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(Ilustración: La Crítica / IA)
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(Ilustración: La Crítica / IA)

DE LA UNIVERSITAS CHRISTIANA A LA EUROPA MULTICULTURAL

LA CRÍTICA 17 JULIO 2026

Por Íñigo Castellano Barón
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Hubo una Europa que se entendió a sí misma como una comunidad de destino. No era todavía la Europa de los Estados nacionales modernos, ni la de las instituciones comunitarias, ni la de los tratados económicos. Era una Europa articulada en torno a una idea superior: la Universitas Christiana. Bajo esa expresión se reunían territorios, reinos, dinastías, lenguas y pueblos distintos, vinculados por una misma matriz religiosa, una misma concepción del orden y una conciencia compartida de frontera. (...)

En tiempos del Imperio Habsburgo, esa idea alcanzó una formulación especialmente intensa. La Monarquía Hispánica, el Sacro Imperio, los territorios austríacos, los espacios italianos, flamencos y centroeuropeos formaban parte de un horizonte político muy amplio, desigual y a menudo conflictivo, pero reconocible. La unidad no dependía de una administración uniforme. Se apoyaba en una religión común, en una cultura jurídica heredada, en la continuidad de la tradición cristiana y en la convicción de que Europa no era solo un espacio geográfico, sino una civilización. Aquella Cristiandad tenía fronteras. Algunas eran fronteras físicas: el Mediterráneo, el Danubio, las costas amenazadas por el corso berberisco, las plazas del norte de África, Hungría, Viena, Malta, Lepanto. Otras eran fronteras culturales y espirituales. La territorialidad poseía un sentido que iba más allá del dominio material. Defender una ciudad, una costa o una ruta marítima significaba conservar un orden de vida, una fe, una comunidad histórica y una forma de entender al hombre, la autoridad y la convivencia.

El Islam ocupaba en ese escenario un lugar central. Para la Europa habsbúrgica, el Islam no aparecía únicamente como una religión ajena. Se presentaba, sobre todo, bajo la forma de una potencia política y militar expansiva. El Imperio otomano avanzaba por tierra hacia el corazón de Europa. El corso berberisco golpeaba las costas mediterráneas, capturaba barcos, saqueaba poblaciones y alimentaba un sistema de cautiverio. El conflicto no era abstracto. Se medía en fortalezas, galeras, presidios, rescates, campañas navales, embajadas y alianzas. La Cristiandad identificaba en aquel Islam imperial una amenaza hostil. Esa percepción ordenaba su política exterior, su estrategia militar y buena parte de su imaginario colectivo. Carlos V, Felipe II, Juan de Austria o los Habsburgo de Viena actuaron dentro de ese marco. Lepanto, Malta o Viena no fueron simples episodios bélicos. Fueron momentos de afirmación civilizatoria. En ellos Europa comprendió que la defensa de una frontera podía equivaler a la defensa de su continuidad histórica.

La comparación con la Europa continental actual resulta inevitable. También hoy Europa se proclama unida. También dispone de instituciones comunes, tribunales, parlamentos, agencias, fondos, normativas, programas educativos y tratados. Sin embargo, su unidad es de naturaleza muy distinta. La Europa contemporánea se ha construido sobre una lógica administrativa, económica y jurídica, con una creciente desconfianza hacia sus raíces espirituales. Ha preferido definirse por procedimientos antes que por herencias, por valores genéricos antes que por una cultura concreta, por derechos abstractos antes que por deberes compartidos. La antigua Universitas Christiana descansaba sobre una religión común. La Europa actual ha sustituido esa «religio» por una moral secular de consenso. Habla de diversidad, inclusión, tolerancia, igualdad y derechos humanos. Son palabras necesarias cuando se insertan en una antropología sólida. Pierden fuerza cuando se convierten en fórmulas desvinculadas de la memoria, de la transmisión y de la responsabilidad histórica. Una civilización puede acoger, convivir y dialogar. Difícilmente puede permanecer si renuncia a decir qué la constituye.

El cambio más profundo afecta a la idea de frontera. Antes era línea de protección. Ahora, con la Europa globalista tiende a verse como anomalía moral. Allí donde antes había presidios, murallas, escuadras y diplomacia de contención, hoy abundan protocolos, declaraciones de intenciones y discursos de gestión humanitaria. La frontera ha dejado de ser entendida como condición de existencia de una comunidad política para transformarse en un problema técnico o en una sospecha ideológica. Esta mutación se percibe con claridad ante el Islam contemporáneo. La Europa actual ya no se enfrenta al Islam bajo la forma predominante de un imperio otomano ante Viena o una escuadra enemiga en el Mediterráneo. La presión adopta formas más difusas: movimientos migratorios intensos, comunidades cerradas, avance del islamismo político, reivindicación de normas culturales incompatibles con la igualdad jurídica, tensión entre libertad religiosa y legislación civil, aparición de espacios sociales poco permeables a la integración y uso del multiculturalismo como argumento para desactivar cualquier crítica.

