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Primarias 2026

LA CRÍTICA 7 AGOSTO 2026

Por Manuel Pastor Martínez
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Naturalmente me refiero a las elecciones primarias genuinas -diría que únicas en el ámbito de las democracias liberales- que escalonadamente se han ido produciendo este año, estado por estado, de los cincuenta Estados Unidos de América, desde las primeras el ya lejano pasado 3 de marzo (en Arkansas, Carolina del Norte y Texas) hasta las últimas que tendrán lugar el próximo 15 de septiembre en Delaware. (...)

Las primarias preceden a las elecciones efectivas (las presidenciales o generales cada cuatro años, y las intermedias -o “Midterms”- entre dos elecciones presidenciales). En 2026 son intermedias, entre las presidenciales pasadas de 2024 y las futuras de 2028, y se celebrarán el próximo 3 de noviembre, renovando la totalidad de la Cámara (“House”) de Representantes en el Congreso, aproximadamente un tercio del Senado, varios Gobernadores, las cámaras legislativas estatales, y múltiples cargos estatales, municipales y de los condados.

Lo que quiero subrayar aquí es que las primarias son el mejor instrumento inventado en la democracia americana para, entre otras cosas, evitar o contrarrestar el poder de las oligarquías políticas, la partitocracia, problema genético y subsistente en las democracias occidentales, especialmente en los sistemas parlamentarios europeos y de otras latitudes.

Ya se sabe que la democracia liberal es el sistema más imperfecto, con la excepción de todos los demás. La democracia liberal americana, iniciada en 1776 y consolidada tras la Guerra Civil, es la más antigua del mundo.

Uno de sus arquitectos fundacionales en el siglo XVIII, James Madison, sostenía que como los hombres no eran ángeles resultaba necesaria una república o democracia representativa con su Constitución y las sucesivas enmiendas. Según Madison lo menos angelical de todo era el “espíritu de partido” y las “facciones” -lo que hoy llamamos “partitocracia”-, ya denunciados por Adam Smith (“The Weath of Nations”, 1776) y por los Federalistas americanos (George Washington, Alexander Hamilton, John Jay y sobre todo, repito, el propio James Madison).

Las elecciones primarias, fenómeno ideado y desarrollado progresivamente en el siglo XX, vendría a corregir hasta cierto punto el problema.

En una era de desarrollo democrático impulsado por el populismo y el progresivismo (presidencias de T. Roosevelt y W. Wilson): reformas del servicio civil, reducción y limitación del “bossism” y del “spoil system”, implantación del voto secreto, elección directa de los senadores federales, y especialmente la Enmienda XIX estableciendo el voto femenino, etc., todo ello enmarca el trasfondo del nacimiento y la adopción de las primeras elecciones primarias.

En 1903 el republicano progresista Robert M. La Follette convenció al gobierno de Wisconsin para adoptar un nuevo método de designar candidatos de los partidos diferente al de las convenciones tradicionales controladas por las élites dirigentes, las oligarquías políticas, dando el poder de selección y elección de los candidatos a los simples miembros de los partidos y a los electores en general.

El nuevo método que quebraba el poder de los caciques (“bosses”), sería inmediatamente adoptado por los estados de Wisconsin y de Minnesota, después extendiéndose, en distintas modalidades estatales, a los demás estados a lo largo del siglo XX. En 1964 se producirá la referencia constitucional expresa a las primarias al aprobarse la Enmienda XXIV que reza: “El derecho de los ciudadanos a votar en cualquier primaria u cualquier otra elección para Presidente o Vicepresidente, para electores de Presidente o Vicepresidente, o para Senador o Representante en el Congreso, no será negado o abreviado por los Estados Unidos o por un Estado… etc.”

Es importante subrayar que las primarias americanas no son una concesión u oferta generosa de los partidos para aparentar una democracia interna. Son un mandato y obligación constitucional. Lo característico es que la libre elección de todos los candidatos a cargos públicos dentro de cada partido sea obligatoria.

Los resultados de las Primarias 2026, a mi juicio, en términos generales confirman una vez más el conocido diagnóstico de Victor Davis Hansen, la existencia de los “Dueling Populisms” (1918) en la actual crisis de la democracia americana. Han revalidado la preferencia anti-Establishment de los ciudadanos/electores, a derecha y a izquierda, por dos tipos de populismo en liza: el conservador liberal de MAGA (“Make America Great Again”), y el radical socialista de DSA (“Democratic Socialists of America”), liderados respectivamente por dos octogenarios, el no-político profesional Donald Trump, y el veterano político Bernie Sanders.

Trump y el movimiento MAGA han desplazado al Establishment GOP del partido Republicano, fortaleciendo dentro de lo posible un populismo conservador liberal y capitalista. Sanders y los radicales social-comunistas han infiltrado, penetrado, ocupado y controlado, debilitando al partido Demócrata del Establishment, vaciándole de su carácter liberal tradicional.

Pero el populismo izquierdista lejos de debilitarla, con su obsesión socialista y anticapitalista está reforzando la partitocracia, pese a que el Congreso acaba de votar una moción de rechazo al socialismo con la totalidad de los votos republicanos y de 192 demócratas.

Mi pensamiento desiderativo (“wishful thinking”) es que, pese a los cantos de sirena en los medios y ciertos resultados locales, el socialismo fracasará en las elecciones del 3 de noviembre.

El responsable principal del aparente

éxito actual del socialismo en el campo demócrata, Bernie Sanders, es un mediocre político neoyorquino instalado en Vermont donde ha conseguido ser, sucesivamente, alcalde, representante y senador. Siendo profesor visitante en el monteverdino Middlebury College durante el verano de 1991 le invité al campus para presentarle al socialista español Alfonso Guerra, visitante del centro universitario. Sanders entonces se postulaba como un socialdemócrata al estilo europeo (véanse mis artículos “El Factor S en las primarias del Partido Demócrata de los Estados Unidos”, La Crítica, octubre, 2015, y “Bernie, la excepción al excepcionalismo americano?”, La Crítica, febrero, 2020).

Hoy Sanders aparenta liderar un socialismo más radical -casi comunista-, con sus acólitos neoyorquinos, la congresista Alexandria Ocasio-Cortez (junto al grupo de la Squad), el alcalde Zohran Mamdani, y el agitador marxista Hasan Piker.

Las primarias han promocionado algunos candidatos al Senado de su cuerda, auténticos lunáticos siniestros -pese al fiasco del “neonazi” Graham Platner (en Maine)- como James Talarico (en Texas), Abdul Al-Sayed (en Michigan), Angie Nixon (en Florida), y varios candidatos similares para la Cámara de Representantes en diferentes primarias estatales. Sin embargo, fracasó la candidatura para gobernadora de la coreano-americana Francesca Hong en las primarias de Wisconsin.

La consigna común “Fight Oligarchy” ideada por el abuelo cascarrabias de Vermont (véase el librito/folleto de Bernie Sanders, Fight Oligarchy, Crown, New York, 2025) parece más bien un programa de un socialismo para adolescentes. Su anticapitalismo y antiamericanismo, además, oculta un serio problema (paradójicamente, siendo Sanders un judío originalmente de Brooklyn, New York) que contamina hoy a la totalidad del partido DSA y a sus admiradores: el creciente y rabioso antisemitismo/antisionismo, galopante en las izquierdas radicales estadounidenses.

Manuel Pastor Martínez

Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid

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