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Las aficiones bioquímicas de Rusia y China

Alexei Navalni, opositor ruso envenenado con A-232.. (Foto: www.abc.net.au)
Alexei Navalni, opositor ruso envenenado con A-232.. (Foto: www.abc.net.au)

LA CRÍTICA, 2 OCTUBRE 2020

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Hace unos días, el diario ABC nos informaba sobre el envenenamiento del opositor ruso Alexei Navalni mediante la utilización de una sustancia química de nombre A-232, que el propio medio definía como «arma química de la era soviética con gran potencia letal». Añadía también otro suceso análogo: «con un derivado de esta sustancia, el A-234, una pomada que actúa a través de la piel, fue envenenado en Salisbury el exespía ruso Serguéi Skripal y su hija Julia en marzo de 2018». (...)

... La noticia suscita inmediatamente algunas preguntas: ¿los españoles se enteran de estas cosas o les aburren y pasan de ellas?; ¿los que lo leen analizan los hechos y sacan sus conclusiones con el necesario conocimiento y equilibrio o tienen ya, desde tiempo inmemorial un cliché mental inamovible, inoculado por sus partidos o medios afines? Justifico mis dudas recordando aquella sentencia orteguiana de «las ideas se tienen y en las creencias se está»

Hagamos un ejercicio de realismo de la situación cultural y sociológica de nuestra sociedad española actual: el ciudadano medio español suele actuar, pensar, comportarse y votar en función de la información que recibe, que puede ser “pura y virginal” –difícil estadio–, puede ser inventada o puede ser real pero hábilmente cocinada o recortada. En definitiva, manipulada. Porque en nuestra sociedad española –al igual que en todas las sociedades– hay distintos segmentos de población: personas instruidas, desinformadas, con prejuicios, con ciega obediencia a ideologías, con ciega obediencia a la moda imperante, absolutamente pasotas etc. La diferencia entre los distintos países la marcan los porcentajes de población que integran los grupos antes indicados. Sin olvidar algo que generalmente no suele considerarse: el perfil sociológico de las sociedades, que no es inmutable porque puede variar –o “se las puede variar”– con el tiempo. Es decir, su calidad –medida en cultura y en moral– puede variar.

De entrada, no creo equivocarme si afirmo que a la sociedad española actual no le suele interesar demasiado lo exterior. Se interesa más, por ejemplo, por ciertas exhumaciones y rebeldías juveniles anti-sistema. Tampoco creo equivocarme –y algunos artículos se han escrito al respecto– si afirmo también que nuestra sociedad, a lo largo del último medio siglo, se ha diferenciado de los grandes países de Occidente por su peculiar “escora política de babor”, dicho en términos marineros. En esta línea, hemos observado que la sociedad española ha concedido siempre más fiabilidad a Rusia –antes la URSS– que a los EEUU. Esto es así porque la opinión pública ha sido bien alimentada sectariamente en esa dirección, sobre la base de que, en el llamado período de guerra fría, lo que se planteaba era una tensión política entre dos países al mismo nivel de libertad en lugar de lo que era en realidad: una clara amenaza de la totalitaria Unión Soviética al conjunto de democracias occidentales, que –lógicamente– se defendían. Por tanto, para que nuestra sociedad española alcance el deseado equilibrio político en conocimiento y opinión, deje atrás las citadas escoras políticas y tenga clara la diferencia entre dictadura y democracia, nuestra sociedad necesita de una pedagogía informativa sin complejos en lugar de un adoctrinamiento partidista que es lo que ha venido recibiendo, por acción de unos y omisión de otros. Tratemos de aportar algo a esa necesaria pedagogía.

