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El Nuevo Macartismo

'Creíamos que la distopía de Orwell era una simple pesadilla literaria, exagerada e imposible. Desgraciadamente estábamos equivocados.' El Autor.
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"Creíamos que la distopía de Orwell era una simple pesadilla literaria, exagerada e imposible. Desgraciadamente estábamos equivocados." El Autor.

LA CRÍTICA, 12 DICIEMBRE 2020

Por Manuel Pastor Martínez
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Igual que Marx no siempre fue responsable de todo Marxismo, McCarthy tampoco lo fue de todo Macartismo. Este “ismo” fue en gran medida un monigote ideológico de la Kominform creado por los comunistas y progresistas para su “agit-prop” contra el populismo de McCarthy, y de paso contra todo el liberalismo conservador en EEUU y Occidente durante la Guerra Fría. (...)

“Fascista” se ha convertido en el insulto político, facilón y vulgar, preferido de los progres en todo el mundo y del Nuevo Macartismo.

... Parece que fue el sinólogo americano Owen Lattimore, consejero del nacionalista Chiang Kai-shek (en realidad Lattimore era agente secreto comunista pro-Mao Tse-tung), el primero en emplear el término “Macartismo” (en inglés, “McCarthyism”) al estallar la guerra de Corea, en sus memorias Ordeal by Slander (Boston, 1950).

Como insultos políticos, “fascismo” y “macartismo” son inventos comunistas, respectivamente, de la Komintern, desde 1919 hasta la Segunda Guerra Mundial (excepto en el periodo 1939-1941, durante la vigencia del pacto nazi-soviético), y de la Kominform, desde 1947 durante toda la Guerra Fría, asumidos por todas las izquierdas y el liberalismo progre (incluidos los democristianos).

Ahora (en realidad, desde la aparición de la “Corrección Política” con la Contracultura al final de los años 1960s, esa especie de Inquisición ideológica progre) padecemos el epifenómeno de un Nuevo Macartismo. Hace pocos días Alex Berenson, a propósito del debate sobre el coronavirus chino, denunciaba la “New Age of Censorship” (The Wall Street Journal, Dec. 8, 2020).

En un excelente documental televisivo reciente de Amanda Milius sobre el golpismo anti-Trump, se señalaba a Adam “Schifty” Schiff, el congresista que dirigió el Fake Impeachment contra Trump, como el típico inquisidor de este Nuevo Macartismo, pero creo que ya existía una larga lista anterior de personas merecedoras de tal calificación.

El Macartismo fue derechista, pero el Nuevo Macartismo es izquierdista. Conviene dejar claro que el Macartismo no fue fascismo, sino anti-comunismo. McCarthy fue primero Demócrata (para muchos, incluso héroe en la guerra contra el fascismo japonés), vinculado personalmente al clan Kennedy (protegido del patriarca Joseph Kennedy y “boyfriend” de una de sus hijas), más tarde Republicano (y como tal, jefe del joven Robert Kennedy en el subcomité de investigación del Senado). Demócrata o Republicano, pero siempre anti-comunista y amigo del “China Lobby” pro-nacionalista de Chiang Kai-shek.

El gobernador/senador demócrata-populista Huey Long insinuó agudamente en los años 1930s que el fascismo del futuro, especialmente en EEUU, se presentaría como “anti-fascismo”. Y el escritor conservador William F. Buckley Jr. acuñó el término“anti-anti-comunismo” en 1954 (en un libro con L. Brent Bozell Jr., precisamente en defensa de McCarthy) para caracterizar cierto progresismo.

El Nuevo Macartismo es en gran medida “anti-anti-comunismo” y “anti-anti-socialismo”, y aunque presume ser “anti-fascista” (en sintonía con Antifa), como anticipó Huey Long, presenta rasgos típicamente fascistas.

Todos los populistas norteamericanos de los siglos veinte y veintiuno, derechistas y conservadores anti-Establishment (Demócratas o Republicanos: William J. Bryan, Teddy Roosevelt, Huey Long, Joe McCarthy, George Wallace, Ross Perot, Pat Buchanan, el Tea Party, Sarah Palin, Michele Bachmann… Donald Trump y el Trumpismo) han sido objeto de insultos y descalificaciones.

