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Humor, ironía y “mala leche”

Gregorio Sánchez (1932-2017), 'Chiquito de la calzada'. (Foto EFE).
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Gregorio Sánchez (1932-2017), "Chiquito de la calzada". (Foto EFE).

LA CRÍTICA, 19 JUNIO 2021

Por Carlos cañeque
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Una de las consecuencias de la crispación reinante en nuestro país es que estamos perdiendo el sentido del humor. El humor ofrece muchas ventajas: nos mejora el ánimo, relativiza nuestras acaloradas ofuscaciones, crea distancias y permite perspectivas y horizontes nuevos. Sin algo de humor, sin un poco de ese juego de la imaginación y el ingenio, cualquier trámite protocolario puede terminar, en nuestro abrasivo país, con el intercambio de voces e insultos. La tensa polarización en las últimas campañas de Cataluña y Madrid es buena muestra de ello. Y no es que nos falten payasos, lo que nos falta es buen humor e ironía, y algo de metafísica, como diría Pessoa. (...)

... ¿Pero cuál es la diferencia entre el humor y la ironía? ¿Dónde está la línea que separa las arenas de uno de las de la otra? Tal vez la ironía sea una forma refinada del humor. En la ironía hay humor menos explícito, más sutil e inteligente, y busca la sonrisa reflexiva mucho más que la sonora carcajada. Fernando Savater dice en mi película Queridísimos intelectuales (del placer y el dolor) (disponible en Filmin) que el humor español es una forma de mal humor, ya que se ríe del que se cae bajando una escalera, del que tropieza andando por la calle y termina en el suelo. Es un humor, continúa Savater, que no puede prescindir de la “mala leche” que nos caracteriza y que podemos encontrar en ejemplos que van desde Quevedo a Valle Inclán o Cela. La “mala leche” española procede de la frustración y del resentimiento, de una caldera que a tan altas temperaturas termina explotando. Frente al humor español, Savater sitúa el caso del humor inglés, más aforístico y filosófico, más amable, como el que encontramos en las comedias de Shakespeare o en toda la obra Oscar Wilde; o el del humor francés, en obras como las de Moliere o Jackes Tati.

Yo diría que el contexto que acompaña con frecuencia la tradición del humor español es el de la precariedad y la miseria. No estoy seguro de compartir con Savater su arriesgada postulación. No creo que en la picaresca, en obras como El lazarillo o El buscón, sus autores tuvieran el objetivo de producir humoradas y burlas. Porque también podríamos considerarlas obras muy tristes y dramáticas, o al menos tan tragicómicas como La celestina o el Quijote.

Tal vez el humor español sea más sarcástico y cruel que otros. Si comparamos a los desgraciados niños de Dickens con nuestro no menos desgraciado niño, el Lazarillo, la atmósfera del autor inglés tiene menos espacio para el humor que el que se permite en la picaresca o en el Quijote. Comenzando por el nombre: Lazarillo es el mordaz diminutivo de Lázaro, el que se levantó y anduvo en el contexto de un pasaje bíblico y mitológico. Algo muy parecido ocurre con el nombre Nazarín, diminutivo de Nazareno y título de la novela de Galdós y de la estupenda adaptación cinematográfica que hizo Buñuel.

No me parece que el Quijote tenga “mala leche”. Aunque pueda leerse como la burla perpetrada hacia un hombre que se ha vuelto loco, no es, sin embargo, una obra que muestre trazos de crueldad. El autor quiere que nos enamoremos de su personaje y por eso lo perfila eventualmente sabio y loco, pacífico y beligerante, siempre bondadoso y solidario, jamás cruel con nadie. Su relación con Sancho es el centro del texto, por eso es la gran novela de la amistad. Salvo en la delirante proyección hacia Dulcinea, el amor y el erotismo son elementos mínimos si los comparamos con esa amistad que crece entre los dos protagonistas hasta que la muerte los separa. En el Quijote veo mucha más ironía que humor. Siempre pienso, como insinuó Unamuno y matizó después María Zambrano, que Cervantes parodió, acaso de forma algo inconsciente, la figura de Jesús mucho más que cualquier otra. De alguna forma, Jesús y don Quijote son precursores del romanticismo.

Todo en el Quijote me resulta paradójico. Por ejemplo, el movimiento de los dos protagonistas. De un lado, su situación es muy estática. Don Quijote y Sancho recorren con sus animales el campo español y conocen a personajes que, como en la Comedia, aparecen y desaparecen. Siempre se regresa a la imagen que ocupa casi toda la novela, a la de los dos protagonistas con sus animales, a la paradoja de “un movimiento estático”. De tan invariable, su viaje estático es casi teatral: es un largo diálogo entre dos personajes que, por los delirios del protagonista, podrían acercarnos a veces a una pieza del moderno teatro del absurdo. Pero de otro lado, el movimiento es constante, ya que no dejan de viajar, de encontrarse con personajes que cuentan historias (el Quijote es un palimpsesto de cuentos y novelas dentro de la novela). Además, toda la historia que se nos cuenta en castellano es, en la ficción de la novela, la traducción del autor árabe Cide Hamete Benengeli. Esto, que podría resultar un procedimiento caprichoso, me parece muy irónico. Como también me lo parece el detalle que nos ofrece el autor, asomándose con su propio nombre, Miguel de Cervantes, en boca del cura en el donoso escrutinio al valorar La Galatea (obra de Cervantes): “Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos”. Y en la segunda parte, Don Quijote se entera de que se ha publicado un exitoso libro sobre él… Estas magias internas del Quijote no son humoradas, son magníficas descargas de ironía.

