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Alemania es culpable

El golpista Carles Puigdemont, fugado de España y al amparo de Alemania. (Foto: http://www.rtve.es/)
El golpista Carles Puigdemont, fugado de España y al amparo de Alemania. (Foto: http://www.rtve.es/)

13 JUNIO 2018

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(...) Como entre otros observara Julián Marías, es curioso que estas dos naciones [Rusia y Alemania], cunas del Totalitarismo, no han sufrido una Leyenda Negra como ha padecido por siglos injustamente España y que recientemente han reactivado los socialistas (Ley de Memoria Histórica), el separatismo catalán y el caso Puigdemont con la ayuda de la justicia y el gobierno alemanes...

Los recientes acontecimientos relativos a la detención del nacionalista y golpista catalán Carlos Puigdemont en Alemania, y las tensiones entre los poderes judiciales alemán y español (escribiendo esto me entero que también otro fugitivo de la justicia española, el dirigente etarra Josu Ternera, se encuentra “escondido” o refugiado en territorio alemán) han puesto de relieve ciertas actitudes siniestras del nacionalismo y del socialismo de la nación centroeuropea protagonizada por la ministra de justicia Katarina Barley, y no suficientemente repudiadas por su Gobierno, actitudes más propias del nacional-socialismo de infausta memoria.

El “cuñadísimo” falangista Ramón Serrano Súñer pronunció en 1941 un famoso discurso en que afirmaba que “Rusia es culpable”. Tenía razón respecto al comunismo. Pero como filonazi, carecía de la perspectiva histórica que hoy nos permite ver que también Alemania es culpable. Antes que Rusia, y en parte responsable histórica del triunfo allí del comunismo.

Como entre otros observara Julián Marías, es curioso que estas dos naciones, cunas del Totalitarismo, no han sufrido una Leyenda Negra como ha padecido por siglos injustamente España y que recientemente han reactivado los socialistas (Ley de Memoria Histórica), el separatismo catalán y el caso Puigdemont con la ayuda de la justicia y el gobierno alemanes.

Recordemos algunos precedentes históricos del comportamiento germánico –o más precisamente, prusiano- y su mala influencia en la política española. Alemania es culpable de crear el mito nacionalista-socialista del “Estado de Bienestar”, en idioma alemán el “Wohlfarsstaat”, creando un espejismo en Occidente, mediante la versión socialista del fabianismo británico, el “Welfare State”, que ha llevado a las economías de las democracias capitalistas libres a la ruina y al colapso financiero, paralelamente a un estatismo burocrático-autoritario.

La gran entente histórica y estratégica entre el nacionalismo y el socialismo alemanes, precedente de la hoy “Grosse Koalition” (CDU-SPD), fue la que se estableció a mediados del siglo XIX en el Estado prusiano por el canciller Bismarck con Ferdinand Lasalle, uno de los fundadores del movimiento socialista alemán, modelo retomado, retorcido y radicalizado después en el siglo XX por el Nacional-Socialismo.

Estamos siendo testigos históricos de la transición o mutación (y degeneración) del Estado de Bienestar en un “estado de malestar” y en cualquier caso en el Bienestar del Estado, con la proliferación del estatismo y de los estatistas.

El estatismo, con la correspondiente Teoría alemana del Estado (desde Georg Jellinek hasta Hans Kelsen y Carl Schmitt, pasando colateralmente por Max Weber) ha sido la arquitectura intelectual y constitucional de gran influencia continental frente al Derecho Natural y el Imperio de la Ley del liberalismo anglo-americano, como ha demostrado brillantemente Friedrich A. Hayek.

Con los precedentes de la unificación prusiana de Alemania (anexionando Schleswig-Holstein, derrotando a Austria, y laminando a Baviera con su último soberano, Ludwig II, tras la “primera” guerra mundial europea, la franco-prusiana), se va construyendo un autoritario “federalismo prusiano” (al que las extrañas muertes de Ludwig de Baviera y de Rudolf de Austria, según algunos investigadores, no son ajenas).

