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Masoquismo nacional: el caso Paul Preston

Paul Preston
Paul Preston
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En cualquier nación normalmente constituida, con un mínimo de orgullo patriótico o de autoestima, el señor Paul Preston sería cuando menos declarado persona non grata...

El estado actual de la cultura española en general y de nuestra historiografía en particular es un curioso fenómeno, digno de estudio. Uno de los “misterios” más insondables es, en mi opinión, la fascinación que ejerce, en ciertos sectores de la historiografía española, la figura y la obra de Paul Preston. Y es que, como señaló hace tiempo el profesor Gustavo Bueno, cada grupo social “elige” a sus sabios y a sus héroes; pero al “elegirlos” se define a sí mismo, tanto o más que a la persona escogida como paradigma del sabio, del filósofo o del héroe. El hombre de Liverpool es un autor de metodología imprecisa. Su perspectiva política de izquierdas no le ha aproximado a los grandes representantes del marxismo británico como Edward Palmer Thompson, Eric J. Hobsbawm o Christopher Hill. Su pensamiento histórico, si de tal cosa puede hablarse, viene a ser una curiosa amalgama, a veces contradictoria, de marxismo vulgar, individualismo metodológico, empirismo y, sobre todo, de lo que algunos historiadores italianos denominan peyorativamente “moralismo sublime”, es decir, juicios de valor al servicio de una ideología. Sus obras carecen de análisis cultural, ideológico e intelectual; tienen por base una sociología elemental y superficial; su trama narrativa es de claro signo trágico y maniqueo; su modo de argumentar mecanicista y su enfoque ideológico, radical.

Una de sus primeras obras en español fue el prólogo a una Antología de la revista Leviatán, cuyo contenido resultaba ya de por sí significativo, al ocultar la brutalidad de su proyecto revolucionario; muy al contrario, celebraba que el órgano intelectual del largocaballerismo se encontrase, según él, a “la vanguardia de un debate en el que se centraba la atención de los socialistas de Europa”. En esa misma línea argumental se encontraba La destrucción de la democracia en España, cuyo leif motiv era la exculpación de los socialistas en la génesis de la guerra civil, que hacía recaer en el conjunto de las derechas, particularmente en la CEDA. Se trataba, en el fondo, de una respuesta al libro de su compatriota Richard A.H. Robinson, Los orígenes de la España de Franco, una obra mucho más documentada y precisa que la de Preston. La guerra civil española no es más que una obra de divulgación. Las derechas españolas en el siglo XX: autoritarismo, fascismo y golpismo resulta ser, como su título indica, una demonización del conjunto de las derechas españolas, una obra sonrojante, a causa de su maniqueísmo y simpleza, que carece de interés para el estudioso de esas tendencias políticas. Idealistas bajo las balas, al igual que Palomas de guerra y Las Tres Españas del 36, destacan por su sectarismo y frivolidad. Su obra más celebrada, Franco. Caudillo de España, es una biografía del dirigente español llena de lagunas, basada en materiales absolutamente perecederos y en un pathos totalmente hostil hacia el personaje, sin el menor atisbo de empatía. La biografía del anterior Jefe del Estado, Juan Carlos I. El rey de un pueblo, no sólo carece de originalidad y no aporta nada nuevo al tema, sino que incurre en el defecto contrario al de Franco. Caudillo de España, es decir, cae en la apología directa e incluso en el ditirambo. En ocasiones, no parece un historiador, sino un cronista de Hola. En El Holocausto español, Preston llega a caer en la abyección, atribuyendo a las derechas españolas un proyecto de exterminio de las izquierdas, defensoras, según él, de la libertad y de la democracia. Sus últimos libros, El zorro rojo, una biografía de Santiago Carrillo, y El final de la guerra, son obras, a mi juicio, sin interés. En la última, se limita a seguir las tesis de su amigo Ángel Viñas, en sus críticas a Julián Besteiro y el coronel Segismundo Casado y en su exaltación de la figura del doctor Negrín.

