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A comienzos del siglo XVI, la presencia española en América no era todavía una estructura asentada, sino una suma de intentos. Las expediciones nacían de acuerdos frágiles, sostenidas por capitales inciertos y por la expectativa de obtener reconocimiento.la fama no era una categoría moral ni un simple eco social: era una forma de legitimidad. En un mundo en expansión donde la distancia diluía las jerarquías tradicionales, la fama se convertía en prueba, en aval y en moneda. A través de ella, hombres sin linaje podían aspirar a una transformación radical de su condición. En ese marco mental debe situarse el episodio de los llamados Trece de la Fama, cuya trascendencia desborda el momento concreto en que tuvo lugar para insertarse en una lógica más amplia: la de la persistencia como fundamento del poder en la empresa americana.
La escena es conocida pero rara vez se entiende en su verdadera dimensión. No se trata de una estampa aislada de heroísmo sino de un punto crítico dentro de un proceso prolongado de desgaste. Desde 1524, Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Hernando de Luque habían articulado una empresa incierta hacia el sur del Darién. Aquella sociedad, sostenida por recursos limitados y expectativas imprecisas, avanzó durante años sin encontrar aún el objeto que justificara su persistencia.
El modelo de estas primeras expediciones no era el de una conquista planificada sino el de una exploración continua sometida a la contingencia. La costa del Pacífico centroamericano ofrecía más obstáculos que promesas: selvas cerradas, enfermedades desconocidas, poblaciones hostiles y una logística siempre insuficiente. El episodio de Pueblo Quemado, donde Almagro perdió un ojo, resume bien la fragilidad de aquella empresa. No había aún imperio que conquistar, solo la intuición de su existencia.
Para 1527, esa intuición comenzaba a agotarse. La hueste se encontraba en la Isla del Gallo, en la costa del actual Panamá, reducida, enferma y profundamente desmoralizada. La distancia respecto a Panamá no era solo geográfica: era psicológica. Aquellos hombres estaban suspendidos en un espacio intermedio, sin certeza de regreso ni garantía de éxito. En ese estado límite, algunos decidieron romper la disciplina y enviar mensajes al gobernador Pedro de los Ríos solicitando auxilio. La respuesta fue contundente. El capitán Juan Tafur llegó con órdenes claras: evacuar a todos. La empresa desde el punto de vista institucional estaba terminada. Y es precisamente en ese instante cuando se produce el gesto que la tradición ha fijado como fundacional. Pizarro trazó una línea en la arena y planteó una elección binaria: «Por este lado se va a Panamá a ser pobres; por este otro, al Perú a ser ricos. Escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere».
Más allá de la literalidad del episodio —que la historiografía discute en sus detalles— lo relevante es su significado. No se trataba solo de elegir entre dos destinos geográficos, sino entre dos formas de entender la empresa. Regresar suponía reintegrarse en el orden conocido; avanzar implicaba asumir una incertidumbre absoluta. Fueron pocos los que optaron por lo segundo. La cifra de trece, fijada por la tradición, sintetiza más que describe. Aquellos hombres no representaban una élite homogénea, sino un conjunto diverso de orígenes y trayectorias, unidos únicamente por la decisión de permanecer.
Sin embargo, la secuencia real de los hechos introduce matices importantes. No permanecieron indefinidamente en la Isla del Gallo. La presión del capitán Tafur obligó a evacuar el lugar, y los que decidieron continuar fueron trasladados a la Isla Gorgona, donde resistieron durante meses en condiciones extremas. La Gorgona no fue un escenario heroico en el sentido clásico, sino un espacio de espera, de desgaste y de incertidumbre prolongada. La llegada del piloto Bartolomé Ruiz con refuerzos permitió reactivar la expedición. A partir de ese momento, la empresa adquirió una dirección más definida. El contacto con Túmbez ofreció por primera vez pruebas tangibles de la existencia de un sistema político complejo en el sur. Ya no se trataba de una intuición, sino de una certeza.
La Capitulación de Toledo de 1529 institucionalizó esa certeza. Pizarro fue reconocido como gobernador, y la empresa dejó de ser una iniciativa precaria para convertirse en una estructura respaldada por la Corona. El episodio de los Trece quedó así integrado en una narrativa de legitimación: la perseverancia como mérito recompensado. Pero la consolidación del Perú no supuso estabilidad. Al contrario, abrió un espacio de conflicto interno. La rivalidad entre Pizarro y Almagro no fue una desviación, sino una consecuencia lógica de la acumulación de poder en un espacio mal delimitado. La división en Nueva Castilla y Nueva Toledo pretendía resolver esa tensión, pero en realidad la desplazó. El contacto con el mundo andino abrió una vía inesperada. La captura de Atahualpa en 1532 y la toma del Cuzco al año siguiente transformaron una tentativa incierta en un dominio efectivo.
