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El micronacionalismo de izquierdas

La izquierda española: Pedro Sánchez (socialista) y Pablo Iglesias (comunista)
La izquierda española: Pedro Sánchez (socialista) y Pablo Iglesias (comunista)

La Crítica, 5 Agosto 2017

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(...) En España, el desafío soberanista catalán pone en tela de juicio ambos principios, los de unidad y colaboración. Pero los nacionalistas catalanes no son los únicos. Desde las filas de la izquierda, la nueva y la vieja, se cuestiona igualmente la unidad nacional de España...

Todo grupo humano necesita de un principio unificador para su supervivencia como tal, en caso contrario se disgregará. El ser humano es un ser social por naturaleza, aunque solo sea por el simple hecho de que necesitamos de los demás para seguir viviendo. Si combinamos estas dos constantes en nuestra evolución, unidad y colaboración, podemos sacar varias lecciones políticas muy oportunas para nuestra situación actual.

En España, el desafío soberanista catalán pone en tela de juicio ambos principios, los de unidad y colaboración. Pero los nacionalistas catalanes no son los únicos. Desde las filas de la izquierda, la nueva y la vieja, se cuestiona igualmente la unidad nacional de España, y bien se apoya abiertamente el derecho unilateral a decidir o se habla de una versión edulcorada del mismo, el plurinacionalismo, como si en este país no hubiésemos tenido suficiente con la descentralización iniciada en 1978.

Para entender mi crítica a unos y otros vayamos por partes. Primero con un poco de historia básica, esa que tan maleada se encuentra por tratar de legitimar con ella todo tipo de despropósitos. Desde que los grupos humanos se unieron en bandas, siempre hubo un principio unificador en ellos, ya fuera la ley del más fuerte o el respeto a los más sabios, que solían ser los de mayor edad. Cuando las bandas evolucionaron a las tribus, fue el linaje familiar el que los mantuvo unidos y los diferenciaba del resto de tribus. Cuando las tribus formaron unidades más amplias y complejas surgieron los primeros Estados, unos 6.000 años antes de nuestra era. Durante muchos siglos esos Estados se formaron bajo la autoridad del soberano, cuyo poder era el que mantenía unidos a sus súbditos bajo un régimen más o menos tiránico. Las democracias griegas de los siglos V y IV a. de C. y la República Romana anterior al Imperio fueron las grandes excepciones, pero en ellas el Estado era aún una institución débil. La religión pasó después a añadir un nuevo principio rector, tanto en Europa como en Oriente Medio y Norte de África. Tras la Revolución Francesa fue el nacionalismo el que hizo acto de aparición, y tras él la etnicidad, con sus corolarios culturales y lingüísticos. La caída del Imperio Soviético supuso un golpe fatal para las ideologías como motor de cohesión social. Más recientemente, la adhesión a los principios democráticos ha surgido como un nuevo principio unitario, si bien en Estados Unidos se encuentra en la raíz misma de su nacimiento como nación independiente.

Pues bien, aunque hoy día es un problema que afecta a casi todas las naciones, y que es una dimensión más de la crisis iniciada en 2008, en España esa falta de principio unitario es más evidente aún. Descartada la autoridad del soberano, ya tuvimos cuarenta años de ella en el siglo XX, pareciera que ninguno de los restantes principios sirve para unificar toda España. La religión cristiana desde luego que es incapaz de recuperar el papel predominante de edades pasadas, pues en una sociedad secularizada ha quedado relegada al ámbito privado, y todo principio unificador ha de desarrollarse en el espacio público. El nacionalismo, como la autoridad del soberano, quedó muy dañado tras cuatro décadas de dictadura, pues al ser asociado al bando ganador de la Guerra Civil, existe en España la falsa identificación entre el amor a tu país de nacimiento y tu decantación ideológica, como si fuese patrimonio exclusivo de la derecha.

