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El poeta Carlos Bousoño ha muerto

Carlos Bousoño
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Carlos Bousoño

La Crítica / Redacción

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Ha fallecido en Madrid a los 92 años el académico de la Lengua y uno de los más grandes poetas españoles: Carlos Bousoño. Investigador y profesor en diferentes universidades españolas y norteamericanas. Académico desde 1979, estaba en posesión de los más importantes premios de la literatura española.

Recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1995. Con anterioridad había recibido el Premio Nacional de las Letras Españolas en 1993, el Premio Nacional de Poesía en 1990 y el Premio Nacional de Ensayo en 1978.

Asturiano (nació en Boal en 1923), estudió en las universidades de Oviedo y Madrid, donde se doctoró en Filosofía y Letras en 1949 con una tesis sobre Vicente Aleixandre.

Durante muchos años fue votado como el mejor profesor de la Universidad Complutense de Madrid, y por su aula han pasado importantes escritores y poetas como Vargas Llosa, Claudio Rodríguez y Francisco Brines.

Descanse en paz.

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Un poema de Carlos Bousoño, elegía a la muerte de su amigo Vicente Aleixandre:

En la muerte

Lo último que dijo fue esto: «La vida es un dolor»

Ojos que vi
tan llenos de dolor
en el último día, cuando faltaba poco
para morir,
y desde el lecho
él recordaba triste,
lejos, muy lejos, y un poquito borroso,
cuando con sus amigos,
allá en su niñez,
divirtiéndose mucho,
inmortal aún la vida,
iban al huerto, o al pinar, o al alto
palpitar de la luz.

Correr luego escondiéndose
tras unos matorrales,
un momento,
por que no los llamasen
desde la casa aún.
«Un poco más, un poco
más tan sólo.
La última vez, y ya.»
Y cuando le pusieron
una corona como rey del mundo
el día en que cumplía
siete años de rey,
siete de dueño
de todo, el universo: el aire, el mar.

Respiraba. Fatiga
e imposibilidad. La vida, la corona,
cartón pintado, alegre,
luego el amor, la compañía
honda, felicidad. Años sin duda, y todo fue
un instante tan sólo:
amarga pesadumbre
real.
Y ahora las lágrimas
que no lloró jamás vinieron a sus ojos,
resbalaban despacio
por sus mejillas pálidas,
humedecían la piel,
la boca,
y seguían bajando
cuando estaba ya muerto.
Las lágrimas duraban
más que sus ojos tristes,
más
que su propio dolor.

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