.
lacritica.eu

LA ESPAÑA INCONTESTABLE

'General Diego de León', (1807-1841). De Augusto Ferrer Dalmau. (https://augustoferrerdalmau.com/).
Ampliar
"General Diego de León", (1807-1841). De Augusto Ferrer Dalmau. (https://augustoferrerdalmau.com/).

¡Viva la libertad, adiós señores hasta la eternidad!

LA CRÍTICA, 6 FEBRERO 2022

Por Íñigo Castellano Barón
Add to Flipboard Magazine. Compartir en Google Bookmarks Compartir en Meneame enviar a reddit Compartir en Yahoo

El romanticismo, como movimiento que da supremacía a los sentimientos sobre otros conceptos racionalistas y naturalistas, tuvo gran fuerza en la España del siglo XIX. Especialmente cuando el idealismo liberal regresó a España tras haber sido desterrado. Conceptos como el de héroe, amor platónico, honor debido, o la subjetividad del “yo” frente a lo reglado, protagonizaron muchos pasajes de la turbulenta historia patria decimonónica que no distinguía entre buenos y malos. La verdad se muestra a veces equidistante y relativa, por ello, sus protagonistas pueden aparecer con igual dignidad y respeto histórico. (…)

… El carácter español que conjunta su impronta guerrera con la nobleza de sentimientos queda plasmado en personajes como Don Quijote que imaginara el rescate de su Dulcinea, o el del protagonista don Diego de Acuña que ofrece su vida por su antigua prometida con aquella sentida frase de: «España y yo somos así, Señora» en la obra En Flandes se ha puesto el sol de Eduardo Marquina. A lo largo de su milenaria historia España ofrece numerosos testimonios de valor, honor y romanticismo. Es el caso entre otros, de Don Diego de León y Navarrete, teniente general del ejército, virrey de Navarra y primer conde de Belascoáin que hoy se relata en esta sección de la “La España Incontestable”.

Se encontraba España bajo el Regente, el general Baldomero Espartero quien puso fin a la regencia de la reina María Cristina, viuda de Fernando VII, que la ocupaba por la minoría de edad de su hija la reina Isabel II. Gran militar y convencido liberal, dirigió con notable éxito los ejércitos isabelinos en la primera guerra carlista. En estos se encontraba el joven Diego de León que desde el inicio de su carrera militar se destacó provisionando caballos al Regimiento de Caballería 1º de Ligeros que él mismo comandara como capitán. Obteniendo el grado de coronel pasó a formar parte del Regimiento de Granaderos de a caballo de la Guardia Real.

Desde siempre Don Diego de León sobresalió por su arrojo y honestidad. Sus virtudes castrenses destacaron especialmente al estallar la primera guerra carlista en 1833 siendo comandante del Regimiento de Lanceros de la Guardia Real. En sus numerosos episodios bélicos en diferentes sitios y regiones contra las fuerzas carlistas obtuvo el merecido renombre de ser denominado como «La mejor Lanza del reino». En una carga en el sitio de Los Arcos en la que por tres veces sucesivas mataron los caballos que montaba, siguió luchando con enorme arrojo contra el enemigo, ganando allí mismo la Cruz Laureada de San Fernando. Tiempo después, con tan solo siete lanceros volvió a distinguirse en la toma de Estella, y finalmente la batalla de Belascoáin le supuso el título honorífico de conde de este nombre. Desde su lealtad incondicional, Diego de León incrementó su amor por la corona española y por la pequeña reina Isabel que apenas salía del Palacio de Oriente por instrucciones del Regente, temeroso de cualquier atentado contra la real persona. Don Diego de León que acababa de apoyar el fallido intento del pronunciamiento del general O´Donnell contra Espartero, creyó ver indefensa y en continuo peligro a la reina-niña, objeto de su veneración, pues la nación vivía continuas convulsiones políticas y militares.

El soleado y azulado cielo madrileño de aquel siete de octubre de 1841 recortaba nítidamente la silueta del Palacio Real. Un jinete al galope cruzó las calles de Madrid embozado en un capote de soldado. Cerca de la calle del Arenal se encontró con otro jinete vestido de uniforme de general que al momento le reconoce como Juan de la Pezuela. Tras breve conversación, los dos a rienda suelta se dirigen al Palacio Real. En ese desenfrenado galope hacia la puerta de la plaza de Oriente logran superar a la Guardia Real sin darles tiempo a hacer un solo disparo; en la plaza de Bailén se les unió el teniente coronel Ramón Nouvillas al cargo de dos regimientos de infantería de la Princesa y de un joven oficial de nombre, Manuel Boria. Al tiempo, por la plaza de la Armería del Palacio de Oriente, otro grupo de soldados al mando de Manuel Gutiérrez de la Concha en connivencia con la guardia entran por la puerta de coches que da paso a la gran escalera. Arriba, los alabarderos conscientes de la situación, reaccionaron rápidamente sustituyendo sus alabardas por las carabinas que tomaron del cuarto de guardia, atrincherándose tras sacos de legumbres que cogen de la despensa real. Los acontecimientos se precipitan en minutos. Para obstruir la subida de los asaltantes arrojan los garbanzos que contenían los sacos. Diego de León desprovisto de su capote de soldado y vestido con su uniforme de general de Húsares de la Princesa se dispone sable en mano al asalto del Palacio Real para rescatar a su reina-niña, él así lo cree. Pero tan inestable leguminosa hizo imposible la subida por la imperial escalinata. La situación le lleva a negociar durante largas horas y sin resultado con el coronel Dulce que manda los guardias, mientras que el grupo de asaltantes que penetraron en palacio por la puerta de la plaza de la Armería buscaban a la reina entre las habitaciones para rescatarla y llevársela.

