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San Ignacio de Loyola

San Ignacio de Loyola
San Ignacio de Loyola

1 JULIO 2018

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Íñigo López de Loyola, el futuro san Ignacio de Loyola, fue el décimo tercero y último hijo del matrimonio de Doña Marina y Don Beltrán. En efecto, “su padre D. Beltrán, señor de Óñez y de Loyola ,,,

... ocupaba uno de los primeros lugares entre la nobleza del país como primogénito y cabeza de una de las casas más antiguas, y su madre Marina Sáez de Balda no era de menos ilustre nacimiento” (P. Juan Croisset, NOVÍSIMO AÑO CRISTIANO, 1803, p. 562).

Íñigo López de Loyola nació el 23 de octubre de 1491, en el otoño medieval con epígonos feudales, pero ya se anticipaban algunos de los rasgos de humanismo renacentista. Es una figura que ha de contemplarse dentro de contexto del optimismo humanístico y de dinamismo personalista propios del movimiento barroco. Vivió la unidad de la Península, excepto Portugal, bajo los Reyes Católicos, que consiguieron finalizar la Reconquista en 1492 y asimismo, conoció el descubrimiento e inicio de la conquista y colonización de un nuevo continente: América. Igualmente, Íñigo asistió, durante algún tiempo a las maniobras políticas de Carlos V y Felipe II, y también le afectaron los problemas de la Reforma y las disposiciones de Trento.

De familia profundamente religiosa, se aficionó y entusiasmó con las aventuras caballerescas y aunque su padre quiso orientarle hacia la carrera eclesiástica, Iñigo prefirió seguir la trayectoria militar de algunos de sus hermanos, dos de los cuales habían combatido a las órdenes de Gran Capitán, otro como capitán de compañía contra los moriscos de Granada, un cuarto hermano mandando tropas guipuzcoanas al servicio del Duque de Alba contra los franceses,…

De hecho, se inició como paje de Don Juan Velásquez de Cuéllar, encargado de las finanzas del rey, a fin de que este ilustre caballero lo educase para entrar en la Corte, de manera que tuvo ocasión de viajar en la comitiva del Rey y conocer a las personas más influyentes del Reino. Como se ha dicho, le entusiasmaban las novelas de caballería y conforme al testimonio del secretario (en redacción del siglo XlX): “aunque era aficionado a la Fe, no vivió nada conforme a ella, ni se guardaba de pecados, antes era especialmente travieso en juegos y cosas de mujeres y en revueltas y cosas de armas”. Se ha desmesurado la importancia a un proceso criminal que en 1515 se entabló en Azpeitia “contra don Pero López de Loyola, capellán, e Iñigo de Loyola, su hermano, sobre cierto exceso, por ellos diz que el día de carnestuliendas últimamente pasado cometido e perpetrado”. No se conoce en qué consistió tal exceso. Se enamoró de una dama que “no era de vulgar nobleza; no condesa ni duquesa, mas era su estado más alto”. (P. Juan Croisset, NOVÍSIMO AÑO CRISTIANO, 1803, p. 563). Se ha pensado que la tal dama debía ser la infanta doña Catalina.

Ya como militar capitaneó una compañía que defendía Pamplona, atacada por Francisco I (que intentaba separar a Navarra de Castilla). En este asedio fue herido, el 20 de Mayo de 1521, en las piernas por una bala de cañón y hubo de guardar reposo. Pidió, para entretener su obligada inactividad, libros de caballería, pero al no haber ninguno en la casa, hubo de leer, entre otros libros, la Vida de Cristo, de Ludolfo, el cartujo de Sajonia (siglo XIV) y la Leyenda Áurea, de Jacobo de Varazze. Al parecer a través de estas lecturas Dios le otorgó la gracia de una conversión completa.

En 1522 decidió peregrinar a Jerusalén. En Monserrat regaló su rica vestimenta a un mendigo y se vistió con un saco que ató con un cordel, e hizo confesión general, consagrándose a continuación a la Virgen. En Manresa permaneció cerca de un año dedicado a la oración, el apostolado y diversos sacrificios entre ellos la visita a los enfermos en los hospitales. Vivió en una cueva y allí recogió los aspectos más decisivos de su trayectoria espiritual que constituiría, más adelante, uno de los libros más influyentes de la historia de la Iglesia: Ejercicios Espirituales. Continuó su peregrinación, siempre de limosna, hasta llegar a los Santos Lugares.

A su vuelta comprendió que era preciso que estudiara en la Universidad, por lo que cursó en las universidades de Alcalá y Salamanca y posteriormente en la de París, obteniendo el grado de maestro en artes o doctor en filosofía, uniendo a sus estudios el apostolado, que dio como fruto que le siguieran Fabro, Javier, Laínez y Bobadilla que serán los pilares de su futuro quehacer, ya que todos hicieron voto de apostolado en pobreza y castidad y marcharon a Roma para ponerse a la total disposición del Papa.

