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¿Qué está pasando con la pandemia?

Ilustración: RTVE.
Ilustración: RTVE.

LA CRÍTICA, 22 MARZO 2021

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No puedo comprender el motivo por el que se está limitando la producción de vacunas a las empresas farmacéuticas instaladas en algunos pocos países. Bruselas esperaba distribuir 160 millones de vacunas de todas las marcas en el primer trimestre y de momento solo se han repartido 70. Si se trata de salvar vidas y de mejorar la agónica economía mundial, ¿no saldría (...)

... mucho más a cuenta subvencionar fábricas e infraestructuras en el máximo número de países? Cuanto más tiempo pasemos esperando nuevos envíos, más fácilmente llegarán una cuarta y quinta ola. ¿Cuánto costaría una fábrica de Moderna o de las otras vacunas en España? ¿En cuánto tiempo se podría construir? Los estados y las organizaciones internacionales deberían coordinarse para ayudar a financiar este objetivo de producción a gran escala, negociar sus patentes y extender una alfombra roja a los técnicos y expertos que llegasen desde el extranjero. No tiene sentido sanitario ni económico esta lentísima fabricación y distribución actual. Además, la construcción de estas fábricas e infraestructuras no solo serviría para esta pandemia, sino para las que, según los expertos, van a llegar en el futuro.

La pandemia se ha llevado muchas vidas y ha cambiado nuestra forma de vivir, pero no creo que todo lo que nos ha impuesto sea negativo. Por ejemplo, el teletrabajo era ya una clara tendencia que la pandemia ha acelerado muchísimo. Este forzoso experimento se ha convertido en un gran hallazgo para muchas empresas que han descubierto en el teletrabajo ventajas insospechadas antes. El ahorro en espacios, oficinas, en tiempo y dinero en el transporte es un hecho ya innegable, y consecuentemente las relaciones laborales tendrán que modificar su legislación para adaptarse a las nuevas realidades. Con el teletrabajo muchas personas y empresas están comenzando a instalarse en pequeñas ciudades o pueblos rurales cercanos a las grandes urbes, donde la vida es menos cara y más sana. El que el alquiler o la compra de pisos u oficinas sea más barato reduce el problema del espacio: el teletrabajo necesita más espacio domiciliario al tener que albergar a una familia con hijos en los pisos demasiado pequeños y caros que hoy ofrecen las grandes ciudades. Entiendo que si en estos nuevos destinos hubiera una mayor calidad educativa y sanitaria, el desplazamiento hacia esas zonas podría llegar a ser masivo y global. Pero también en el ámbito de la educación, incluso cuando pase la pandemia, las clases online podrían ir sustituyendo a gran parte de las presenciales. Acaso en los servicios sanitarios es donde habría más problemas para acceder a hospitales cercanos.

En el comercio, millones de personas han descubierto con la pandemia las ventajas de la teletienda. No paro de encontrarme a entusiasmados amigos que con el virus han descubierto Amazon. Y es que no son opiniones, son hechos muy claros: es más cómodo y seguro que te lo traigan a casa, y más barato, sobre todo si se cuenta el dinero del transporte y el tiempo que nos quitan los desplazamientos para ir a comprar. Son revoluciones silenciosas que están cambiando el mundo en muchos sectores.

En el ámbito de la cultura y del ocio, la pandemia ha ayudado a las plataformas digitales a fagocitar (tal vez definitivamente) las salas de cine, los teatros y los espacios para conciertos. Hay televisores y ordenadores cada vez más baratos con pantallas cada día mejores y más grandes. Es también una revolución sedentaria, sin estridencias, pero muy contundente; y no necesariamente nos tiene que abocar a un horizonte distópico. Eso sí, el tipo de socialización será más individual tanto en la interacción laboral como en la personal.

Finalmente, la pandemia, en su relación con Internet también ha potenciado cambios importantes en lo político. Twitter y las otras redes sociales han incrementado la polarización y el populismo hasta grados intolerables que a veces parecen incompatibles con la democracia liberal. Barrunto que muy probablemente tendremos que diseñar una democracia que ponga algunos límites, que baje la temperatura de los debates, que normativice un máximo de convocatorias electorales, que tienda al bipartidismo y que sancione severamente las fake news. Puede resultar paradójica, conservadora o autoritaria esta forma de limitar algunas normativas actuales de la democracia, pero pienso que tal vez sea la única manera de resucitar a Locke, Montesquieu y Tocqueville, así como de cortar la hemorragia que supone seguir produciendo gobiernos frágiles o de coalición ingobernables.

La vieja dicotomía hobbesiana entre libertad y seguridad se replantea ahora incluso en no pocos pensadores y sectores de izquierda que, observando las medidas que están tomando algunos países asiáticos frente a la pandemia y la eficacia que estas aportan, están dispuestos a plantearse perder parte de su libertad para ganar en seguridad. También hay entre ellos quienes temen sacrificar las libertades conseguidas desde la aparición del Estado del Bienestar que comenzó en los años treinta del pasado siglo. Por ejemplo, el joven filósofo y activista croata Srecko Horvat, un anticapitalista convencido, postula la necesidad de cambiar el sistema para salvar a una civilización que enfila el camino pedregoso que nos llevaría al apocalipsis más distópico. Para Horvat hay que reaccionar ya, desprendiéndonos de ideas obsoletas como las fronteras, las identidades nacionales o el liberalismo económico. En su radical e ingenua visión de la nueva sociedad proyecta sus temores hacia la tecnología y cree que, aun siendo eficaz en muchos aspectos, pueda convertirse en un nuevo monopolio global de dominación. En China, prosigue Horvat, cuando alguien va por la calle está vigilado por infinitas cámaras con reconocimiento facial, y ahora también por sensores térmicos que le pueden expulsar de un supermercado por tener 37 grados en su cuerpo. Es el panóptico foucaultiano instalado y generalizado en cualquier rincón del planeta. A esto le llama Horvat “dependencia maquínica” ya que nuestros actos, finalmente, dependen de una tecnología opaca que pertenece a empresas privadas controladas por pocos individuos. En los países asiáticos la población acepta unas tecnologías que en Europa nos parecen invasivas. Tal vez, el espacio razonable y no incompatible con el capitalismo sea la adopción de una tecnología descentralizada que reduzca la gestación de grandes monopolios como los ubicados en Silicon Valley.

Lo que parece claro es que este histórico tiempo de pandemia actual conllevará la aparición de todo tipo de profecías, desde las que podrán entroncarse con la tradición liberal hasta aquellas que, como las que postula Horvat, mezclarán algunas ideas que podrán resultar originales y lúcidas con otras disparatadas soluciones radicalmente rupturistas. En este sentido tendremos que estar muy atentos a la nociva proliferación de populismos y corrientes simplificadoras que sin duda fomentan las redes sociales cuando se adentran en el terreno político desde las máscaras del anonimato que permiten Twitter y otras redes sociales. Acaso sea esta esfera disfrazada de participación centrífuga y democrática la principal amenaza de nuestro sistema de libertades.

Carlos Cañeque es profesor de Ciencia Política en la UAB, escritor y director de cine.

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