó a Italia, fue la base de nuestro éxito y de conseguir el reino de Nápoles para mi soberano y señor a quien siempre he rendido cuentas, e incluso con mi propia hacienda pagué pues así me lo dictó mi conciencia y honor, el botín que mi soldadesca obtuvo cuando conquisté el monasterio de Montecasino para devolvérselo íntegro a la comunidad que estaba desolada.

Francia siempre fue nuestro natural enemigo, aunque haciendo un inciso debo decir que tuve el privilegio de comer con el rey de Francia posteriormente a mis campañas en Italia al considerar éste que, «quien como reyes conquista reinos, también come en la mesa de éstos», pese a los recelos que este hecho provocó al rey mi señor don Fernando. Retomando mis recuerdos, el rey franco Carlos VIII decidió invadir Italia, en donde en Nápoles, un gran reino colindante con los poderosos Estados Pontificios, reinaba Fernando II. Asediada la ciudad, Fernando II huyó a Ischia, donde formó una liga italiana contra el rey francés. A su salida de la capital napolitana (1496), Fernando II lo venció con la ayuda de las tropas españolas que dirigí en su socorro. Recuerdo que desembarqué en Messina al sur de Calabria con una coalición de fuerzas de distintos ducados y principados italianos a la que se llamó la Liga Santa. Al poco, el rey Fernando me vino a recibir y a unirse con sus tropas donde la ciudad de Reggio nos sirvió de refugio para las operaciones. La campaña militar tuvo éxito hasta llegar a Seminara en donde tras distintos avatares, fuimos derrotados por los franceses. Pensé que no debía haber tregua tras una derrota sino al contrario, y arengando a mis tropas conquisté las dos Calabrias. La Calabria norte mantuvo una valiente y pertinaz resistencia. Muerto el rey de Nápoles, su hijo Federico I le sucedió y solicitó mi ayuda para vencer la fuerte oposición francesa cosa que, tras ajustes de mis ejércitos, emprendí la campaña obligando a retirarse a los franceses. Fue entonces, tras nuestro gran éxito en Atella, cuando comenzaron a denominarme El Gran Capitán. Una misión fue especialmente relevante en mi vida militar al solicitarme el papa Alejandro VI mi ayuda para rechazar el hostigamiento de un corsario sobre sus estados que tenía sitiado el puerto de Hostia que abastecía a Roma. En pocos días tomé Hostia e hice prisionero al corsario. En agradecimiento a ello el papa me concedió la preciada Rosa de Oro y el Estoque Bendito. Hubo alguna tensión fuerte entre Su Santidad y yo mismo tras tener que recordarle algunas conductas impropias de su personalidad y representación como vicario de Cristo a lo que recuerdo que el papa me miró y no se atrevió a objetar cosa alguna. Por aquella ocasión, Federico I me concedió los ducados de Terranova y de Sant´Angelo. Sobre este particular y según me dicen, soy la única persona que a lo largo de mis sesenta y dos años, he recibido cinco ducados, pues añadí el de Sessa, Montalto y Andría además de varios principados y otras dignidades.

Tras pasar y disfrutar con mi familia en Granada un tiempo, en el año de 1500 regresé a Italia para ocupar según el tratado convenido en Granada, Apulia y Calabria para mi rey don Fernando de Aragón, pues se había acordado con el rey franco, Luis XII, el reparto del reino de Nápoles y el derrocamiento de su rey Federico I. Tras mi desembarco, había reorganizado mis fuerzas poniendo arcabuceros en vez de ballesteros, reduje la caballería ligera para incrementar la infantería bajo el mando de coronelías. No olvidé algunas unidades de caballería pesada que me serían muy útiles en determinadas campañas y fortalecí y entrené la artillería profesional (que daría lugar a los Tercios). Tácticamente, evité en lo posible batallas campales y retomé la guerra irregular, de desgaste y hostigamiento del enemigo que había hecho en el sitio de Granada.

La alianza con Francia duró poco y las hostilidades se rompieron de nuevo siendo la batalla en Garellano la que certificara nuestra victoria contra los franceses quedando el reino de Nápoles en manos de mi soberano. Cefalonia en la guerra turco-veneciana, el asedio de Tarento, Ceriñola y otras como Gaeta y Salerno donde los franceses se habían fortificado, se desdibujan en mi mente cansada por mi edad y por estos últimos momentos que me impiden recordar otras sonoras batallas y cuantos pueblos y ciudades obtuve siempre para beneficio de mis reyes a los que por lealtad y vasallaje ofrecí mi vida e incluso en ocasiones mi hacienda. En nombre de don Fernando de Aragón goberné Nápoles unos años, hasta que fue reclamada mi presencia en España. Sobre este tema, nunca supe con claridad que motivó tal decisión pero sé que intrigas y ambiciones cortesanas influyeron en la decisión que me llevaron a regresar a la localidad de Loja. Sintiéndome en el umbral de la muerte me trasladé Granada desde donde voy a partir para rendir de nuevo cuentas, pero en esta ocasión al Sumo Hacedor a quien me debo desde que nací. Quiero no olvidar a cuantos fielmente me sirvieron, tanto amigos! especialmente en estos mis últimos momentos, recuerdo a don Diego García de Paredes, el fornido y valiente hidalgo extremeño a cuya valor tanto debo, como a mis enemigos, el duque de Nemours, muerto en Ceriñola, ante cuyo cadáver velé tras buscarle y encontrarle tendido en el campo de batalla, admirado tanto de su valentía y arrojo como de su caballerosidad y a quien rendí honores en la Iglesia de San Francisco de Barletta.

Hoy, hago testamento y pido ser enterrado en el convento de los Jerónimos de Granada, junto a mi esposa María Manrique, y dedico un especial recuerdo a mi primera esposa y prima, Ysabel Sotomayor quien tan joven quiso Dios llevársela.

Yo, Gonzalo Fernández de Córdoba, duque de Sessa

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