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“¡VOGLIO UNA DONNAAAAA…!” (MARIANO Y SORAYA)

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Inolvidables personajes esperpénticos de Fellini en Amarcord: Un hombre largo y torpe, mal afeitado, con mirada extraviada y sonrisa bobalicona. Una monja enana, sabionda y mandona. El hombre se sube a un árbol para aislarse del mundo y se niega a bajar. Solamente emite, de vez en cuando un reclamo a voz en grito: “¡Voglio una donnaaaaa…!” Llega la monja enana e imperativamente le ordena bajar, y el hombre, obediente, baja del árbol.

Mariano Rajoy, subido y aislado en su ciruelo presidencial de La Moncloa, evita conectarse con el mundo real. No precisa gritar, solo le basta ordenar a sus ayudantes “Necesito a Soraya”, porque siempre tiene a mano a la vicepresidenta sabionda y mandona que le resuelve los problemas de sus relaciones con los demás.

Escribo esta columna como liberal-conservador independiente, decepcionado con este gobierno del PP que durante la legislatura que ahora concluye ha dilapidado los valores y activos que el partido de las derechas españolas ha representado y tenido a su disposición, pero no ha sabido aprovechar o han sido infrautilizados: políticos experimentados (especialmente mujeres como Esperanza Aguirre, María San Gil, Ana Pastor…), y más jóvenes (Javier Fernández-Lasquetty, Pablo Casado… y asimismo mujeres como Cristina Cifuentes, Cayetana Álvarez de Toledo, Andrea Levy…); fundaciones o círculos de ideas y de reflexión política (FAES, Floridablanca…). Mariano ha preferido rodearse de personas ambiciosas y algo caprichosas, no tan inteligentes como él pensaba (Alberto Ruiz Gallardón, Jorge Moragas…), que le han aconsejado mal, tanto en política nacional como internacional, aparte de alejarle de su base electoral natural de derechas. Para el colmo, ha recurrido a una colección de “carrozas”, “gafes” y “rasputines” políticos y, lo peor, incompetentes (Arriola, Arenas, García-Margallo, Morenés, Montoro, Fernández…) por razones que no sabemos, que solo sospechamos producto de oscuras deudas o chantajes políticos y personales.

Admito la gran competencia como opositora-jurista de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, pero no ha sido suficiente para detener el progresivo deterioro del Imperio de la Ley en España (que no es exactamente lo mismo que el “Estado de Derecho”) y la politización de la Justicia, cuya expresión más dramática es la tolerancia con las responsabilidades del terrorismo vasco y del desafío separatista catalán.

Shakespeare pensaba sarcástica y un poco exageradamente que para acometer una regeneración política auténtica había que cargarse a todos los juristas y abogados. Especialmente los “abogados del Estado” –por definición enfrentados a la sociedad civil– han asumido un rol burocrático y corporativista en esta degeneración del Imperio de la Ley en eso que insisten en llamar “Estado de Derecho” que, como Friedrich A. Hayek observó agudamente, con el advenimiento del “Estado Social de Derecho” o “Estado de Bienestar”, es un Estado Administrativo, al fin y al cabo una consecuencia histórica inevitable de la transacción del viejo y autoritario Estado Policía con las presiones del movimiento socialista (véase F. A. Hayek, The Constitution of Liberty, Chicago, 1960, capítulos 13, 16 y 17).

Doña Soraya, que últimamente ha jugado siniestramente al monopolio de los medios de comunicación, controla, además, el Centro Nacional de Inteligencia (CNI), “la mente del Estado” y un estado de la mente… (¿paranoia del poder?), institución que, entre otras funciones, administra celosamente toda la información sobre los agujeros negros de la Transición democrática española (el 23-F, los Gal, el 11-M, el caso Faisán, cloacas policiales…), por no hablar de la corrupción monstruosa que anega el sistema partitocrático, en el centro y en la periferia.