Sin embargo, su trayectoria universitaria ha sido muy exitosa, tanto en Inglaterra como en España. Logró la titularidad de la cátedra Príncipe de Asturias de Estudios en la London School of Economics. En 1986 le fue otorgada la Encomienda de la Orden del Mérito Civil. En 1998, ganó el Primer Premio “Así fue” por su obra Las Tres Españas del 36. Idealistas bajo las balas le proporcionó el Premio Ramón Trías Fargas en 2006. Incluso ha sido presentado por un sector de la prensa española –El País y El Mundo, en concreto– como “una especie de Oráculo de Delfos o de un psiquiatra, para que nos confirme si somos normales y que España va bien”. Lo cual puede ser explicado por una serie de profundos, ancestrales y permanentes complejos de inferioridad nacional, cultural y política. Igualmente, por la palpable ausencia de una crítica intelectual y conceptual solvente en nuestro país. ¿Alguien se imaginaría algo parecido en Francia, la patria de Hipólito Taine, Lucien Febvre, Fernand Braudel o François Furet? Y lo mismo podríamos decir en Italia, Alemania u Holanda. En esos países, que disfrutan de la continuidad de una cultura sólida y coherente, individuos como Preston no pueden tomarse en serio. No obstante, creo que, a la hora de explicar la patética fascinación por la obra y la figura del hombre de Liverpool, es preciso profundizar un poco más. Hace algunos años, Paul Preston fue descrito por el editor Daniel Fernández como “una máquina de promoción, parecía Pavarotti”.

En ese sentido, el gran logro de Preston ha sido crear una red de influencia en el “campo” historiográfico español. Alumnos fieles, profesores universitarios, cuyas máximas figuras son Josep Fontana y Angel Viñas; editoriales de prestigio como Crítica o Debate y periódicos como El País o el difunto Público han sido –y son– los miembros de esa red que ha servido para que el hombre de Liverpool afianzara su influencia historiográfica y mediática en la sociedad española. Esta red se caracteriza por una actitud basada en la buena conciencia izquierdista, estructurada y legitimada por el antifranquismo y la lucha ideológica contra el conjunto de las derechas españolas. Su objetivo histórico-político es imponer sus tesis como verdad universal en el “campo” historiográfico español y, consecuentemente, que las tesis de otros grupos aparezcan como ilegítimas y a que sus representantes oscilen continuamente entre la conciencia vergonzosa de su indignidad cultural y el descrédito de sus métodos y de sus actos. A partir de su discurso histórico-político intenta, con el apoyo consciente de los ya mencionados medios de comunicación, cambiar los valores, las representaciones y las identidades. Su táctica consiste en elogiar y defender a los “amigos” e ignorar o atacar de forma inmisericorde a los “enemigos”, con los que no se tiene el menor reparo en ejercer la “violencia simbólica” más descarnada. En ese caso, no se tiene problema en reducir las doctrinas del enemigo a su adscripción ideológica o sus intereses de clase, cuando no a supuestas fidelidades franquistas y/o antidemocráticas.

Significativa y fructífera ha sido en todo momento su relación con el nacionalismo catalán. Desde el primer momento, Preston dio su apoyo al traslado de los fondos del Archivo de Salamanca reclamados por la Generalidad catalana. El 4 de octubre de 2004 recibió el Premio Internacional Ramón Llull. Tres años después fue elegido miembro del Instituto de Estudios Catalanes. Con posterioridad, José Luis Carod Rovira firmó un convenio entre el Patronato Cataluña-Mundo y la London School of Economics and Political Science. De esta iniciativa surgió el Observatorio Cataluña-Mundo, una institución cuya presidencia recayó en Preston, y cuyo principal objetivo era, como su nombre indica, promocionar a Cataluña en el mundo. El proyecto contó con un presupuesto de 200.000 euros. Según Carod Rovira, Preston era la persona indicada para presidir el Observatorio porque tenía “una relación especial con Cataluña”, “domina el catalán y ha escrito varios libros en esa lengua”. El Holocausto español recibió, además, el Premio Santiago Sobrequés i Vidal de Historia de Cataluña.

