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Los héroes políticos de Albert Rivera

Los héroes políticos de Albert Rivera
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Albert Rivera confesó en una entrevista para La Noche en 24 Horas (TVE), que sus héroes políticos eran Abraham Lincoln, John F. Kennedy, y Martin Luther King. Es curioso e interesante el dato obvio de que los tres nombrados sean americanos (estadounidenses) y que los tres fueran asesinados.

La pasada noche del 2 de Diciembre, veinticuatro horas antes de que comenzara la campaña electoral, el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, confesó en una entrevista para La Noche en 24 Horas (TVE), que sus héroes políticos eran Abraham Lincoln, John F. Kennedy, y Martin Luther King.

Es curioso e interesante el dato obvio de que los tres nombrados sean americanos (estadounidenses) y que los tres fueran asesinados. Por fin tenemos en España un líder político joven, sin prejuicios, que no comulga con el tradicional anti-americanismo y rancio “arielismo”, que salvo notables excepciones (Castelar, Almirall, Valera, Unamuno, Azorín, Marías…) ha predominado en nuestras élites políticas e intelectuales, al menos desde 1898. Por ejemplo, fue uno de los defectos intelectuales más serios de Ortega.

El marxista Antonio Gramsci (otra curiosa excepción en ésto, junto al propio Marx) escribió en unas notas de sus Cuadernos de Cárcel: “Los intelectuales europeos en general… se regocijan con la vieja Europa. El anti-americanismo es cómico, además de ser estúpido” (“Babbitt”, c. 1930). Afortunadamente, entre los ensayistas españoles de hoy se pueden señalar también algunas notables excepciones, como mis estimados amigos José María Marco (La Nueva Revolución Americana, Ciudadela, Madrid, 2007) y Pedro F. R. Josa (La Gran Revolución Americana, Encuentro, Madrid, 2015). Y asimismo otros como César Vidal y Martín Alonso, autores precisamente de sendas biografías de uno de los héroes de Albert Rivera, Abraham Lincoln.

El denominador común de los tres héroes del líder de Ciudadanos es la forma violenta de sus muertes: Lincoln en 1865, por un asesino sudista al término de la Guerra Civil; Kennedy en 1963, por un comunista en plena Guerra Fría; y King en 1968, por un racista en el momento álgido de la lucha por los derechos civiles de los negros. Puede que sus respectivos sacrificios, por las causas percibidas nobles que defendían, sean la explicación romántica por la que Albert Rivera los ha puesto juntos. Pero aparte de eso, políticamente no tenían nada en común.

Casualmente he dedicado algún tiempo a investigar a los presidentes Lincoln y Kennedy. Sobre el primero, he publicado “Abraham Lincoln: la consolidación de una Nueva Nación” (La Ilustración Liberal, 39, Madrid, 2009), “Bicentenario de Lincoln e inicio de la Era Obama” (Libertad Digital, Sep. 2009), “Stalin versus Lincoln” (Kosmos-Polis, Dic. 2014), “Lincoln y el derecho de autodeterminación” (Floridablanca, Feb. 2015), y mantuve una pequeña polémica con el “marianista” José Carlos Rodríguez -del Instituto Juan de Mariana- en Libertad Digital (Oct. 2009).

Rivera debería saber y le sorprendería que algunos de los liberales progresistas y libertarios que van a votarle piensan que Lincoln fue un dictador autoritario al enfrentarse al secesionismo de la Confederación del Sur y por defender la Constitución de la Unión federal. Yo creo que fue sin duda uno de los cinco principales presidentes americanos de toda la historia, encarnación de lo que él mismo describió “the better angels of our nature”, junto a George Washington, Theodore Roosevelt, Ronald Reagan, y… (tengo mis dudas sobre el quinto). Esta opinión mía está confirmada por casi todos los ranking elaborados por especialistas (historiadores y politólogos) acerca de los presidentes de los Estados Unidos, que también destacan a Thomas Jefferson y Franklin D. Roosevelt.