Mi mayor reproche al gobierno de Mariano-Soraya es que no parece sensible a los casos de prevaricación y no se haya avanzado en el proceso de consolidación (que sigue pendiente) de nuestra débil democracia, que algunos ya sospechamos como fallida. Tras los delirios del zapaterismo seguimos en la misma deriva nacional (asuntos vasco y catalán, antes mencionados) e internacional (¡ese disparate suicida de la “Alianza de Civilizaciones”!, nuestro particular síndrome de Estocolmo ante el terrorismo islamista).

No obstante sigo pensando que España y nuestra pobre democracia necesitan al PP, un partido democrático y constitucionalista de centro-derecha, “casa común de las derechas”, inter-clasista e inter-generacional, sin prejuicios ideológicos de siglos pasados: conservadores, liberales, y centristas (incluso demócratas-cristianos). Sobran los extremistas de derecha y de “centro” (por ejemplo, super-progresistas como un tal Lassalle con pretensiones de ministro de Cultura), así como los estatistas o “socialistas de todos los partidos” (para citar, una vez más, a Hayek).

En la presente campaña para las elecciones generales, históricamente críticas, del 20 de Diciembre, mi duda es si Mariano se bajará del árbol, si será capaz de superar su talante de “maricomplejines”, como lo llama burlonamente Jiménez Losantos. O, por el contrario, si le oiremos una vez más, pero ahora gritando desesperado: “¡Necesito a Sorayaaaaa…!”

Un primer síntoma de su debilidad y baja calidad democrática es que se resista a debatir con los candidatos de los partidos principales, como ocurre en todas las democracias normales y consolidadas.

En cualquier caso, según las encuestas, el PP va a perder la hegemonía que hasta ahora tenía y ha desaprovechado (en la que algunos consideran la tercera legislatura de Zapatero, patético legado de Rajoy). Tratando de ser optimista y conjurando la posibilidad de un Frente o Unión Popular (PSOE, Podemos, IU, radicales, nacionalistas y separatistas, etc.), la única salvación para España y la democracia constitucional va a ser una alianza PP-Ciudadanos. Es la única fórmula que asegura la continuidad y eventual consolidación del sistema democrático frente a las diversas combinaciones de los anti-sistema con un débil, pasivo y contradictorio PSOE.

Albert Rivera tiene una gran responsabilidad ante el reto que se le presenta, y no valen las equidistancias “centristas” entre el PP y el PSOE. El centro puro es un concepto geométrico, pero en política no existe, y en España los experimentos centristas han tenido una vida corta: Suárez (UCD, CDS), Roca (PR), Rosa Díez (UPyD)… Lo mejor que puede hace Rivera es forzar la formación de su propio gobierno de centro-derecha, con o sin el PP (esto sería lo ideal, pues Ciudadanos tiene simpatías y aliados potenciales en el partido y en el electorado de centro-derecha, y significaría la jubilación necesaria de Mariano Rajoy), o apoyar con condiciones muy rigurosas una nueva investidura del mismo Mariano Rajoy. El objetivo en este caso sería abordar enérgicamente las reformas necesarias (sistema electoral, estructura territorial del Estado, despolitización de la Justicia, etc.) e iniciar la regeneración profunda de la vida política (contra la partitocracia y la corrupción). Otra posibilidad, según los resultados del 20-D, es que Ciudadanos desplace al PSOE como líder del centro-izquierda, algo que comportaría ahora ciertos riesgos, por la presencia de populistas radicales y anti-sistema, pero es un escenario que no debe excluirse en un futuro si el PSOE continúa en un proceso de extinción.

En cualquier caso, Rivera y Ciudadanos parece que van a ser los árbitros de la gobernabilidad, lo cual es una perspectiva esperanzadora, ya que bloquearía las tentaciones de la deriva hacia el autoritarismo administrativo de un “Estado de Derecho” mariano-sorayista, con sus “abogados del Estado”, agentes tributarios y del CNI, un estatismo excesivo que pudiera llegar a ser un peligro para las libertades individuales y de la sociedad civil.

Manuel Pastor Martínez

Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid

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