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El totalitarismo del consenso

Manifestación juvenil del 15 de marzo de 2019 en Madrid. (Foto: Europa Press)
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Manifestación juvenil del 15 de marzo de 2019 en Madrid. (Foto: Europa Press)

LA CRÍTICA, 20 MARZO 2019

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Lucha contra el calentamiento. ¿Hay algo de verdad ahí fuera?

Este pasado viernes 15 de marzo muchos jóvenes han llevado a cabo manifestaciones y huelgas en casi cien países (cerca de 5.000 adolescentes en Madrid y varios miles más en otras sesenta a lo largo de España) movidos por el movimiento internacional “Fridays for Future” pidiendo, entre otras cosas, medidas urgentes contra el cambio climático.

Digo entre otras cosas porque aunque la de Madrid estaba organizada por el Sindicato de Estudiantes y a priori pretendía ser apolítica, ya fuera por la asistencia de grupos políticos con sus eurodiputados al frente, o por la nutrida presencia de juventudes socialistas, enseguida quedó claro por las pancartas: “el capitalismo mata al planeta” que detrás había algo más que la sostenibilidad. Se lanzaron por megafonía consignas de todo tipo que nada tenían que ver con el ecologismo llegando hasta cerca del Congreso de los Diputados a donde no pudieron acceder al grito de “no nos representan”.

Los jóvenes son verdaderas esponjas dispuestas a absorber y tomar como propios cualquier ideal o lucha especialmente si estos son nobles o trascendentes. ¿Qué ideal más noble que “salvar el mundo”? (“Salvemos el mundo”, rezaba otra de las pancartas)

Hemos de tener cuidado con lo que inculcamos a las nuevas generaciones. Los que estamos comprometidos con el cuidado de nuestro planeta sabemos que detrás de la gran verdad de que el ser humano daña muchos ecosistemas con sus vertidos sólidos, líquidos o gaseosos está la gran mentira de que somos los humanos los que estamos cambiando el clima de la Tierra. Y peor aún es hacer creer a esos jóvenes que, cual si fuéramos dioses, vamos a poder controlarlo a nuestro antojo –intentos sí que ha habido– en un futuro alterando tal o cual gas que pueda tener una influencia infinitesimal en el efecto invernadero.

Dejemos que nuestros jóvenes aprendan y con el aprovechamiento adecuado llegarán a tener criterio propio y, puesto que estas cosas se estudian ya en secundaria, podrán llegar a saber –si el gran meme del calentamiento antropogénico (me refiero al concepto de difusión cultural de Richard Dawkins) no ha cambiado para entonces los libros de texto– que es el Sol, la excentricidad de la órbita y la inclinación del eje lo que en estos pocos últimos doscientos millones de años ha regido, rige y posiblemente regirá en un 99,8% nuestro clima.

Podrán llegar a saber que según el esquema básico de circulación atmosférica las masas de aire del hemisferio Norte y Sur no se mezclan y por lo tanto nos engañaron con lo del agujero de ozono de la Antártida. Nos vendieron en los ochenta que el causante eran los aerosoles clorofluorocarbonatos (CFC). Afortunadamente alguien rebatió que el origen fuera exclusivamente humano dado que el consumo de los mismos en el hemisferio Sur no llegaba al 10%.

Podrán llegar a saber que el aire es casi totalmente “transparente” a las radiaciones y no se calienta más que por contacto con los océanos y el terreno. Que el efecto invernadero es necesario para evitar que nuestro planeta sea un desierto congelado. Que el vapor de agua es el responsable del 97% de ese efecto correspondiendo el 3% restante a otros gases entre los que el CO2 es irrelevante. Que el CO2 a pesar de su irrelevancia es tan necesario para la vida como el mismo oxígeno. Que el CO2 de origen humano es una ínfima parte del que se va a la atmósfera por procesos naturales. Que en tan solo una semana el volcán Pinatubo de Filipinas lanzó a la atmósfera tantas toneladas de aerosoles como toda la humanidad en 10 años. Que al igual que ese, hay miles de volcanes activos –algunos sub-oceánicos– lanzando ponzoña y sin embargo vida. Que las épocas en la historia de la tierra con un índice de C02 cien veces superior al actual fueron en las que hubo más desarrollo y eclosión vital.

Podrán llegar a saber que, al margen de los postulados anteriores compartidos por muchos, hay miles de expertos y científicos –casi todos bajo el paraguas del IPCC– que afirman que el calentamiento global que parece apuntar tras el 0,8ºC de incremento en las capas altas de la atmósfera en los últimos años tiene un origen humano y que de seguir esa tendencia en breve desapareceremos.(Según las primeras estimaciones deberíamos habernos inundado hace diez años). Que hay otros tantos miles de científicos excomulgados de ese plantel o que no les permiten ni siquiera debatir que piensan que todo esto del calentamiento es una gran estafa y que en realidad estamos iniciando un pequeño ciclo (la crudeza de este invierno en EE.UU. invita a ello) que derivará en una de tantas eras glaciales.

Deberíamos también dejar que nuestros jóvenes aprendan, aunque tengan que profundizar más allá de la secundaria, que estos movimientos salvadores bajo el paraguas del ambientalismo son una amalgama de filosofías, doctrinas y casi religiones que engloban desde el neomalthusianismo, el ecosocialismo, el protoecologísmo, el feminismo y otras más hasta llegar hasta el ecocentrismo que nos haría adorar a Gaia o la Pachamama, cuyo defensor y promotor es Pentti Linkola quien no duda en afirmar que sería necesario liquidar a una buena parte de la humanidad para mantener un equilibrio en el planeta. Tal vez así la Madre Tierra no nos castigaría con sus volcanes y terremotos.

Por último, habría que enseñar a nuestros jóvenes que sólo hay un impulso más poderoso que el de salvar el mundo por el que ellos abogaban en la manifestación del día 15 y es el de dominarlo y que hay magnates disfrazados de personas altruistas que están dispuestos a ese dominio aunque para ello tengan que doblegar y corromper a la mismísima ONU. No es tarea difícil. Allí hay cientos de miles de funcionarios apesebrados, zampones insaciables y sobre todo “expertos, –“mucho experto”– que no dudarían (doscientos mil millones de dólares cada año convencen a cualquiera) en afirmar lo que haga falta. Claro está que las decisiones finales serán con el permiso de los que tienen derecho de veto, o… ja, ja, ja, ¿qué pensaban? ¿que los países en vías de desarrollo que retrocederán y se verán obligados a prescindir del carbón pintan algo en esta historia? Bastante tienen con sentirse importantes y que les dejen votar.

Pero que no haya miedo, lo que haya que hacer se hará “mutatis mutandi” como se dispuso en el acuerdo de París, es decir, cambiando la legislación que haya que cambiar sin necesidad de más acuerdos. Ya se habrá decidido por consenso. El totalitarismo del consenso.
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