No es el caso de Kennedy, que aparece muy por detrás de los grandes presidentes. Mi opinión sobre él está publicada en varios ensayos: “John F. Kennedy” (Cuadernos de pensamiento político, Madrid, Dic. 2012), “El camelo de Camelot” (Libertad Digital, Dic. 2013), “Un legado siniestro: John F. Kennedy y sus muertos” (Kosmos-Polis, Feb. 2014), “Algunas claves sobre el asesinato del presidente Kennedy” (Kosmos-Polis, Dic. 2013; La Ilustración Liberal, 58, Madrid, 2014), y “Hermanos en la fe, el poder y la muerte” (Kosmos-Polis, Nov. 2014).

Pienso que la memoria popular de Kennedy se ha beneficiado de su propio martirio, en lo que el historiador Alan Brinkley ha denominado un “imaginary landslide”: aunque ganó la presidencia con solo el 49,7 por ciento de los votos, después de su muerte un 65 por ciento del público declararía haberle votado. Pero personalmente era un inmoral y, políticamente, irrelevante en política interior y un peligroso aventurero en ciertos métodos de su política exterior (Cuba y Vietnam), aunque puedo apreciar y valorar positivamente su anti-comunismo.

Conviene recordar a los lectores, especialmente a los más jóvenes y a la generación política de Rivera, que Lincoln fue uno de los fundadores del partido Republicano (GOP), que abolió la esclavitud y defendió la Unión constitucional, mientras Kennedy fue miembro del partido Demócrata, ganó la presidencia con ayuda de la Mafia de Chicago en los votos populares y electorales del Estado de Illinois, y fue un modelo de “posturing” y arrogancia liberal (aparte de para sus hermanos Robert y Edward, sendos casos de degeneración política y personal) para otros candidatos demócratas mediocres como Gary Hart, Joseph Biden, Michael Dukakis, Christopher Dodd y John Kerry, fracasados aspirantes a la presidencia. Sin embargo otros admiradores suyos tuvieron éxito, como el libertino-perjuro y corrupto Bill Clinton, o el retórico-radical, autoritario e incompetente Barack Obama.

Opinar sobre el caso de MLK es complicado, y nos adentramos en el terreno resbaladizo de la inquisición progre, la “Corrección Política”. El simple hecho de que Obama tenga un busto suyo en el Despacho Oval de la Casa Blanca (tras retirar el de Churchill) me perturba y me plantea muchas dudas.

Hay informaciones contrastadas y verificadas de la biografía de MLK que sistemáticamente se ocultan a la opinión pública: el plagio de su tesis doctoral, sus contactos secretos con la KGB y miembros del partido Comunista USA, su comportamiento privado inmoral –como JFK, era un adúltero compulsivo-, gastando además en orgías con prostitutas dinero de las donaciones que recibía para su causa. Todo esto está documentado en un libro absolutamente imprescindible (pero silenciado) sobre el FBI durante la Guerra Fría de John Barron, Operation SOLO: The FBI´s Man in the Kremlin (Regnery, Washington DC, 1996).

El presidente Kennedy precisamente autorizó las escuchas telefónicas del reverendo Dr. King, propuestas por su hermano el ministro de Justicia Robert F. Kennedy, para que el FBI comprobara sus contactos políticos con comunistas y, casualmente, se descubrieron también otros turbios asuntos personales.

Mi consejo al joven y prometedor líder político Albert Rivera, al que desde esta modesta columna estoy dispuesto a apoyar en su lucha contra la partitocracia y la corrupción: con tolerancia y generosidad, sin despreciar algunos valores que representan en la imaginería popular las figuras de JFK y de MLK, limitemos cautelarmente la exaltación heroica solo a la figura intachable, liberal-conservadora y republicana de Abraham Lincoln, que hizo realidad el gran sueño que el demócrata Thomas Jefferson no fue capaz de cumplir políticamente: el reconocimiento e implementación práctica y constitucional de “que todos los hombres son creados iguales, y están dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables, que entre ellos destacan la Vida, la Libertad, y la búsqueda de la Felicidad ”.

Manuel Pastor Martínez

Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid

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