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Memoria y grandeza universal de Borges

El autor Carlos Cañeque con Jorge Luis Borges. (Foto del autor)
El autor Carlos Cañeque con Jorge Luis Borges. (Foto del autor)

LA CRÍTICA, 5 AGOSTO 2020

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Confieso que la primera vez que leí un cuento de Borges a los veinte años (La muerte y la brújula) no lo entendí. No comprendí la trama, no me pareció nada atractivo (las cosas que no se comprenden difícilmente lo son). Tampoco sabía qué era la cábala, central en este cuento policíaco que contrapone al comisario Treviranus (...)

... (siempre apegado a los hechos) con el detective Lönnrot (que está convencido de que el asesino deja pistas cabalísticas que podrían predecir su siguiente crimen). Unos años después comencé mi estancia de tres años en la universidad de Yale. Allí seguí los cursos de doctorado que ofrecía el departamento de sociología dirigido por el español ya fallecido Juan Linz, sin duda el profesor español de sociología política más reconocido internacionalmente. Allí también orienté mi tesis doctoral sobre el fundamentalismo politico-religioso en los EEUU, luego publicada en España (Dios en América. Península. 1988). Entre los más gratos recuerdos en Yale están sin duda mis escapadas al Department of Spanish and Portuguese. Allí conocí al profesor uruguayo Emir Rodríguez Monegal, considerado el principal descubridor de Borges y uno de los mayores especialistas en el autor argentino del mundo. Un día que toda esa universidad de estilo neogótico había amanecido cubierta de nieve, Monegal me invitó a tomar una copa a su casa. Vivía solo en un apartamento lleno de libros, muchos apilados en altas columnas en el suelo. Estaba muy contento porque esa semana le habían otorgado un importante premio en Italia por una biografía literaria sobre Borges que había publicado unos meses antes en inglés. Federico Fellini le entregaría el premio en Roma. Estuvimos hablando durante más de una hora sobre algunos cuentos de Borges que por aquel entonces yo había leído y, de repente, dejó su copa de Bourbon en una vieja mesa de madera, añadió unos troncos al fuego de la chimenea y me dijo sonriendo: “A Borges hay que leerlo en voz alta como si fuera el Génesis de la Biblia”. Entonces tomó un libro y comenzó a leer Funes el memorioso. Se interrumpía en la mayoría de los párrafos para comentar alguna frase. “Fíjate cómo comienza este relato sobre la memoria infinita” me dijo Monegal algo emocionado, como si me estuviera revelando un misterio trascendental: “Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera”. Aquella lectura en voz alta, aquellos sabios comentarios de Monegal que interrumpían el texto en cada párrafo me iban seduciendo y deslumbrando. Yo le seguía entregado por una gruta oscura y él iluminaba con su linterna mágica tesoros, hallazgos y maravillas. Siempre me había interesado la literatura, pero aquella noche experimenté otra cosa, una revelación en toda regla que trascendía la literatura y me adentraba en una suerte de mística alucinatoria. Durante los próximos meses leí cuentos de Borges compulsivamente, y me olvidé un poco de la sociología, de mi tesis y de Juan Linz. Un día Monegal me vio tan entusiasmado que me sugirió que hiciera un libro de entrevistas sobre los cuentos de Borges, entrevistas a partir de “lecturas en voz alta”, y que podría comenzar entrevistándole a él y a su amigo Harold Bloom, que vivía a dos manzanas de su casa. Seguí su sugerencia como si me hubiera encargado una misión y el libro se fue enriqueciendo los siguientes dos años con otros apóstoles borgeanos que Monegal me sugirió y yo perseguí y conocí más tarde: Ion Agheana, Jaime Alazraki, Fernando Savater, Guido Castillo, Harold Bloom y María Kodama (Conversaciones sobre Borges. Destino. 1995). Con su vehemencia irreprimible, Bloom me dijo que Borges debería ser incluido entre los grandes innovadores de la narrativa del siglo XX, junto a Proust, Kafka, Joyce y Faulkner. Él es el quinto, me dijo con autoridad. Recuerdo que le pregunté dónde veía esa grandeza tan universal. Sin dudarlo, me contestó que la veía en la fuerza estética de sus imágenes que a la vez son conceptos. Esa fuerza, recuerdo el adjetivo de Bloom, es “overwhelming” (abrumadora). Creo que la observación del polémico hacedor del canon occidental fue muy certera: la forma que tiene Borges de mezclar imágenes y conceptos es uno de sus grandes hallazgos. Por eso se interesó tanto por la filosofía, la teología y la cábala judía. Conceptos traducibles a imágenes, imágenes disfrazadas de conceptos. Por ejemplo, volviendo a Funes el memorioso, al relato que Monegal me leyó en su casa aquella fría noche de New Haven, se plantea la posibilidad de la memoria infinita, que es un concepto; pero por otra parte el relato está lleno de imágenes. Irineo Funes padeció un accidente que le dejó tullido, en la cama, en una habitación muy oscura (como la del ciego Borges…). Paradójicamente, le dejó también una memoria infinita. Funes percibe su pasado como si todo lo hubiera grabado con una cámara de vídeo de última generación, ve cualquier instante de su vida pretérita con la precisión de su presente. A partir de ese axioma inverosímil, de ese concepto vertiginoso de la memoria infinita, Borges despliega consecuencias e imágenes. A veces, Funes reconstruye en su memoria un día entero de hace muchos años, pero para hacerlo necesita un día entero (en su relato Del rigor de la ciencia Borges imagina también un mapa tan grande y preciso que coincide con el país representado). Es irónico pensar en las semejanzas entre la memoria de Borges (un ciego que antes de serlo vio y leyó casi todo) y de Funes (un tullido que tiene todas, absolutamente todas las imágenes de su vida gracias a un accidente que él considera positivo y liberador). Tal vez Borges pasará a la historia como el autor más lector que ha existido (un lector ciego, como Homero, esa es la paradoja), no tanto porque leyera mucho, sino porque la literatura es la parte constitutiva central en todos sus escritos. El maestro argentino no fue un ciego de nacimiento (me pregunto cómo será la memoria no visual de un ciego de nacimiento), con lo que su memoria pudo recordar los casi cincuenta años en los que pudo ver y leer. La memoria de Funes es a todas luces excesiva, lo que a veces le convierte en un personaje algo cómico por ser incapaz de comprender abstracciones: “No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez”. El juego y despliegue de conceptos (tiempo, memoria, esencia) se yuxtapone a las imágenes más caprichosas (el perro de las tres y catorce visto de perfil, sus caras frente al espejo).