Por tanto, descartados la autoridad del soberano, la religión y el nacionalismo, nos quedan las ideologías políticas y la adhesión a los principios democráticos. El fracaso rotundo del comunismo en la URSS y demás países que lo practicaban (de Pekín a La Habana), obligó a gran parte de la izquierda superviviente a reconsiderar su propia naturaleza. Fue entonces cuando, tras el triunfo de las democracias Occidentales, sus partidos de izquierda se transformaron en firmes defensores de sus Estados de bienestar, quizás como única vía tanto para mantener vivo el sueño igualitario marxista como para sobrevivir electoralmente. Atrás quedaron sus reivindicaciones de revolución proletaria contra la democracia burguesa. Ahora todos eran demócratas a lomos del gran Estado benefactor.

Y en 2008 el globo explotó y dejó a la vista de todos las miserias propias y ajenas. Parte de la izquierda se vio liberada de su adhesión de fachada a la democracia, comenzando a reclamar un cambio de sistema, eso sí, demandando, cómo no, más democracia para esconder sus verdaderas intenciones. Su estrategia se basa en dividir otra vez a la sociedad en clases, en buenos y malos, incluso en reducir esa sociedad a quienes ellos mismos dicen representar, como si el resto solo fuesen enemigos a batir. El objetivo pasa a ser, de nuevo, asaltar los cielos.

A la vieja izquierda el éxito electoral de semejante descaro le ha cogido a contrapié. En Grecia el PASOK casi ha desaparecido, en Francia, su Partido Socialista se encuentra en una situación similar, y eso que acaba de salir del gobierno. Y en España, el PSOE va de peor resultado en peor resultado en una deriva que parece no tener fin. En todos estos casos el diagnóstico es el mismo, habiendo perdido su ideología de base, siendo vistos como unos traidores por muchos de sus votantes tradicionales, e incapaces de articular un discurso nacionalista, no han podido aferrarse a ningún principio unificador atractivo para un electorado mayoritario, como sí ocurría en las décadas de 1980 y 1990.

El caso del socialismo español es paradigmático. Tras ser el partido en implantar los primeros recortes del austericidio impuesto por Alemania, perdió estrepitosamente el gobierno ante una rotunda mayoría absoluta del Partido Popular. El descrédito socialista no pudo ser mayor, y una nueva formación ultraprogresista ha sido incluso capaz de disputarle, y a punto ha estado de arrebatarle, el liderazgo de la izquierda. Tan bajo ha caído el socialismo español, que ni la desastrosa legislatura de los Populares, ni sus constantes casos de corrupción, han sido suficientes para permitir un repunte de sus resultados, es más, ha ocurrido todo lo contrario.

Así las cosas, el actual Secretario General socialista, habiendo padecido su particular épica travesía por el desierto, parece tener las cosas claras. No más concesiones. Intentó la vía tradicional de respeto institucional y no le salió. Siguió los dictados de su directiva y fue expulsado por ello. Ahora intentará seguir su propio camino, incomprensible para muchos, pero que si tomamos en cuenta lo visto hasta aquí quizá podamos entenderlo algo mejor.

Simple y llanamente, a Pedro Sánchez le sobra la E del PSOE, no porque no se sienta español, sino porque cree que electoralmente es más una rémora que un apoyo. Ha hecho sus cálculos, y ha comprendido que en ausencia de un sentimiento nacional fuerte, sumado a un injusto sistema electoral, junto al fin del bipartidismo y el nuevo escenario a cuatro bandas, en España sale más rentable apelar a los micronacionalismos periféricos que intentar seducir al votante medio de todo el territorio español. Es decir, Sánchez, siguiendo los pasos de Podemos, está convencido de que puede recuperar votos si fomenta la división en el pueblo español, no directamente, sino apelando a lo que nos diferencia, concediendo aquí y allá privilegios y sobornos, reconociendo identidades y negando la unidad nacional de España. Esa estrategia le puede servir a Podemos, que es una formación rupturista, para ganar votos circunstanciales, pero ¿es válida para un partido tradicional con vocación nacional como el PSOE?