Creo que la ironía es el objetivo más importante de cualquier artista o escritor. La ironía eleva todo discurso a la máxima categoría estética. Cuando hay ironía hay inteligencia. Pero no siempre va acompañada de humor. En Mientras agonizo de Faulkner no hay humor, pero sí ironía. El precario viaje (otro viaje que ocupa casi toda la novela, como el del Quijote y Sancho) de esos hermanos para enterrar a su madre casi a rastras contiene mucha ironía. El puro humor hace más prosaica la ironía, la envilece. Tal vez eso sea un prejuicio injusto instalado en las más altas esferas institucionales. Pensemos en los poquísimos premios que se han concedido a comedias en festivales como el de Cannes, el festival internacional de cine más importante del mundo.

En la tradición occidental tampoco se ha valorado mucho el humor. En el teatro griego el humor es casi inexistente, y a Shakespeare lo recordaremos más por sus dramas (Hamlet, Macbeth, Otelo) que por sus comedias. Creo que en el teatro español, en autores como Calderón y Lope, tienen mucha más cabida el humor y la ironía.

Confieso que cada vez que alguien anuncia que va a contar un chiste siento una sensación desagradable, casi una suerte de miedo. Miedo a tener que reír al final, a que el chiste no me parezca ni siquiera ingenioso, a la falsedad de mi propia risa forzada. No sé si podemos hacer una clasificación de los distintos humores existentes. En alguna de las entrevistas que le hicimos para el libro que le dedicamos, Berlanga nos dijo a Maite Grau y a mí que sí veía un humor propiamente español. Un humor que se diferencia del anglosajón o del judío y en el que abunda el humor negro y la “mala leche”. Lo veía más cercano al humor italiano que al francés, el inglés o el alemán. En este último apenas apreciaba su mera existencia. Berlanga ha contribuido, no solo a elevar la calidad del humor español, sino a introducir grandes dosis de fina ironía. Eso sí, la ironía berlanguiana en El verdugo y Plácido tiene camiones de “mala leche”.

La yuxtaposición de dos imágenes puede ser muy irónica. El contraste entre lo que se espera y lo que se obtiene puede convertirse en una fuente inagotable de ironía. Por ejemplo, en demasiados casos, las cárceles no reinsertan al preso provechosamente en la sociedad, sino que lo convierten en doctor en delincuencia. Al Lazarillo lo encomiendan a un cura que, paradójicamente, le instruye en las mejores argucias delictivas. Berlanga nos contó una idea que no desarrolló nunca en un guion. Consistía en una reunión internacional para la paz “que terminara a hostias”. Y mi querido escritor ya fallecido, Javier Tomeo, decía que el único problema que le veía a la palabra paz era la z de zorra… El contraste entre lo esperado y lo conseguido. Algunos sociólogos como Peter Berger han introducido, en este sentido, el concepto de la ironía en las ciencias sociales; y el filósofo Reinhold Niebuhr utilizó esta pulsión (que contrasta lo esperado y lo conseguido) en su libro La ironía de la historia americana (1952). Marshall McLuhan alcanzó la ironía en su paradójico y estratégico mensaje más difundido y publicitario: “el medio es el mensaje”.

La risa puede tener una función antropológica y catártica. Ya que libera endorfinas, algunas teorías médicas atribuyen a la risa efectos beneficiosos para la salud. A veces, en una sociedad concreta, la risa puede ser un instrumento crítico o subversivo. El humorismo abre una vía potencial de inteligencia liberadora, corrosiva e hiriente. Para Shopenhauer la risa se produce sobre todo en lo inesperado e insólito, en la creación de un espacio que rompe con la lógica y la racionalidad. Freud consideraba el chiste como la más social de las operaciones psíquicas que conllevan una ganancia de placer. Para él, el chiste tiene un carácter lúdico ya que “es un juicio que juega y que se convierte en el principal sucesor del juego infantil en esa constante búsqueda de placer propia del ser humano” (El chiste y su relación con el inconsciente. Freud, 1905, p 12). Uno de los puntos que señala Freud cuando comenta el caso de Don Quijote es que éste (como Jesús) no tiene ningún sentido del humor.

Tanto para Freud como para Henri Bergson (en su libro La risa, 1899), lo cómico implica cierto nivel de crueldad. Para Aristóteles, la risa es exclusivamente humana (aunque yo pienso que mi Fox Terrier tiene mucho humor y que a veces se ríe de mí a carcajadas…)

El humor es una expresión que interpela, con mayor o menor ingenio e inteligencia, a una percepción cultural determinada. ¿Podríamos pensar que el humor de Tip y Coll es más inteligente que el de Chiquito de la calzada? He de confesar que con Chiquito me ha ocurrido algo que me parece muy curioso. Primero pensé que era el ejemplo del humor más grueso y vulgar que había conocido en toda mi vida, pero con el tiempo empecé a descubrir su capacidad de crear un lenguaje propio y unos caracteres y situaciones muy originales. Hoy veo a este personaje analfabeto que creó Chiquito como un renovador del lenguaje y como un digno discípulo del mismísimo Samuel Beckett.

Carlos Cañeque es profesor de Ciencia Política en la UAB, escritor y director de cine.
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