Empecemos por el tema que nos ocupa. La fabricación y posesión de armas químicas están prohibidas en el mundo desde 1993 por el “Tratado de Prohibición de Desarrollo, Producción, Almacenamiento y Empleo de Armas Químicas y de su Destrucción”, en cuya redacción tuve el honor de participar como Consejero de la Embajada de España ante la Conferencia de Desarme de la ONU. Por aquel entonces, recuerdo perfectamente que la URSS disponía de 60.000 toneladas de armas químicas que la Rusia actual ha heredado. Consecuentemente, de acuerdo con el citado Tratado, la entonces URSS debía destruir esta enormidad de armas químicas. Sin embargo, han sido envenenados con una sustancia –arma química A-232– el opositor Sr, Navalni; y con otra sustancia –arma química A-234– el exespía Serguéi Skripal y su hija Julia. Ello deja bien a las claras que el gobierno ruso dispone de armas químicas y no precisamente de antiguallas, sino de las de mayor potencia letal.

No pretendo exponer “excesos” científicos, pero es fácil constatar, incluso en publicaciones de divulgación, que existen cuatro generaciones de armas químicas, que, de menor a mayor letalidad son las siguientes: las sofocantes, derivadas del cloro; las vesicantes, derivadas del azufre; las tóxico-sanguíneas, derivadas del nitrógeno; y las neurotóxicas o agentes nerviosos, derivadas del fósforo. Estas últimas (tabun, sarin, soman, agente VX, etc) son las de mayor letalidad y a esta generación pertenecen las A-232 y A-234 empleadas para envenenar a las víctimas citadas.


Naturalmente, el gobierno ruso, pese a haber suscrito el Tratado de Prohibición de Armas Químicas antes citado, negará –por activa y por pasiva– tal posesión de estas armas. Pero lo que no podrá negar es lo que el autor de este artículo presenció en 1987 –formando parte de una comisión de Naciones Unidas– en la Base de Shikhany, la mayor instalación de producción de armas químicas del mundo, situada en la orilla derecha del Volga a unos 800 km al sur de Moscú. Allí un estiradísimo teniente coronel soviético nos describió las armas químicas más sofisticadas de que disponían y los 19 tipos de lanzadores que podían utilizar: desde una bomba de mano a un misil, pasando por bombas de artillería y de aviación. A mayor abundamiento, al final de la exposición pudimos contemplar cómo en 20 segundos caía eliminado un enorme cobaya con Sarin, arma química de la cuarta generación, de letalidad muy inferior a la de las armas químicas utilizadas para los envenenamientos referidos.

Recordemos que la URSS de 1987 estaba en la recta final de su supuesta “justicia proletaria” –que duró 72 años y dejó como cuenta de resultados más de 100 millones de muertos–. Gorbachov quería, con espectáculos de este tipo, ofrecer al mundo un gesto de buena voluntad, amor a la paz y supuestos anhelos democráticos. Lo cual era difícil ya que escondía nada menos que un cuerpo de ejército químico de 50.000 hombres, militares y científicos muy titulados y expertos en las disciplinas químicas. Amén de una red de investigación sobre armas biológicas, denominada Biopreparat, teóricamente civil, compuesta por 25.000 biólogos distribuidos en más de 18 instalaciones. Según confesó posteriormente, Yelsin –primer presidente de la Rusia pretendidamente democrática de 1992– habían estado investigando sobre armas biológicas tales como el ántrax, brucelosis, peste, tifus, y otras “perlas” similares, no precisamente destinadas al pacífico consumo farmacéutico.

Como dato anecdótico de mis estancias en aquel supuesto paraíso del pueblo, nunca olvidaré las toscas y ruidosas escuchas telefónicas en el hotel Rossia, orgullo de los soviéticos; las enormes matronas controladoras de entradas y salidas del hotel; y los artificiales espectáculos que allí se organizaban tras las cenas de los delegados de Naciones Unidas, en los que unos supercondecorados Oficiales soviéticos bailaban con elegantes damas vestidas de largo, se supone que para demostrar gráficamente la pacífica libertad y las costumbres burguesas con que vivía el pueblo ruso, lejos de la imagen tiránica con que el mundo occidental los “calumniaba”… Y, sobre todo, nunca olvidaré el pragmático y significativo consejo del Secretario General de la Conferencia de Desarme, que presidía la comisión de la ONU: «no os quitéis la tarjeta de identificación ni para dormir». Detalle que daba cuenta de la libertad que “abundaba” por aquellos lugares, toda vez que nos aconsejaban lucir esa especie de “detente” para evitar incómodas confusiones y subsiguientes problemas

