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Gibraltar fuera del tiempo

Diego de Salinas, último gobernador de Gibraltar. Foto: Wikimedia Commons / Augusto Ferrer-Dalmau / CC BY-SA 3.0. (TERCEROS)
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Diego de Salinas, último gobernador de Gibraltar. Foto: Wikimedia Commons / Augusto Ferrer-Dalmau / CC BY-SA 3.0. (TERCEROS)

LA CRÍTICA, 30 NOVIEMBRE 2020

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Respetado director Valdueza, querido Enrique: Al leer vuestros artículos compruebo, una vez más, que estamos unidos por la misma emoción y el mismo sentimiento de disconformidad ante una situación, como la de Gibraltar, que surge, una y otra vez, en nuestro interior como una llamada a la rebeldía. La componenda y el continuo abandono de nuestros derechos, y de cualquier forma de defensa de lo que es nuestro, nunca nos puede dejar tranquilos. (...)

... Vivimos en un continuo presente y aunque nosotros muy probablemente no veremos una solución digna a este grave problema, que tanto nos afecta, sí podemos estar seguros de que todo nuestro pensar, sentir y escribir podrá ser compartido por los que nos sucedan y, a lo mejor, con poca esperanza, por algún otro futuro gobierno de España que sepa luchar contra la indignidad y la humillación a la que gratuitamente nos somete una potencia extranjera porque el gobierno actual no lo hará, desenfocado, desorientado y empeñado como anda en no defender como debiera la unidad de nuestra Patria. Una España rota y balcanizada será el trágico anticipo de una España débil y empobrecida, para siempre, sin remedio alguno y a merced del mejor postor.

Lo que pensamos y sentimos ante la presencia de una colonia en nuestro territorio lo pensamos y sentimos como si nosotros mismos hubiéramos sido testigos de la usurpación en 1704, o de su pretendida legalización en 1713, como si cualquiera de los dos acontecimientos se hubiera producido hoy mismo. Porque aún hoy continúa la usurpación, la amenaza, la extorsión sin que acertemos a ponerles remedio. Y lo mismo les sucederá a los que vengan después, si no hacemos algo, si nadie hace nada.


Cañón de La Juliana, uno de los buques naufragados. (Foto: www.abc.es)

Todos los años se conmemora en un pueblo de la costa de Irlanda, ante un monumento en el que se iza la bandera de España, el naufragio el 21 de septiembre de 1588 de tres buques españoles pertenecientes a la Gran Armada, enviada por Felipe II para invadir Inglaterra. Los buques se acercaron a la costa para buscar un poco de abrigo ante un fuerte temporal con olas de hasta 9 metros. Un viento huracanado unido a la mar arbolada hizo que nuestros buques (de un total de 24 que naufragaron por toda la costa occidental irlandesa) no pudieran evitar lo inevitable. Pronto quedaron varados y destrozados en rocas para ellos desconocidas. Perecieron en el naufragio más de 1000 soldados y marineros que formaban parte de sus tripulaciones. Los pocos que consiguieron llegar a tierra fueron ahorcados por orden de la reina Isabel de Inglaterra que, por este solo motivo, debió de pasar a la Historia con el sobrenombre de la Generosa o la muy Piadosa atendiendo al trato cruel dado a unos pobres náufragos condenados a morir ahogados o ahorcados, sin compasión alguna, por parte de quien podía o debía de tenerla. Se salvaron solo unos 100 hombres escondidos por los irlandeses que veían a la Gran Armada como una esperanza para librarse del yugo inglés.

Los irlandeses de hoy lo están haciendo muy bien, como corresponde a un pueblo noble y honrado, al recordar y celebrar todos los años a los marinos y soldados españoles que en aquella lejana tierra perdieron su vida. Las exploraciones llevadas a cabo en los últimos once años en el lugar del naufragio han permitido recuperar, entre otros muchos materiales, varios cañones de bronce con el escudo de su fabricante. Al ver hoy estos cañones, muy poco afectados por la acción corrosiva del mar, cualquiera puede tener la fuerte sensación de que 1588 fue aún ayer.

Y más ayer aún nos parecerá el año 1704 cuando los ingleses y los holandeses ocuparon Gibraltar en nombre del archiduque Carlos o más reciente aún el año 1713 cuando el rey francés Luis XIV lo cedió oficialmente a Inglaterra, en un Tratado de Utrecht que hubo de ser aceptado por España para que los ingleses disfrutaran de una base naval adelantada. Debemos de recordar que por intrigas del rey borbón los negociadores españoles no pudieron participar en la redacción del mencionado Tratado, lo que ayudó a que nunca fuese íntimamente aceptado por el propio rey Felipe V ni por todos los reyes que le sucedieron. Y mucho menos por el conjunto del pueblo español.

