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Nuestro populismo comunista

(Ilustración: iStock)
(Ilustración: iStock)

LA CRÍTICA, 16 MARZO 2021

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Es de reconocer la sorprendente agudeza del gran economista Shumpeter cuando –con espíritu profético– sentenciaba que «en un importante sentido el marxismo es una religión… lo mismo que para cualquier creyente, el adversario no está simplemente en un error, sino en pecado… la disidencia no sólo es condenada intelectualmente, sino también moralmente… no puede haber ninguna excusa para ella desde el momento en que el mensaje ha sido revelado». (...)

... No cabe duda de que tan lapidarias afirmaciones, marcan dos obligaciones insoslayables de todo creyente marxista: la primera, es la de un perpetuo “apostolado” en pro de la causa; la segunda, la de una perpetua lucha contra todo aquel “pecador” que se le opone. ¿Pero cómo hacerlo en pleno siglo XXI, si, en el pasado siglo XX, el comunismo ha sido un almacén de fracasos económicos, sociales, políticos, de pérdida de libertades e, incluso, de sangre y hambre? Pues “haciéndolo”, porque la fe en el “milagro marxista” arrastra todavía a mucha gente desinformada, susceptible de ser reclutada con señuelos de mundos felices y justicias futuras. Siempre hay pequeños banderines de enganche que todavía “molan”: la modernidad, el feminismo, el medio ambiente, la rebeldía contra toda autoridad, etc. Incluso lo “divertido de la movida” es un señuelo que todavía mueve mentes adolescentes. Todo vale si suma. Y aquí entra el populismo que, en esencia, es ofrecer lo imposible sin disponer siquiera de lo posible, ni saber cómo allegarlo.

Y con estos mimbres, nuestra “nueva” sociedad española hace equilibrios populistas. Hay populismos de ultraderecha y de ultraizquierda. A España la ha tocado populismo de ultraizquierda, es decir, comunista –es decir, de partido único y sin urnas, es decir, totalitario– sorprendentemente inmerso dentro de un Occidente democrático, único sistema que ahorra y desarrolla. Y aquí los tenemos: cuatro millones de jóvenes desinformados imponiendo su ley, su inexperiencia y sus caprichos, que no sus conocimientos, flacos de lecturas, de pensamiento y, sobre todo, de experiencia y de juicio. Pero su peso numérico ha generado el “régimen” en que nos movemos, en el que osan dirigir a sus abuelos que tuvieron mejores planes de estudio –plan 38, plan Villar Palasí y derivados–. Porque, no olvidemos, la Universidad proporciona conocimientos y la vida experiencia, es decir: el cómo, cuándo, dónde y en qué medida se aplican aquéllos.

Y es que, desde el inicio del siglo XXI está irrumpiendo en España una nueva sociedad civil, protagonizada por una juventud que ha vivido sin austeridades y educada bajo la LOGSE –el plan de enseñanza más adoctrinador y más flojo del último siglo– claro manipulador de la verdad histórica. Los frutos resultantes los estamos viendo: formaciones populistas de ideología totalitaria comunista, bolivariana, asamblearia y de plazuela. Incluso con “fans” henchidos de un enternecedor entusiasmo por la causa comunista, directamente proporcional a su desinformación histórica. Lamentablemente, ni los libros, ni el colegio, ni sus padres les han hablado jamás de Lenin y sus sucesores, ni de las “hazañas de sangre y hambre” con que laminaron a Europa durante 72 años.

Pero la conquista del poder a cualquier precio y el “luego ya veremos” preside la acción del juvenil pensamiento marxista/populista. Su creatividad política sabe mucho de tópicos de colegio mayor. Sin olvidar lo que decía el Premio Nobel Czeslaw Milosz: «Los totalitarismos no se imponen de golpe. Avanzan poco a poco, tienen que convencer, seducir por fases, inocular sus venenos, implantar minuciosamente el germen del odio». Porque en el nuevo marxismo populista español el odio antisistema es el centro. Y recordemos que el odio es un factor sumamente rentable por la enorme y primaria “energía” que genera, tan útil para implantar dictaduras. Incluso, a juzgar por lo que se observa, podría decirse que ese odio que denunciaba Milosz se extiende no sólo a la ideología sino también los modos, maneras, ideas, creencias, comportamientos, estilo, costumbres, vestimentas y hasta el código genético de aquéllos que se les oponen.