Borges es un autor apasionante, distinto a todos, pero muy difícil. Un autor que no admite lecturas ingenuas, como lo fue sin duda la mía antes de conocer a Monegal y al estupendo equipo de guías de laberintos borgeanos que conocí después. Un día, todavía en Yale, le propuse a Monegal que tal vez podríamos conseguir invitar a Borges a España para dar una conferencia en agosto en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Desde New Haven llamé al entonces rector de esa universidad de verano, Santiago Roldán, y él me ofreció su entusiasmada aprobación. Tres meses después, el 25 de agosto de aquel 1983 (es increíble la casualidad de que el autor escribiera un cuento años antes que tituló con esta fecha exacta), Monegal y yo estábamos esperando a Borges en el aeropuerto de Barcelona. Lo que aconteció los siguientes días en Sitges con Borges, con el que estuve hablando más de una hora en su habitación del hotel Calipolis sobre su relato El sur lo dejo para otra ocasión. Solo anticipo que poco después de nuestra charla fuimos a cenar con J.M. Castellet, Monegal, Kodama y un grupo de la UIMP al restaurante El velero de Sitges, y que allí el maestro fue animado por Monegal a probar el rústico pan de payés catalán. Recuerdo la extraña mueca de Borges mordiendo aquella enorme rebanada mientras enseñaba los dientes y tiraba con todas sus fuerzas agarrándola con sus dos manos. Al acompañarlo al hotel, Borges se quejó de un fuerte dolor en la boca. Debido a la lucha que una encía molar tuvo que librar con la dentadura postiza y el pan de payés catalán, Borges tenía una hinchazón (que yo pude ver asustado) del tamaño de una cereza. Conceptos, imágenes, símbolos, metáforas, laberintos, memoria… Continuará.
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