Entretanto, la condesa de Espoz y Mina, teniente de aya de la reina-niña, severa en su carácter y siempre de negro en el vestir como recuerdo a su difunto esposo el guerrillero y general progresista, Francisco Espoz y Mina, intentó mandar algún mensaje al intrépido general para que depusiera el fuego ante el cariz que tomaron los acontecimientos, o que algún disparo perdido pudiera poner en peligro a su majestad. De hecho como medida precautoria, la reina-niña junto a su hermana la infanta Luisa Fernanda, el profesor de canto, Juan de la Vega y la teniente de aya, permanecieron en una sala cuyas puertas fueron atrancadas para evitar la entrada de los asaltantes; pero Diego de León sin haber llegado a percibir indicación alguna al respecto y por propio instinto, coincide en los temores de la condesa y, pese a saber las consecuencias a las que su acto irremediablemente le abocaba, mandó parar el fuego. Mientras, las milicias liberales de Espartero, al mando del diputado Manuel Cortina tomaron posiciones para reducir a los asaltantes. El conde de Belascoáin percibiendo el fracaso de su “rescate” dio orden de retirada y de nuevo sobre su caballo seguido de un grupo de sus húsares cruzó el Campo del Moro sorteando a los soldados que intentaban detenerle. No abandona el sable que blande en su brazo cuando su caballo cae al saltar un obstáculo. Logró escapar a pie y comprar otra montura que le permitió dirigirse a Colmenar Viejo donde un pelotón de soldados perteneciente a su propio regimiento de Húsares y a cuyo frente se hallaba un antiguo subordinado y compañero de armas, le ofreció una huida que no aceptó prefiriendo arrostrar las consecuencias de sus hechos. El pelotón le escoltó preso de vuelta a Madrid con los honores que se da a un héroe de leyenda y al que se le otorgó la merecida mención de ser «la primera lanza de España». Con esta aureola fue conducido preso al antiguo colegio Dominico de Santo Tomás.

El catorce de octubre de 1841 una carreta atravesó las calles de Madrid llevando a uno de los generales más admirados por el pueblo. Marchó altivo cruzando la Puerta de Toledo, vestido con su glorioso uniforme de gala de Teniente General y condecoraciones. La noche anterior el joven oficial cenó tranquilamente e instruyó a su asistente para que una pequeña medalla colgada de su cuello fuera depositada dentro de la herida que más cerca estuviese de su corazón. Le acompañaba el oficial Manuel Boria con semblante sereno y sonriente ante su destino final como si este no fuera la descarga de fusilería que terminaría con su vida. Al mismo tiempo, otros militares serían igualmente conducidos para ser pasados por las armas. Llegados a un descampado, Diego de León pidió antes de morir tomar la palabra y pronunció:

«Señores, las charreteras que llevo sobre mis hombros las he adquirido a costa de mi sangre. En cuantas acciones me he encontrado, en todas me he comportado como militar pundonoroso; si no he hecho más no ha sido por falta de valor ni de voluntad, sino porque no he hallado otras ocasiones en que servir a mi Patria. Muero, pues, tranquilo al considerarme inocente por el testimonio de mi conciencia. ¡Viva Isabel II! ¡Viva la libertad! ¡Adiós, señores, hasta la eternidad!»

El pelotón se preparó para la ejecución y Don Diego de León exclamó dando la orden a sus ejecutores: «¡No tembléis, disparad al corazón!» como si fuera una premonición, la descarga no acabó con su vida pues el pelotón no mantuvo firme el pulso ante la venerada personalidad de su general a quien debían fusilar. Hubo que darle el tiro de gracia.

Acababa de escribirse una tragedia para la historia, pero el honor y el valor se sobrepusieron a otras consideraciones. La reina María Cristina siempre y hasta su muerte, mantuvo en su residencia un precioso cuadro de Don Diego de León. Fue su personal tributo.

Íñigo Castellano Barón

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
1 comentarios