Si el Partido Popular ha podido sobrevivir a sus propios fantasmas, ya sean de herencia franquista o corrupción actual, es porque tiene claro a qué juega. El PP intenta representar, y así es percibido por sus simpatizantes y por sus detractores, la unidad de España, y aunque se valga cínicamente de ciertos nacionalismos periféricos para gobernar cuando está en minoría, no renuncia nunca a ese principio. Eso le ha costado ser una fuerza residual en determinadas regiones, pero a nivel nacional le ha conferido una fortaleza a salvo de escándalos. Si esto es malo, lo de fuera aun es peor, piensan muchos de sus votantes. Y con eso el PP se ha garantizado un suelo electoral lo suficientemente alto como para resistir sus propios errores y los ataques ajenos.

Bajo su actual dirección, el PSOE, en cambio, juega la carta identitaria bajo la esperanza de arrebatar a la nueva izquierda sus feudos periféricos, renunciando así al nivel nacional, que juzgan dominado por el PP, cuya hegemonía en ciertas zonas de España parece corroborar. Es decir, mientras el PP juega a la grande y Podemos lanza órdagos constantes, el PSOE se ha decidido por jugar a la chica. Y ya sabemos todos lo que pasa en el mus cuando usas a largo plazo tal opción.

Además, Pedro Sánchez y su equipo, incapaces de convencer al electorado de que la dirección socialista es diametralmente distinta a la dirección del PP, intentan ahora diferenciar a su electorado del resto, dividiendo el conjunto de los españoles para así sacar tajada. En lugar de apelar a principios de consenso, se decantan por incidir en aquello que nos separa, convirtiendo nuestras diferencias no en fuente de nuestra fortaleza y riqueza, sino en excusas para provocar o ampliar conflictos donde no los había. El plurinacionalismo no es un principio unificador, sino disgregador, con él no se construyen naciones ni Estados, todo lo contrario, se destruyen.

Ahora resulta que para los socialistas la Comunidad Valenciana tiene una identidad propia. ¡Toma ya! Y los asturianos, y los murcianos, y los cacereños, y los de El Bierzo, y los de mi casa y los de la tuya. El error viene de lejos, eso de las comunidades históricas no debió utilizarse jamás. España es una o no será. Como cualquier país del mundo. Y eso no es sostener una postura ultranacionalista. La unidad en la diversidad es la clave de la supervivencia humana, en cualquiera de sus manifestaciones organizativas. Respetar y usar el Vasco, el Catalán, el Gallego o el Bable no ha de conducir a la retribalización de nuestras relaciones. Es como si un forofo de un equipo dejase de ser también un seguidor del deporte por el mero hecho de decantarse por un equipo en particular. Soy del Futbol Club Barcelona pero rechazo el fútbol. Ridículo, tanto como afirmar que por sentirte catalán, gallego o vasco no puedes ser a la vez español, y viceversa.

La falta de unidad de principio del soberanismo catalán se ha irradiado a la izquierda española. Si Cataluña se independizara, ¿qué le pasaría al día siguiente? Pues que su tripartito kamikaze se devoraría a sí mismo, en una lucha sin cuartel entre republicanos, conservadores y antisistema que nada tenían en común más que su deseo de no ser lo que eran. Y ¿qué le pasaría a Pedro Sánchez si lograse el poder? Pues que sería Presidente de una nación que habría dejado de serlo por su propia estrategia. Al decantar a la izquierda por el micronacionalismo en detrimento del nacionalismo, Sánchez no solo ha entregado el campo al enemigo, sino que le ha concedido la iniciativa. No se puede seducir a los sevillanos si en Girona afirmo que África empieza en Despeñaperros. Sin principios no hay política, solo oportunismo.

Pero dudo mucho que Pedro Sánchez pueda vencer algún día de esa manera. Es más, creo que así solo beneficia al PP, al que reforzará sin remedio, haciendo su ineludible renovación más difícil todavía, pues no la necesitarán para mantenerse en el poder (Ciudadanos se ha autoimpuesto la tarea de la regeneración Popular, sin caer en la cuenta de que con eso se condenan, pues tanto si la logran como si no la consiguen ya no tendrán ningún sentido en nuestra escena política). Todo son buenas noticias para Génova. Mientras los españoles, los que vamos quedando, presenciamos atónitos una partida que creíamos amañada, pero que en realidad está siendo jugada por los peores jugadores que imaginar se pueda.
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