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Educación y convivencia

Educación y convivencia
Por Fernando Álvarez Balbuena
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“En unas elecciones, el único que no se equivoca es el pueblo”, es una falsedad de enorme calibre que, por desgracia, goza de una credibilidad inmerecida, típica de aquellos que no piensan por cuenta propia, sino que se dejan dirigir por los listos de turno.

La modificación del Código Civil, prohibiendo a los padres corregir con energía, aunque sea moderadamente, a sus hijos, ha hecho que las costumbres se vuelvan del revés, situación que lamentablemente provoca las diarias noticias de menores que agraden a sus padres.

También frecuentemente, leemos en los periódicos episodios lamentables de burlas a los magistrados por parte de delincuentes convictos y confesos, sin que las autoridades competentes castiguen de manera ejemplar dichos comportamientos, y muchas más de semejante tenor, que revelan el profundo abismo en que va sumiéndose la sociedad, sobre todo en lo que a formas, educación y convivencia se refiere. Todo ello da pié a traer a colación una reflexión seria, planteada hace ya casi dos mil quinientos años por el filósofo griego Platón.

Es bien cierto, y así se ha manifestado muchas veces que, después de los clásicos, todo cuanto se ha escrito, dicho y creado por la humanidad o es imitación o es plagio. Por ello no me detendré en hacer mis propias reflexiones, sino que transcribiré un texto de Platón que parece haber sido escrito uno de estos días. Al hacerlo tengo la vaga e incierta esperanza de que nuestros gobernantes sientan la necesidad de leer a los clásicos para que, antes de pretender enseñar al pueblo la educación para la ciudadanía, la aprendan de verdad de manos de los sabios que tienen su sabiduría más que probada.

Así pues, tomo las palabras de Platón quien en su obra La República dice:

“Cuando un pueblo, devorado por la sed de la libertad, se encuentra con que tiene a mano a los escanciadores que le sirven cuanta quiere, hasta emborracharle, sucede entonces que, si los gobernantes se resisten a las peticiones de los cada vez más exigentes súbditos, son declarados tiranos. Y sucede también que quien se muestra disciplinado en la relación con los superiores es considerado como un hombre sin carácter, como un esclavo. Sucede igualmente que el padre amedrentado acaba por tratar al hijo como a un igual, y deja de ser respetado, que el maestro no osa reprender a los alumnos, los cuales acaban por burlarse de él, que los más jóvenes pretenden los mismos derechos y la misma consideración que los mayores y que estos, por no parecer demasiado severos, dan la razón a los jóvenes.

En éste clima de libertad y en nombre de la misma, ya no hay respeto ni consideración para nadie...

En medio de tanta permisividad y de tanto libertinaje nace y se desarrolla una mala planta: la tiranía”

Y la tiranía no viene siempre de la mano de un dictador militar, quien tras un movimiento subversivo se alza con el poder. No, la tiranía también puede venir –como, en la Alemania de Hitler- de unas elecciones democráticas, mediante las cuales partidos totalitarios, populistas, utópicos o simplemente malvados, imponen a los pueblos un régimen insoportable que acaba hundiéndolos en el dolor, la desesperación y la miseria.

Y ese slogan, millones de veces repetido por la incultura tanto de los políticos, como de muchos ciudadanos, que dice: “En unas elecciones, el único que no se equivoca es el pueblo”, es una falsedad de enorme calibre que, por desgracia, goza de una credibilidad inmerecida, típica de aquellos que no piensan por cuenta propia, sino que se dejan dirigir por los listos de turno.

Quien quiera y pueda entender, que entienda.

Fernando Álvarez Balbuena

Historiador. Doctor en Ciencias Políticas y Sociología

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