Alemania también es culpable de la estrategia militarista “Revolutionieringspolitik” de la élite prusiana que facilitó y apoyó con dinero y armas a los bolcheviques, con Lenin y Trotsky a la cabeza, en el golpe de Estado que terminaría en Octubre/Noviembre de 1917 con la incipiente democracia en Rusia -véanse sobre la materia las obras fundamentales de John W. Wheeler-Bennett, Brest-Litovsk. The Forgotten Peace, March 1918 (London, 1938), y de Z. A. B. Zeman, Germany and the Revolution in Russia, 1915-1918 (London, 1958). Aunque no deja de ser memorable el episodio de las negociaciones en Brest-Litovsk en las que el coronel prusiano Max Hoffmann le dio sopas con honda al “intelectual” Trotsky a propósito de la doctrina marxista de “autodeterminación” de las naciones y de la absurda propuesta de “ni guerra ni paz” que esgrimía el líder bolchevique.

Seré benévolo y no entraré en el siniestro periodo de la historia alemana que culminó en el Nazismo, la Segunda Guerra Mundial y la “Tercera”, la Guerra Fría.

En tiempos más recientes Alemania también tuvo su responsabilidad –es una historia que está por investigar con profundidad- en la refundación y dirección de la Internacional Socialista de Frankfurt (1951), y sobre todo en su fase hegemónica alemana y finalmente decadente, la que he denominado Era Brandt (1976-1992).

Tras su poco honorable paso por la Cancillería de Alemania (de la que tuvo que dimitir por el escándalo del “caso Guillaume”) Willy Brandt, al final de su carrera política, se caracterizó por cierto histerismo en su reconciliación con el Este y la Unión Soviética (“Ostpolitik”), por tanto expresando desconfianza hacia la unificación alemana y un claro anti-americanismo, por no añadir un cierto anti-semitismo anti-sionista en el propio seno de la Internacional. Fueron las señas de identidad de la socialdemocracia, con letal influencia en el PSOE de Felipe González en las relaciones de España con la NATO y los Estados Unidos, durante las décadas siguientes coincidiendo con la Revolución Reagan, el fin de la Guerra Fría, el fiasco de la “Ostpolitik” con la caída del Muro de Berlín, el espejismo de la “Perestroika” de Gorbachov y el hundimento de la Unión Soviética.

Lo que no podíamos imaginar, con la crisis terminal del la social-democracia alemana y europea, el paradójicamente extenso grado de la “socialdemocratización” del CDU en nuestros días (provocando la lógica reacción radical liberal-conservadora del nuevo partido AfD), con una canciller, Angela Merkel, procedente de la Alemania del Este, máxima responsable de la política desastrosa en Europa ante los refugiados e inmigrantes ilegales, que con la boca chica anuncia hoy -bajo el pretexto y disfraz del nuevo antiamericanismo anti-Trump- que ya no es posible fiarse del aliado estadounidense.

Parece que Frau Merkel y los enanitos del G-7 se han adherido con entusiasmo a la crítica progre y neurótica del célebre idiota político Robert De Niro.

Finalmente, si Alemania con su talante neo-prusiano decidiera no extraditar al “pagès errante” también podría ser culpable de que el proceso de construcción de Europea entrara en una vía muerta, o que el sueño europeísta se convierta en una pesadilla, con la proliferación de Puigdemonts, Torras o Urkullus. El propio juez español que instruye el caso Puigdemont ha insinuado que podrían generarse consecuencias negativas para “la estructura política y los valores” de la Unión Europea.

Por supuesto hay otra Alemania, la genuinamente liberal (con referentes históricos admirables desde I. Kant, W. Goethe y A. Humboldt hasta K. Adenauer), reprimida por la estatista y la tecnocrático-autoritaria, que no es culpable ni responsable de tales desatinos.

Manuel Pastor Martínez

Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid

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