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La Patagonia. Crónica de un viaje

Unos seres increibles

Unos seres increibles
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21/11/2016

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A las doce de la mañana subimos a un barco acompañados de otros turistas. No hay demasiada aglomeración. Es la única manera de poder ver las ballenas en temporada tan avanzada. ¿Qué remedio?... No es de mi agrado, tengo que reconocerlo. No me gusta molestar.

Siempre he pensado que Chatwin se equivocó cuando decidió no viajar a la Península Valdés. Tengo por seguro que la maestría de su escritura al describir este lugar hubiera sido un referente para la posteridad.

Otra vez en coche, otra vez en ruta. Hemos tenido que madrugar para llegar a Puerto Madryn con pleamar. Las ballenas se acercan a las orillas con más alta concentración de sal para buscar la flotabilidad de sus retoños escasos aun de la suficiente grasa que se la proporciona. Opino que esta es la mejor opción para observarlas: en su medio natural, desde tierra y sin los molestos barcos.

Después de desayunar abandonamos Comodoro Rivadavia. La carretera se encuentra en penosas condiciones. Tres horas después llegamos a la playa El Doradillo. Nos tomamos una hora de espera. No hay presencia de ballenas. El motivo puede ser el viento que arrecia desde el Sur.

Decidimos adentrarnos en la Península Valdés. Tras pasar por el Centro de Información del Parque, fuimos dirección Puerto Pirámides, único lugar en la península para alojarse. Nos instalamos en una pequeña cabaña detrás de una escuela de buceo. Para lo alejado del lugar y según es Argentina lo consideramos un buen precio.

Durante toda la tarde recorremos la Península por caminos de ripio. En Punta Norte vemos lobos y elefantes marinos. Es su lugar de reproducción y en el mes de abril manadas de orcas devoran sus crías lanzándose como kamikazes sobre la playa. Tenemos la suerte de ver tres orcas en el horizonte. Es algo inhabitual para esta época del año.

En la punta Este habitan parejas de pingüinos. Siempre vuelven al mismo lugar a reproducirse y permanecen juntos toda su vida, a no ser que algún depredador acabe con uno de ellos.

En Punta Pirámides surgen de repente, a lo lejos, los primeros chorros de agua. Varias ballenas francas australes disfrutan de los últimos rayos de sol de la tarde. Un atardecer bello y frio.

Esa noche José decide acostarse pronto. Paseo hasta la orilla del mar en medio de ráfagas de viento helado procedente de Sur antártico. En el camino de ida había visto un pequeño bar abierto. A la vuelta entré y pedí una cerveza. Sobre las paredes había varias fotos de gauchos a caballo. Dos jóvenes calzados con boinas gauchas tomaban tragos al final de la barra. En una esquina un hombre estaba sentado con un vaso en la mano. Detrás de la barra una mujer atendía a los clientes. Otros dos hombres estaban a su lado. Poco a poco fuimos entramos en conversación. Una mujer llego posteriormente. Marcela -ese es su nombre- nos habló de su infancia, sus estudios en Sarmiento, las nevadas del invierno en la Patagonia casi inexistentes actualmente.

Pocho, uno de los hombres qua acompañaba a Norma- la dueña del local- reivindicaba con orgullo su sangre Mapuche. Tenía una copa de más pero era muy agradable. Parte de la conversación versó sobre el recién elegido presidente de EEUU. La opinión era unánime y nada favorable al recién elegido.

Fue una noche de lo más entretenida y tengo mucho que agradecerle a esta personas. Su atención a mis palabras, e inclusive a mis sentimientos me sorprendió. Los mejores argentinos que me he encontrado, aparte de El Vasco de Rio Chico.

Me despedí con un abrazo. El bar se llama El Abuelo.

No he dormido bien esta noche. Arrastro un catarro desde el primer que llegue a Argentina. Los cambios constantes de clima y situación geográfica no han beneficiado para nada a su cura. Hay que aguantar el tipo, esto es lo que tiene viajar de esta manera.

A las doce de la mañana subimos a un barco acompañados de otros turistas. No hay demasiada aglomeración. Es la única manera de poder ver las ballenas en temporada tan avanzada. ¿Qué remedio?... No es de mi agrado, tengo que reconocerlo. No me gusta molestar.

Media hora después una cría golpea con su cola el lado de estribor del barco. ¿Era un saludo o un toque de atención a la intromisión de los humanos? (…) Sensación indescriptible tener tantas toneladas de vida casi al alcance de la mano.

Las escenas se suceden en silencio. Se notaba que todos sentíamos admiración por estos animales.

Son las cuatro de la tarde. Próximo destino: Carmen de Patagones, la ciudad de los Maragatinos.

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