Con motivo de una moción sobrenatural que tuvo en Storta en 1537, vio con claridad que debía fundar una “compañía” que llevara el nombre de “Jesús”. Así fue, la Compañía de Jesús quedó aprobada en 1540 por la bula Mare magnum. Continúa su biografía Croisset: “Apenas había nacido esta Compañía cuando pretendió ahogarla cierto hereje en hábito religioso, acusando a Ignacio ante el gobernador de Roma de hereje y de hechicero, y que como tal había sido quemado en estatua en Alcalá, París y Venecia. No asustó a nuestro Santo esta calumnia, y más habiendo ya pronosticado que la Compañía tendría la dicha de ser perseguida mientras hubiese en el mundo enemigos de Jesucristo. Fue castigado el calumniador, quedando Ignacio plenamente justificado y más admirada que nunca su virtud. Mas tuvo que padecer su humildad en la violencia que le hicieron, cuando a pesar de sus razones, de sus ruegos y de lágrimas, por unánime consentimiento de todos fue electo general de la Compañía, cuyo fundador y padre era. Después de tan digna en elección, todos los padres juntos visitaron las siete iglesias de Roma: pararon en la de San Pablo, donde el nuevo general celebró el santo sacrificio de la misa, dio la comunión a todos sus hijos, y recibió su profesión después de haber hecho el Santo la suya en manos del Papa” (P. Juan Croisset, NOVÍSIMO AÑO CRISTIANO, 1803, p. 564). Lo cierto es, que la premonición de san Ignacio se ha cumplido, ya que no sólo los enemigos de Jesucristo, sino incluso los “buenos” han perseguido y calumniado a la Compañía de Jesús, casi, con carácter sistemático.

El éxito humano y sobrenatural de la Compañía es tan grande que Europa se llena de colegios, envía misioneros a tierras muy lejanas, combate las influencias negativas de la Reforma protestante, aconseja con acierto a Carlos V y Felipe ll sobre el peligro de la “Media luna” funda el Colegio Romano y el Colegio Germánico para la formación del clero, mantiene una correspondencia epistolar asombrosa (se conservan cerca de 7000 cartas suyas), predica, da ejercicios espirituales, visita los hospitales, enseña el catecismo en las plazas de Roma, funda instituciones y patronatos para atender a los pobres, a los enfermos, a las doncellas en peligro, así como a las que querían redimirse,… E incluso se dice que Íñigo, que en su juventud fue también aficionado a la música y a la danza, una vez, ya con 40 años, no dudó en bailarle un aurresku a un discípulo que estaba triste y consiguió consolarle.

He aquí como nuestro biógrafo relata la enfermedad mortal de san Ignacio: “Serían menester muchos crecidos volúmenes para referir todas las maravillas de este hombre extraordinario... Como su enfermedad no era más que una suma debilidad sin mucha calentura, así los médicos, como los hijos, se engañaron; sólo el Santo no se engañó y dijo al P. Polanco: mi hora ya llegó, pedid al Papa la bendición para mí, y una indulgencia por mis pecados. Pues qué, replicó Polanco, ¿es posible que os hemos de perder tan pronto? Vuestra enfermedad ninguno cree que es de peligro; ¿no podré dilatar la diligencia para mañana? Haced lo que os pareciere, respondió el Santo” (P. Juan Croisset, NOVÍSIMO AÑO CRISTIANO, 1803, p. 567).

“Cuando Polanco regresa la habitación donde yace el Padre Maestro se da cuenta de que la bendición papal llega tarde. El enfermo ha expirado... Iñigo de Loyola ha pasado sólo esta postrera noche de su vida y ha muerto sin dificultad alguna, al modo común” (María Puncel, Iñigo de Loyola, Ediciones Mensajero, 1991, p. 334).

Murió el 31 de julio de 1556, en Roma, de improviso, a los 65 años. En la oración colecta de su Misa, se lee: “Señor, Dios nuestro, que has suscitado en tu Iglesia a San Ignacio de Loyola para extender la gloria de tu nombre, concédenos que después de combatir en la tierra, bajo su protección y siguiendo su ejemplo, merezcamos compartir con él la gloria del cielo”.

Merece la pena concluir con un párrafo de uno de sus biógrafos que sintetiza la aportación humana, sobrenatural e histórica de este Santo: “El genio práctico y organizador, Santo, político, soldado conquistador; romántico vehemente y enamorado místico se había puesto en juego, pleno de ideales humanos y sobrenaturales, para rendir en la pelea de conquista del Reino. Y lo hizo con una fuerza y el empuje tal, que la Iglesia entera no pudo menos de mirar a Ignacio y a sus hijos como puntos de referencia de lo que había que hacer… Con él había nacido el inmenso personaje de la historia humana, uno de los hacedores del mundo moderno, símbolo de una Iglesia que no se resigna a unos andares cansinos, pasivos y lentos” (Francisco Pérez González, Dos Mil Años de Santos, Ed. PALABRA, 2001, p. 215). Como todas las instituciones inspiradas por Dios, ha sido muy alabada y también ha sufrido persecuciones y calumnias irreproducibles. Conviene, pues, felicitar a todos los “Ignacio” como justicia a la memoria de este santo.

Pilar Riestra
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