Ha sido frecuente entre profesores progres de literatura, claramente ignorantes de los conceptos políticos, calificar como fascistas a movimientos populares o populistas americanos recientes: el prestigioso intelectual Harold Bloom, de Yale University, frívolamente lo hizo respecto al Tea Party (en Vanity Fair, Mayo 2011), y una interminable lista de profesores, intelectuales y periodistas lo ha hecho respecto a Trump y el Trumpismo (precisamente por escribir positivamente sobre ellos yo mismo he sido tildado de un “descaro fascista” por el profesor Ángel Berenguer, jubilado de Tufts University, exhibiendo él mismo un descaro ignorante).

“Fascista” se ha convertido en el insulto político, facilón y vulgar, preferido de los progres en todo el mundo y del Nuevo Macartismo.

A mí me lo han llamado simplemente por defender posiciones liberal-conservadoras, y lo que me indigna es lo poco original, pobre e infantil del insulto. Como ha dicho mi maestro el profesor Payne, usar “fascismo” como insulto es trivializar, por la ausencia de argumentos. Yo añadiría que es una estupidez.

Soy un modestísimo “especialista” en el fascismo (autor de una tesis doctoral, dos libros, y más de una veintena de ensayos y artículos sobre el tema), discípulo fiel del reputado como mayor experto vivo en el tema, el mencionado historiador e hispanista Stanley G. Payne, y podría dar más de una lección a quienes usan el término aviesamente.

Por ejemplo, siempre he distinguido el Fascismo del Nazismo. El primero fue autoritario, y el segundo totalitario. Asimismo sostengo que el Franquismo y el Salazarismo, aunque también autoritarios, fueron diferentes del Fascismo. Nunca he sido franquista ni fascista (o falangista), y sobre todo me repugna profundamente cualquier tipo de totalitarismo, el malo nazi o el peor comunista.

Para mí, hoy, en pleno siglo XXI, con la perspectiva histórica e historiográfica existentes, “nazi”, “comunista” o incluso “socialista radical” (“socialdemócrata” es diferente) como denominaciones o insultos políticos me parecen incluso peores o más criminales que “fascista” o “franquista”. Cuando digo “comunista” por supuesto incluyo todas sus variantes y ramificaciones: leninista, estalinista, trotskista, maoísta, castrista, sandinista, chavista, senderista, etc. (y asimismo las múltiples y variopintas iglesias o sectas ideológico-políticas “gramsciana”, “frankfurtiana”, “eurocomunista”, “etarra”, “podemita”, “New Left”, “Black Panther”, “Black Lives Matter” “Antifa”, etc.).

Comprendo que estos matices o distingos resultan polémicos, pero son el resultado de una larga experiencia y reflexión histórica e intelectual (como profesor universitario he explicado las ideologías políticas contemporáneas durante más de 40 años, además de participar en la oposición política anti-franquista, como colaborador del “Viejo Profesor” don Enrique Tierno Galván desde 1968, y secretario de Relaciones Internacionales del PSP entre 1976-78).

Recientemente hemos sido testigos también del Nuevo Macartismo de los censores progres en las empresas Big Tech de las redes sociales (Facebook, Twiter, Google, YouTube, etc.) y en los medios de comunicación tradicionales de EEUU (prensa y televisión: New York Times, Washington Post, CNN, MSNBC, etc.).

Censuran casi todas las informaciones sobre el posible fraude electoral en USA-2020, e incluso evitan mencionar el gran litigio, al margen del fraude, iniciado por Texas ante la Corte Suprema, al que se han sumado de momento otros 18 o 19 Estados. Como insinué en un ensayo anterior, el fraude masivo en Georgia, Pensilvania, Michigan y Wisconsin ha originado una crisis constitucional, y la demanda de Texas y los Estados se fundamenta precisamente en un supuesto caso de “inconstitucionalidad”.

Los escándalos económicos del pelele Hunter Biden (en realidad de la familia Biden), y los sexuales del payaso político Eric Swalwell, graves en sí por sus ramificaciones con el espionaje de China, han sido una oportuna cortina de humo para entretenimiento y distracción de la opinión pública en medio de la profunda crisis constitucional.

Por otra parte nuestro gobierno social-comunista en España también está intentando erigirse en censor o Gran Inquisidor con la propuesta de un “Ministerio de la Verdad”.

Creíamos que la distopía de Orwell era una simple pesadilla literaria, exagerada e imposible. Desgraciadamente estábamos equivocados.

Manuel Pastor Martínez

Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid

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