Además, nuestro adolescente populismo bolivariano defiende con entusiasmo los caprichos históricos que les han “contado” sobre la historia de España. Para un marxista/populista español, la historia de España empieza con la Guerra de la Independencia, porque, según lo que les han dicho, fue el momento en que el pueblo español –no sus autoridades– tomó las armas contra el invasor. Todo ello bien aderezado democráticamente con el hecho de que el pueblo sublevado hizo brotar en Cádiz la Constitución de 1812 –“la Pepa”– que, al parecer, purificó todos los males totalitarios anteriores. “Lástima que sus marxistas inductores y sus inocentes inducidos no repararan en las alusiones de la Pepa a Dios, al rey y a la patria unitaria”. Naturalmente, con estos antecedentes, ni los visigodos, ni la Reconquista, ni los Reyes Católicos, ni los Austrias, ni los Borbones les merecen el más mínimo respeto. Pero lo más triste es el calificativo de genocidio con que bautizan nuestra colonización de las Américas. Qué decir de su vergonzante concepto de patria: no podemos olvidar a aquel peculiar presidente que nos hablaba de la patria como de un algo “discutido y discutible”.

Nos cuentan también que la rebelión de julio de 1936 fue ilegítima e innecesaria: tan sólo fue un capricho de militares fascistas. Sería muy deseable que leyeran a Ortega y Gasset –brillante filósofo y diputado en la II República española– que, en el “epílogo para ingleses” de su famoso libro “La rebelión de las masas”, agradecía a los ciudadanos de la Gran Bretaña su libre y democrática opinión sobre los trágicos sucesos que acaecían en nuestro país, pero les reprochaba que no se hubieran informado previamente sobre las causas que provocaron esa rebelión de la «media España que no se resigna a morir», que diría Gil Robles, jefe de la oposición. Porque, por esas fechas –según cuentan historiadores españoles y extranjeros de ambas ideologías– España era una selva: un número elevado de asesinatos, centros públicos y religiosos ardiendo, irrupciones violentas en las casas particulares buscando rosarios, estampas y demás “piezas subversivas”, etc. La guerra nunca habría tenido lugar sin la gran erosión que sufrió la democracia durante este período [gobierno del Frente Popular febrero de 1936/julio de 1936] sentenciaba el gran historiador hispanista Stanley Payne. Estaba claro, por tanto, que las actividades del gobierno no parecían perseguir el bien común y, por tanto, se justificaba el derecho de rebeldía, teorizado por el filósofo Locke y admitido por el sentido común del pueblo oprimido y por la inmensa mayoría de los grandes pensadores civiles y religiosos. «La ley injusta no es ley» sentenciaba Tomás de Aquino.

Pero los nuevos marxistas reencarnados en populistas nos sorprenden también con otras ocurrencias llamémoslas “excéntricas” y con su curiosa interpretación de la defensa de los derechos humanos: pareciera que los únicos colectivos oprimidos en nuestra geografía hispana han sido las mujeres (violencia de “género”); los colectivos LGTB, contra los que, supuestamente, nos hemos cebado en vejaciones e intolerancias, aunque muchos tuviéramos otras ocupaciones mentales y descubriéramos a “edad madura” las variantes técnicas de las citadas cuatro mayúsculas; y, por último, pareciera también que los oprimidos animales hubieran alcanzado en las mentes populistas un nivel más alto que el ya no tan rey de la creación, al que se aborta sin compasión porque los sabios y entendidos políticos parecen haber descubierto que los no nacidos son un vulgar “saco de células”.

Lo peor de estas banalidades caprichosas es que siempre tienen su coste, porque el resultado final de su imposición es siempre el recorte creciente de libertades, que tanto nos ha costado conseguir a la mayoría democrática de nuestra nación, en la que orgullosamente milito. No está tan lejos el trágico recuerdo de la ya citada tiranía marxista de la URSS, paradigma de la gran mentira comunista. ¿Cuánto duraría este populismo leninista de plazuela, que algunos practican? ¿Resucitaría aquel insulto de que “África empieza en los Pirineos”? ¿Sería posible recomponer algún día esa lamentable “definición” continental que en su día nos endilgaron? Mientras nuestro pueblo –el verdadero pueblo– reacciona, soportemos democráticamente el secuestro de libertades y las ocurrencias de nuestros jóvenes bachilleres supuestamente universitarios…

Madrid 15 de marzo de 2021
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