El Cuzco, situado en una zona ambigua, se convirtió en el punto de fricción. En ese contexto, Almagro orientó su mirada hacia el sur. No lo hizo como prolongación directa de la empresa inicial, sino como salida estratégica ante un equilibrio inestable. La expedición a Chile iniciada en 1535 fue en ese sentido, una empresa distinta. No partía de la incertidumbre absoluta de 1524, sino de una estructura ya consolidada que buscaba expandirse. Sin embargo, el resultado fue profundamente diferente.
El cruce de los Andes transformó la expedición en una experiencia límite. Las condiciones extremas del altiplano y de los pasos cordilleranos provocaron una mortandad masiva entre los auxiliares indígenas y un desgaste severo entre los españoles. La llegada al valle de Copiapó en 1536 no ofreció la recompensa esperada. No había imperio que sustituir, ni centros de poder que absorber. Solo un territorio fragmentado, sin una estructura comparable al mundo andino. El regreso por el desierto de Atacama reforzó esa percepción. Chile quedó asociado durante años a la idea de fracaso. Es precisamente en ese contexto donde debe situarse la decisión de Pedro de Valdivia. Su proyecto no fue el de repetir la expedición de Almagro sino el de transformarla. Donde Almagro había buscado riqueza, Valdivia buscó permanencia. Donde hubo incursión, planteó fundación.
Partió en 1540 con una hueste reducida, consciente de las limitaciones del territorio. La travesía del desierto de Atacama, organizada con mayor racionalidad logística, permitió alcanzar el valle del Mapocho en condiciones menos extremas que las de la expedición anterior. La fundación de Santiago en 1541 marcó el inicio de una estructura distinta. No era un enclave de paso, sino un núcleo de asentamiento. Sin embargo su fragilidad era evidente. El ataque de Michimalonco ese mismo año mostró que la estabilidad no dependía solo de la organización interna sino de la capacidad de adaptación a un entorno hostil. Durante la década siguiente, la expansión hacia el sur fue lenta y conflictiva. La resistencia mapuche, inicialmente dispersa, comenzó a articularse de forma más coherente. En ese proceso emergió la figura de Lautaro que pasaría a la historia de la nación chilena como símbolo de inteligencia militar y orgullo identitario, y cuya experiencia previa junto a los españoles le permitió comprender sus puntos fuertes y sus limitaciones. La batalla de Tucapel en 1553 no fue solo una derrota militar. Fue una ruptura de la lógica inicial de la conquista. Por primera vez un liderazgo indígena aplicaba de forma sistemática tácticas capaces de neutralizar la superioridad tecnológica española. La muerte de Valdivia simbolizó ese cambio.
En medio de ese escenario de crisis, la memoria de la empresa inicial adquirió un nuevo significado. El episodio de Juan Gómez de Almagro y sus hombres, reinterpretado posteriormente como los «Catorce de la Fama», no reproduce el modelo de la Isla del Gallo pero sí refleja su huella cultural. La idea de que la empresa se sostiene en la decisión de unos pocos persistía como referencia.
La relación entre ambos momentos —1527 y 1553— no es lineal, pero tampoco inexistente. Chile sin embargo no puede entenderse como una prolongación del Perú. Su desarrollo responde a una lógica distinta: la de una frontera permanente, donde la guerra no es un episodio, sino una condición estructural. La Nueva Extremadura no se construyó sobre la absorción de un imperio sino sobre la negociación continua con un territorio y una resistencia que nunca desapareció. Y sin embargo en ese espacio distinto, el eco de aquella línea trazada en la arena siguió presente como modelo de comportamiento. La decisión de permanecer incluso cuando la empresa parece agotada fue el hilo invisible que unió ambos procesos.
La historia de los Trece de la Fama no explica por sí sola la conquista de Chile. Pero sí permite comprender una de sus claves más profundas: que en los márgenes del Imperio, la permanencia —más que la victoria— fue el verdadero origen de la historia. En los márgenes del Imperio, donde la victoria era incierta y la riqueza no estaba asegurada, lo decisivo no fue conquistar, sino quedarse. Y esa fue en última instancia la verdadera herencia de aquellos hombres que un día, frente al mar, decidieron cruzar una línea.
Íñigo Castellano Barón
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