Coherentemente, Preston ha dado su apoyo al proceso de secesión catalana en numerosas ocasiones. En septiembre de 2013, pronunció una conferencia en la Universidad Rovira i Virgili, dedicada al tema de “El anticatalanismo de los rebeldes militares: de la batalla del Ebro a la ocupación total del país”, en la que recomendó a la Generalidad catalana “negociar alianzas” con Europa ante el “inmovilismo” del gobierno español. “Desde Madrid –advirtió– no habrá progreso”. Poco después, en noviembre de 2014, el nombre del hispanista aparecía, junto a Desmond Tutu, Adolfo Pérez Esquivel, Eduard Vallary, Saskia Sassen, Richard Sennet, Bill Shipsey, Ken Loach y Harold Bloon, al frente de un manifiesto titulado Dejen votar a los catalanes, en el que se afirmaba que una mayoría de los ciudadanos catalanes había expresado su deseo de participar en la consulta, una petición que es el “resultado de un largo desacuerdo entre los gobiernos de Cataluña y España sobre el grado de autonomía cultural, política y financiera” de ésta última. Los abajo firmantes consideraban que, como en los casos de Quebec y Escocia, la mejor manera de resolver el conflicto era utilizar las herramientas de la democracia y que “impedir que los catalanes voten parece contradecir los principios que inspiran las sociedades democráticas”. Por todo ello, los firmantes del manifiesto hacían una llamada al Gobierno español y a la Generalidad catalana a “trabajar juntos para permitir que los ciudadanos de Cataluña puedan votar sobre su futuro político y, posteriormente, establecer relaciones de buena fe en el resultado”. Esta posición contrasta con la de un hispanista infinitamente más serio que Preston, John Eliot, quien destacaba, en una entrevista concedida a la revista Letras Libres, las diferencias entre Cataluña y Escocia, señalando que una Cataluña independiente quedaría fuera de la Unión Europea.

En cualquier nación normalmente constituida, con un mínimo de orgullo patriótico o de autoestima, el señor Paul Preston sería cuando menos declarado persona non grata. Sin embargo, no ha sido así. Más bien todo lo contrario. Y es que Paul Preston fue investido doctor honoris causa por la Universidad de Valencia, vivero del pancatalanismo teorizado por el inefable Joan Fuster. La laudatio corrió a cargo de Ismael Saz Campos, antiguo comunista y apologista de Preston, quien calificó al historiador británico como “el mayor continuador del hispanismo historiográfico británico y seguramente el hispanista de mayor proyección entre los existentes”. Por su parte, el rector de la Universidad de Valencia, Esteban Morcillo hizo referencia a Preston como “uno de los máximos exponentes de la historiografía española contemporánea” y destacó su “extraordinaria producción científica, destacándose por su condición de historiador social”. No ha sido la Universidad de Valencia la única en rendir pleitesía al hombre de Liverpool. La última, por el momento, ha sido la de Extremadura. La ceremonia tuvo lugar en la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres, contando con la intervención del profesor Enrique Moradiellos, discípulo de Preston. Incluso contó con la asistencia del Presidente de la Junta de Extremadura Guillermo Fernández Vara y del rector de la Universidad Segundo Piriz. Fernández Vara llegó a decir que “no podemos entender la historia de España sin Paul Preston”. Que Dios le conserve la vista y la capacidad hermenéutica. ¿De verdad ha leído a Preston?

Lo cual demuestra que la sociedad española carece de una crítica intelectual solvente, y que, en concreto, las universidades no ejercen su función pedagógica. Como ha señalado el escritor Félix de Azúa: “Este es un país analfabeto y narcisista. La desdicha es que la izquierda que debería haber impuesto en el país algo de racionalidad e ilustración es aún más analfabeta y narcisista que la extrema izquierda”. Algo que se ha demostrado en el resultado de las últimas elecciones, con el ascenso de una izquierda radical y casposa. En ese sentido, cuanto más indómita sea la influencia de Paul Preston en nuestra historiografía y en nuestras universidades, peor para la salud política e intelectual de España. Desgraciadamente en eso estamos.
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