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MUJERES HISPANAS

Sor Juana Inés De La Cruz (Juán de Miranda)
Sor Juana Inés De La Cruz (Juán de Miranda)

SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ: LA MUJER QUE INCOMODÓ PORQUE QUISO PENSAR

LA CRÍTICA 14 AGOSTO 2026

Por María J. Muñoz Leal
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De Sor Juana Inés de la Cruz destaca sobre todo, la incomodidad que produce una mujer que piensa cuando el mundo que la rodea, solo está dispuesto a admirarla dentro de ciertos límites. Su nombre ha llegado hasta nosotros rodeado de prestigio, con títulos como la Décima Musa o la gran escritora del Barroco novohispano, pero detrás de esas fórmulas hay algo más profunda y todavía vigente: qué ocurre cuando una mujer decide hacer del conocimiento una forma de vida, de escritura y de posición frente al mundo. (...)

Sor Juana nació en la Nueva España (el actual México) del siglo XVII, en una sociedad profundamente religiosa, jerárquica y letrada, donde el saber abría puertas, otorgaba autoridad y permitía participar en conversaciones importantes, aunque ese acceso estaba marcado por el origen, la posición social y el género. Para una mujer, estudiar podía ser tolerado cuando se entendía como virtud, disciplina espiritual o refinamiento personal, pero se volvía mucho más incómodo cuando el estudio se convertía en juicio propio, en ambición intelectual y en capacidad de intervenir en debates que el orden masculino consideraba su territorio natural.

Por eso su figura sigue siendo tan potente. Sor Juana no incomoda únicamente porque fue brillante, sino porque dejó por escrito la experiencia de una mujer que tuvo que explicar demasiadas veces su derecho a saber. Y esa preguntano pertenece solo al siglo XVII, porque todavía hoy muchas mujeres son reconocidas por su talento mientras ese talento resulte útil, amable o administrable, pero encuentran resistencia cuando se convierte en pensamiento autónomo, en juicio crítico y en palabra pública.

Desde muy joven, su vida aparece marcada por una relación intensa con el conocimiento. Las biografías cuentan su curiosidad, su deseo de aprender, su cercanía temprana a los libros y su rapidez para comprender, aunque quizá lo más importante no sea convertir esa infancia en una escena prodigiosa, sino reconocer que había en ella una necesidad de entender que desbordaba las expectativas de su época. Sor Juana no parecía estudiar para agradar, ni para adornar una conversación, ni para cumplir una expectativa social, sino porque necesitaba leer, preguntar, conectar ideas y escribir, como si el conocimiento no fuera una ocupación entre otras, sino la manera más honesta de estar en el mundo.

Antes de entrar en el convento pasó por la corte virreinal, y ese detalle ayuda a comprender mejor la complejidad de su lugar. La corte era un espacio de poder político, relaciones de protección, prestigio cultural, conversación, poesía, certámenes y exhibición de talento, un ambiente donde una mujer como Sor Juana podía ser admirada por su inteligencia y, al mismo tiempo, observada como una excepción que convenía mantener dentro de un marco aceptable. Mientras su inteligencia pudiera ser vista como rareza admirable, resultaba fascinante, pero cuando esa misma inteligencia tomaba forma de argumento, de escritura sólida y de intervención intelectual, la situación se volvía más delicada.

La entrada de Sor Juana en el convento debe comprenderse desde esa misma complejidad. Desde nuestra mirada actual puede parecer contradictorio pensar que una mujer encontrara allí una posibilidad de libertad, pero en su tiempo la vida religiosa podía ofrecer algo que el matrimonio difícilmente permitía: tiempo, cierta autonomía, acceso a libros y posibilidad de estudio. Sor Juana eligió ese camino y desde su celda construyó una vida intelectual impresionante, con biblioteca, escritura poética, teatro, villancicos, textos filosóficos, textos religiosos y cartas. Pensó desde un espacio cerrado, pero su pensamiento no fue pequeño.

Esa paradoja es importante, porque a veces imaginamos la libertad solo como ruptura visible, como gesto frontal o como salida clara del sistema, cuando en la vida de muchas mujeres del pasado las formas de libertad fueron más ambiguas. Se dieron dentro de instituciones, dentro de límites, dentro de obediencias, dentro de espacios que hoy pueden parecernos contradictorios. Sor Juana fue una mujer de su época, con las creencias, los lenguajes y las restricciones de su tiempo, pero también con una inteligencia que empujó los márgenes del lugar que le había sido asignado.

Su obra tiene algo que todavía exige atención, ya que no es una escritura pensada para complacer la prisa ni para entregarse de inmediato al lector, porque pertenece al Barroco y eso se nota en su densidad, en el juego conceptual, en la ironía, en la arquitectura verbal y en una forma de belleza que nunca está separada del pensamiento. Leer a Sor Juana implica entender que la claridad no siempre equivale a simplificación y que hay ideas que necesitan una forma exigente para desplegar toda su fuerza. Su escritura pide tiempo, y quizá ahí también hay una lección para una época que muchas veces confunde accesibilidad con superficialidad.