El tiempo parece comprimirse cuando se estudia la Historia de modo que nada puede calificarse de antigualla, como Picardo y los que le siguen pretenden que sea considerado el mencionado tratado, solo para favorecer sus negocios, sean o no confesables, como muchos que no lo son. Lo que sí es una verdadera antigualla es una colonia en pleno siglo XXI mantenida en nuestro territorio al parecer por los designios y torpes deseos de una marina que aún se cree imperial, y su gobierno, al que, encima, debemos de considerar aliado. Desde 1704 han pasado formalmente muchos años que resultan ser solo un minuto para los que de ningún modo aceptamos que la colonia se consolide de cualquier forma que no sea su plena reintegración a España. Podemos estar a punto de no creer en la política, ni en la capacidad de nuestros políticos para resolver esta forma de humillación permanente. Hoy disfrutamos de un claro y desolador divorcio entre nuestra clase política y la defensa de los intereses de España. Solo podemos tener esperanza si pensamos que eso que llamamos la Roca es solo una pequeña esquirla de la inmensa y granítica losa que es España, no solo en lo material sino también en lo espiritual. Losa que no van a romper ni las intrigas de Inglaterra, ni sus gibraltareños, ni todos los enloquecidos y agarbanzados independentistas españoles que, como cabecitas de ratón piensan que van a vivir mejor solos en un mundo cada vez más complejo y globalizado. España no se va a romper, pero puede naufragar o varar en alguna playa no deseada, o estar a punto de hacerlo porque, ante el duro temporal, parece que nadie toma las decisiones que la situación de emergencia aconseja. Porque no es nada bueno naufragar o simplemente varar, sin pretenderlo, como les sucedió a nuestros sacrificados marinos y soldados en la costa irlandesa en 1588.

Pero me parece, queridos amigos, que ya es el momento de pasar de las palabras, y de los continuos lamentos, a los hechos concretos. A lo que deberíamos o podríamos hacer para propiciar que la colonia nos sea devuelta a la mayor brevedad posible, muy en contra de las inaceptables recientes declaraciones de oficiales de la marina inglesa (a partir de hoy voy a evitar dirigirme a ella como Royal Navy) que, desde la colonia que se les cedió en su día, bajo muy concretas condiciones, tuvieron el atrevimiento de decir de forma tan pedante como insolente, que ellos “allí estaban y allí iban a quedarse” sin querer reconocer que ello solo será posible mientras cuenten con el permiso o la aquiescencia de todos los españoles. “Spanish military” dixit.[1]

Las negociaciones que se están llevando a cabo entre la UE y el Reino Unido para encontrar un acuerdo, que permita un Brexit sin traumas para las dos partes, están poniendo muy nerviosos a los responsables gibraltareños porque, por encima de sus continuas bravatas y desplantes, se están dando cuenta de que su fábrica de billetes, que se reparten entre ellos afanosamente, no es viable sin una fluida comunicación, en todos los órdenes, con la España de la que reniegan. Picardo se ha atrevido a referirse a un inalienable derecho de los gibraltareños a ir a La línea cuando les plazca lo que, en el fondo, quiere referirse, según él, al inalienable derecho a ir y venir a sus lujosas residencias repartidas por todo el Campo de Gibraltar que ahora quieren llamar Gran Gibraltar. O sea, su ideal es mantener abierta a todo trance la fábrica de los billetes para que una legión de despachos de abogados y fenicios comerciantes (judíos, moros, hindúes y algún cristiano) puedan vivir como dioses en la sometida España.

La realidad con la que tenemos que trabajar es que Gibraltar no puede vivir sin el cordón umbilical que lo une a España porque, en el fondo y en la forma, los ingleses no están dispuestos a pagar la factura para que los gibraltareños vivan como viven. Un amigo experto en Gibraltar, de toda mi consideración y respeto, me dice que no es necesario cerrar la verja para resolver el conflicto. Que bastaría con un minucioso control en el tránsito a través de la verja, que bien está que no llamemos frontera. Seguro que es así, pero a mí, en cualquier caso, me parece que la verja podría cerrarse temporalmente mientras la potencia colonizadora no se avenga a sentarse para negociar, con seriedad, una solución al problema planteado digna para todos. Que la hay, y pacífica, como podremos ir viendo. Mientras tanto, para mantener viva nuestra conciencia, podemos gritar a los cuatro vientos: españoles, ¡acaban de invadirnos! ¡actuemos en consecuencia!

Con todo mi afecto y consideración.

Aurelio Fernández Diz

CN (G) (S) (R)

[1] En un reciente artículo, publicado en el blog del General Dávila anuncié la muy probable y próxima declaración de aumento del mar territorial de Gibraltar por parte del gobierno inglés, a costa del mar territorial español, que ahora lo envuelve. Según informaciones de la prensa local este artículo fue tomado en consideración, en dos ocasiones, por la inteligencia gibraltareña refiriéndose al autor del articulo como “spanish military”.

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