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EUROPA COMO PROBLEMA

Por Manuel Pastor Martínez
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Durante un largo siglo hemos creído con Ortega que España era el problema y Europa la solución. Después del “Brexit” personalmente pienso más bien, como Unamuno, que en cierto modo hay que “españolizar” un poco a Europa.

Igual que los británicos, que acaban de decidir que hay que “britanizar” a la Unión Europea.

Me explico. En la primera mitad del siglo XX, entre otros, dos famosos políticos propusieron, desde posiciones ideológicas opuestas, la idea de los Estados Unidos de Europa. Uno fue Trotsky (hace ya un siglo, en torno a 1916) y el otro Churchill (en 1946). El primero pensaba, lógicamente, en un federalismo soviético con un super-Estado supranacional; el segundo más bien en una confederación económica, de las naciones soberanas y sociedades civiles con sus mercados en libre competencia (los Estados Unidos de América, antes de la integración federal, fueron una confederación de colonias británicas, después Estados, que con la Independencia en 1776 se proclamaron precisamente así: “Estados Unidos de América”, aunque tenían una común cultura política que facilitó la unión federal a partir de 1787). Nadie mínimamente familiarizado con el pensamiento liberal-conservador de Churchill, buen conocedor (siendo además hijo de una estadounidense) de la historia y la tradición de las libertades anglo-norteamericanas, inferiría que su idea de Europa era la de un federalismo centralizador, burocrático y estatista, de naciones con diferentes tradiciones históricas y culturas diversas.

Tampoco fue la idea de Margaret Thatcher ni es hoy la de los partidarios del “Brexit”. Boris Johnson y Nigel Farage representan un “populismo” completamente opuesto al de Podemos en España (éstos quieren, como García Margallo, “más Europa”; aquéllos menos). El caso del Frente Nacional en Francia es distinto: son anti-europeístas pero, a diferencia de los británicos, muy estatistas y anti-liberales, como Podemos.

El modelo de la UE, siguiendo el “método Monnet” (integración gradualista económica conducente a la unificación política), se ha convertido en un super-Estado centralizado y burocrático. Algunos se refieren con ironía un poco exageradamente a la “Unión Soviética Europea”, con un soviet de las Nacionalidades (el Parlamento europeo) y un soviet de la Unión (el Consejo europeo), etc. En realidad, en vez de un “federalismo” soviético, se pretende construir una suerte de “federalismo” democristiano/socialista. Los padres fundadores democristianos históricos de la Comunidad Europea, Monnet, Schuman, De Gasperi, Adenauer… (aunque también hubo socialistas como Spaak e incluso comunistas como Spinelli) han dado paso, como previeron F. Hayek y otros intelectuales liberales de la Sociedad Mount Pelerin, al cuasi-socialismo de la “Justicia Social”, y antiguos políticos democristianos con el tiempo se mutaron en socialistas (por ejemplo, en años pasados, los españoles Felipe González, Gregorio Peces-Barba o José Bono, y más recientemente los italianos Romano Prodi y Matteo Renzi).

Desde la misma fundación de la UE, he sospechado de las tendencias partitocráticas y elitistas en la instituciones europeas, pero mis dudas tuvieron un momento simbólico de inflexión y se acentuaron cuando hace cuatro o cinco años, en plena crisis económica, un colega mío en el Departamento de Ciencia Política de la UCM y eurodiputado socialista, Enrique Guerrero Salom, con motivo del recorte salarial a los funcionarios españoles, se ufanaba que tal problema no le afectaba a él en su cargo público del Parlamento europeo.

Un problema de ciertos liberales españoles con pasado izquierdista (caso de un Francesc de Carreras o de un Federico Jiménez Losantos, aunque diferentes entre sí) es su lastre afrancesado y jacobino, inconscientemente estatista, que les impide comprender el liberalismo anglo-americano, y en particular la cultura democrática estadounidense. Por ello no entienden el éxito “populista” democrático y profundamente liberal –en la tradición de Ronald Reagan y de Margaret Thatcher- de Donald Trump y de Boris Johnson (éste aparentemente un clon despeinado del americano).

El anti-americanismo y la incapacidad de comprender fenómenos como el Tea Party y Trump por los intelectuales progresistas (tipo Antonio Elorza y otros escribas de El País) resulta aún más patética, aunque el papanatismo y fascinación obamita (mutación socialdemócrata del viejo partido demócrata con el presidente Obama, Hillary Clinton, y últimamente Bernie Sanders) ha contagiado a todo el espectro político español y europeo.

Un filósofo demócrata y cristiano genuino, Julián Marías, admitía que mucho europeísmo era un disfraz del anti-americanismo. Es también una de las tesis del, a mi juicio, mejor libro reciente sobre la UE, el de Todd Huizinga, cuyo título lo dice todo: The New Totalitarian Temptation: Global Government and the Crisis of Democracy in Europe (Encounter Books, New York, 2016), que ha sido objeto de una excelente recensión por John Fonte (“The EU´s Soft Utopia”, National Review, May 9, 2016).

La ideología de la “global-governance” y una cultura “post-Christian” son, según Huizinga, las dos grandes diferencias que separan a la UE de los Estados Unidos. Al mismo tiempo, lo que denomina el “trickle-down postmodernism” europeo, y concretamente la “Willkommenskultur” promovida por la canciller Merkel ante la marabunta de refugiados, hace a la UE totalmente incapacitada, física y culturalmente, para enfrentarse a las amenazas de los radicalismos islamistas, sean o no terroristas.

Manuel Pastor Martínez

Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid

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