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Don Juan Tenorio en tiempos de la Covid-19

Don Juan Tenorio en tiempos de la Covid-19

LA CRÍTICA, 29 OCTUBRE 2020

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La visita a los campos santos, como siempre se han denominado en la larga tradición católica a los lugares sagrados donde descansan los muertos hasta el juicio final, está siendo sustituida, en algunos lugares, por un recorrido cuya finalidad es admirar las piedras, olvidando los difuntos. (...)

... En otros lugares la noche de ánimas es un pretexto para los exhibicionismos demoníacos y orgiásticos del culto al terror y al miedo según el nihilismo postmoderno de la calavera y de la calabaza símbolos, además, de cuernos rojos y fauces draculianas, muy del Halloween de moda, hecho in USA. Pero la terrible pandemia del Covid-19 ha provocado que los vivos no puedan acudir a visitar a sus muertos por temor a contaminarse entre ellos y acompañarlos más pronto que tarde en sus eternos descansos. En algunos lugares se prohibe por decreto ley la noble y cristiana tradición de recordarlos. Cada vez los sufridos ciudadanos españoles se encuentran más aturdidos ante tantas normas y contranormas que confunden más que ayudan. Las voces de ultratumba parecen más fuertes que nunca, mientras la tumbas de los seres queridos parecen contagiar a los vivos.

Incluso el teatro ha bajado el telón a cal y canto y no se escucha el verso de Zorrilla con su Tenorio, émulo y colofón del Don Juan de Moliere y del Burlador de Sevilla del fraile mercedario Tirso de Molina. Introduce el cementerio como lugar dramático esencial que dinamiza y dignifica toda la acción dramática: entre banquetes de convidados de piedra, estatuas que se mueven y con quienes habla, discute y reta; sepulcros que se abren, transcurre el acto tercero, que se acota como: Misericordia de Dios y apoteosis del amor. Sitúa allí, el genial dramaturgo vallisoletano, toda una sucesión de escenas a cada cual más atrevidas y osadas: desaparición de estatuas de sus pedestales; sombras, espectros y espíritus pululan por el escenario como la más atrevida osadía, incluido el mismo entierro de Don Juan que lo contempla aterrado mientras suena el canto gregoriano de difuntos.

Todo culmina cuando Doña Inés, quien había muerto, toma de la mano a Don Juan y le hace declamar aquellos memorables versos repetidos durante siglos, emocionando a los rendidos espectadores, que salían del teatro meditabundos, seducidos por la fuerza de los versos memorables:

Mas es justo; quede aquí notorio / que pues me abre el purgatorio / un punto de penitencia / es el Dios de la clemencia el Dios de Don Juan Tenorio.

Fidel García Martínez
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