Por cierto que, hablando de estas armas de destrucción masiva –químicas y biológicas– es imposible eludir el inevitable recuerdo del Covid 19 que nos tortura, no sabemos hasta cuándo. Sí sabemos que fue un regalo de la milenariamente misteriosa China, al fin y al cabo discípula ideológica de la URSS. Sí sabemos también que tanto el pueblo ruso como el pueblo chino no han conocido la libertad: ni los zares, ni Lenin, ni Gengis Khan, ni Mao Tse Tung se la concedieron. La realidad es que no sabemos a qué estaban “jugando” sus biólogos con tales virus generadores de nuestra pandemia. Nadie se atreve a aventurar hipótesis sobre el escape del “bichito”, pero el español medio no descarta nada: ¿se produjo a consecuencia de las condiciones antihigiénicas e insalubres de un antiguo y peculiar mercado chino?; ¿fue un error en el desarrollo de una pacífica investigación con fines médicos?; o ¿el error se produjo a lo largo de una investigación no precisamente pacífica y sí posiblemente en algún laboratorio militar?

Según una publicación británica de la Universidad de Bradford, hay fuertes indicios de que China disponga de un programa ofensivo de armas biológicas. Por otra parte, se ha divulgado también por internet la denuncia de Yan Li-Meng, viróloga de la Escuela de Salud Pública de Hong Kong, según la cual el Covid 19 se originó en un laboratorio militar chino y no en el mercado de Wuhan, razón por la cual ha tenido que huir a EE.UU. por temor a ser asesinada. Nada se sabe con certeza y todo está por ver si es que alguna vez llega a saberse algo al respecto. Desde luego, llama la atención el hecho de que, oficialmente, nadie ha dado ni exigido explicaciones de ningún tipo pese a que el mundo entero sufre las incomodidades, los miedos y las numerosas muertes generadas por esta pandemia.

Al respecto, conviene no olvidar la última información publicada por la magnífica revista “Cuadernos de Pensamiento Naval”, que asegura que el presidente chino Xi Jingping ha elaborado una denominada Estrategia 2049 –año del centenario de la llamada República Popular China– que marca como objetivo final convertir a China en la primera potencia mundial. Y llama la atención que persigue tal objetivo no con el peso aplastante de sus cientos de miles de soldados sino con una inteligente penetración comercial basada, entre otras cosas, en un sistema de préstamos a países con debilidades financieras que, ante la imposibilidad de su devolución, se ven obligados a pagar cediendo el control de sus puertos. El caso más llamativo es el del puerto de El Pireo en Grecia.

Eso sí, de tal desarrollo alcanzado y, sobre todo, del previsto, sólo se beneficia el bloque poblacional que podríamos llamar la “Nomenclatura”, compuesta por unos 300 millones de chinos; el resto continúa en la Edad Media. En cualquier caso, estos indicios de desarrollo imperialista para ser la primera potencia mundial -unidos al terrible halo de miedo y preocupación que el Covid 19 ha generado- no son precisamente tranquilizadores. Aunque, si uno se acuerda de Adam Smith y su canto a la libertad de empresa como generadora de cualquier desarrollo, permítaseme dudar del cumplimiento de esa peligrosa estrategia 2049 con la que sueña Xi Jingping. Porque la historia ha demostrado que tiranía política y desarrollo económico son de difícil mixtura.

José María Fuente
Coronel (R) de Caballería, diplomado de Estado Mayor, economista y estadístico
De la Asociación Española de Militares Escritores (AEME)
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