Su poema más citado, «Hombres necios que acusáis», suele aparecer como una especie de antecedente del discurso feminista, y es comprensible, porque el texto señala con una lucidez extraordinaria la hipocresía masculina y la doble exigencia impuesta a las mujeres. Pero acotar a Sor Juana a ese poema sería insuficiente. Lo verdaderamente potente es que ella fue capaz de ver la trampa estructural: una sociedad que educaba, deseaba, juzgaba y culpaba a las mujeres desde reglas diseñadas por hombres. Esa mirada sigue siendo actual porque el mecanismo no ha desaparecido del todo y solo ha cambiado de lenguaje, de escenario y de formas de legitimarse.

La Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (seudónimo utilizado por Manuel Fernández de Santa Cruz, obispo de Puebla, para dirigirse públicamente a sor Juana Inés de la Cruz) en 1690. es, para mí, uno de los textos centrales para comprenderla. Allí Sor Juana defiende su derecho a estudiar, aunque lo hace de manera que va mucho más allá de la defensa de una inclinación personal. Explica su relación con el conocimiento como quien explica una necesidad vital, una continuidad profunda entre la infancia, la lectura, la escritura y la búsqueda de comprensión. Sor Juana no está presentando el estudio como una afición privada, está mostrando que pensar forma parte de su manera de existir.

Ahí aparece una de las preguntas más incómodas de su vida: por qué una mujer con esa capacidad tuvo que justificar tantas veces su derecho a aprender. La pregunta parece antigua, pero no lo es tanto. Todavía hoy muchas mujeres pueden ser celebradas por su talento mientras resulten brillantes en la medida justa, mientras su voz no desordene demasiado, mientras su criterio se mantenga dentro de los márgenes de lo aceptable. El conflicto aparece cuando ese talento se transforma en juicio propio, cuando una mujer interpreta, cuestiona, toma posición, entra en debates difíciles o se niega a ocupar un lugar menor.

Sor Juana pagó un precio por esa inteligencia. Sus últimos años estuvieron marcados por tensiones, presiones y silencios que la tradición ha interpretado de distintas maneras, y aunque su vida no cabe entera en una escena de censura, tampoco podemos ignorar que hubo límites reales, advertencias institucionales y una vigilancia persistente sobre su actividad intelectual. Una mujer podía escribir, pero no cualquier cosa. Podía saber, pero no ocupar cualquier lugar. Podía ser admirada, pero también corregida cuando su voz parecía ir demasiado lejos. Esa ambigüedad forma parte de su historia y explica también su vigencia.

Cuando hablamos de mujeres en la Hispanidad, Sor Juana es imprescindible porque desplaza el centro de la mirada. Nos obliga a mirar la cultura hispánica desde América, desde la Nueva España, desde un convento, desde una biblioteca femenina y desde una lengua española trabajada con una altura intelectual extraordinaria. Su figura rompe la comodidad de una historia contada únicamente desde los centros oficiales, las grandes instituciones y los nombres masculinos, porque en ella aparece otra geografía del pensamiento: una mujer criolla, religiosa, escritora, lectora voraz, situada en un mundo virreinal complejo y capaz de producir una obra que todavía forma parte de lo mejor de nuestra lengua.

También nos obliga a preguntarnos por todo lo que no llegó hasta nosotros. Sor Juana permanece porque escribió, porque su obra circuló y porque su talento fue demasiado visible para quedar reducido al silencio, pero por cada Sor Juana hubo muchas mujeres sin biblioteca, sin tiempo, sin protección, sin interlocutores o sin condiciones materiales para desarrollar lo que llevaban dentro. Esa es una de las partes más duras de mirar la historia de las mujeres: no basta con celebrar a quienes lograron dejar huella, también hay que preguntarse cuántas quedaron fuera antes incluso de poder intentarlo.

Sor Juana permanece porque escribió de manera extraordinaria, pero también porque su vida plantea una pregunta que sigue abierta: qué hacemos, como sociedad, con las mujeres que quieren pensar más allá del lugar que se les asigna. En su tiempo, la respuesta tomó la forma de admiración, vigilancia, polémica y silencio. En el nuestro adopta formas menos evidentes, aunque no siempre menos eficaces. Volver a Sor Juana es volver a esa pregunta. Es mirar a una mujer que quiso saber y que dejó por escrito la profundidad de ese deseo. Es reconocer que la historia de la Hispanidad también se escribió desde América, desde los conventos, desde las bibliotecas, desde las cartas, desde los poemas, desde las tensiones intelectuales y desde las voces femeninas que encontraron en la palabra una forma de intervenir en el mundo.

Sor Juana sigue ahí, incómoda y luminosa. Su nombre permanece porque detrás de él hay algo más que prestigio literario: hay una mujer que defendió el valor de estudiar, que escribió con una lucidez difícil de comprender en su época y que dejó una obra capaz de seguir abriendo preguntas. Y quizá esa sea la forma más profunda de permanencia: no quedar fijada como figura estática en la historia de la hispanidad, sino seguir obligándonos a pensar.

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