Conviene distinguir con precisión. El musulmán concreto, integrado pacíficamente en una sociedad europea, merece respeto pleno como persona y como ciudadano. La libertad religiosa forma parte del patrimonio jurídico europeo. Pero el Islam concebido como sistema político total, con vocación de ordenar la vida pública, la ley, la familia, la mujer, la educación y la comunidad, plantea una tensión real con la civilización europea. Esa tensión no desaparece por evitar nombrarla. De pasar el Islam a ser una amenaza exterior que debía contenerse, a procesarse como problema a resolver dentro de categorías multiculturales. La defensa se convierte en gestión de la diversidad. La integración se sustituye por convivencia paralela. La exigencia de una cultura común se diluye en el temor a la acusación de intolerancia. El resultado es una paradoja histórica: Europa dispone hoy de más instrumentos políticos que nunca, pero muestra menos seguridad a la hora de defender su propia continuidad cultural.

El multiculturalismo europeo ha tenido efectos contradictorios. Ha favorecido el reconocimiento de minorías y evitado formas burdas de exclusión. Al mismo tiempo, ha creado una zona de inhibición moral. En muchos países europeos resulta más fácil criticar la tradición cristiana propia que examinar las zonas de fricción del islamismo. Se cuestionan con dureza los restos de la antigua Cristiandad y se suavizan, por prudencia o miedo, las exigencias de corrientes religiosas y culturales que no siempre aceptan la separación entre poder civil y poder religioso. La cuestión decisiva no es religiosa en sentido restringido, sino política y civilizatoria. Europa puede convivir con ciudadanos musulmanes. Lo hace y debe hacerlo dentro del marco de la ley común. El problema surge cuando el relativismo multicultural impide exigir adhesión efectiva a esa ley común, a la igualdad entre hombre y mujer, a la libertad de conciencia, a la primacía de la autoridad civil y al respeto de los fundamentos culturales del país de acogida. Una sociedad abierta necesita límites para seguir siendo abierta.

La Universitas Christiana no fue una edad perfecta. Conoció guerras internas, rivalidades dinásticas, violencia, intolerancias y fracturas profundas. La Reforma protestante quebró la unidad religiosa de Europa. Las ambiciones de los príncipes debilitaron muchas veces la solidaridad cristiana. Aun así, aquella Europa conservó durante siglos una idea clara: pertenecía a una civilización que debía ser transmitida y defendida. Esa conciencia le permitió resistir amenazas formidables y proyectarse más allá de sus fronteras. La Europa globalista ha invertido el movimiento. Busca superar la historia en nombre de una universalidad administrativa. Desconfía de las identidades fuertes, rebaja la religión a herencia privada, convierte la nación en un concepto incómodo y contempla la frontera con mala conciencia. Su lenguaje es universal, pero su arraigo es débil. Aspira a integrar a todos, aunque cada vez le cuesta más explicar en qué deben integrarse.

Ahí reside el verdadero paralelismo. Tanto la Europa habsbúrgica como la Europa actual han querido construir una unidad supranacional. La primera lo hizo desde una tradición religiosa y civilizatoria compartida. La segunda lo intenta desde un marco jurídico, económico y multicultural. La primera sabía que la frontera protegía una forma de vida. La segunda teme que la frontera contradiga sus propios dogmas. La primera reconocía en el Islam expansivo un adversario histórico. La segunda duda ante el islamismo porque ha perdido confianza en la legitimidad de su propia defensa. La comparación no obliga a restaurar modelos antiguos. Nadie puede trasladar mecánicamente el mundo de Carlos V o Felipe II al siglo XXI. La historia no se repite con los mismos trajes. Pero sí ofrece lecciones. Una civilización necesita saber quién es, qué hereda, qué transmite y qué límites debe preservar. Sin esa conciencia, la unidad se convierte en administración y la tolerancia en renuncia. Europa no necesita nostalgia imperial. Necesita memoria, firmeza y claridad. Debe respetar la dignidad de toda persona, también de quienes profesan el Islam, pero al mismo tiempo contener con decisión cualquier proyecto político o cultural incompatible con sus fundamentos. La libertad europea nació de una historia concreta. La igualdad ante la ley, la dignidad de la mujer, la separación entre esfera civil y religiosa, la conciencia personal, la crítica racional y la primacía del derecho común no son accidentes administrativos. Son conquistas de una civilización.

La Universitas Christiana sostuvo una Europa con alma y fronteras. El globalismo continental ha creado una Europa con instituciones y dudas. La primera pudo equivocarse en sus excesos; la segunda se arriesga a desaparecer por sus inhibiciones. Entre ambas queda planteada una pregunta esencial: si Europa deja de creer en aquello que la hizo Europa, ¿qué fuerza moral le quedará para seguir existiendo? La integración no puede descansar en la mera coexistencia de comunidades paralelas. Requiere una cultura común, una lengua cívica compartida, una ley igual para todos y una aceptación inequívoca de los principios que han dado forma a Europa: libertad de conciencia, dignidad de la persona, igualdad entre hombre y mujer, separación entre poder civil y autoridad religiosa, y primacía del derecho común sobre cualquier norma particular.

Europa debe acoger cuando pueda, proteger cuando deba y defenderse cuando sea necesario. La humanidad sin firmeza acaba en desorden; la firmeza sin humanidad degenera en injusticia. Entre ambas exigencias se juega el futuro europeo.

Íñigo Castellano Barón

Escritor, historiador y articulista..

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