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Por cierto, en algunas áreas la práctica islámica ha sido más rigurosa que la Shariah o ley islámica.
Según algunos autores, nunca hubo un texto definitivo del Corán sino que hubo diferentes versiones y diferentes lecturas. Pero lo que sí está muy claro es que el Corán impone a TODOS los pueblos creer que “no hay más Dios que Ala y Mahoma es su profeta”.
Como notas destacadas podríamos subrayar que, en relación con el hombre y la mujer, el islamismo deja clara una premisa doctrinal: “el hombre está en un grado más alto que la mujer”, a la que atribuye “malicia y engaño”. Cabe destacar también que el Corán acepta la esclavitud y reconoce la diferencia esencial entre el amo y el esclavo (Suras 16.77 y 30.28), situando a los negros en la posición más baja de la sociedad musulmana. Todo esto se redactó en el siglo VII. Estamos en el siglo XXI y, parece ser que se sigue aplicando.
Pero Mahoma fue un predicador, no fue un teólogo, y sus seguidores se tuvieron que enfrentar a la tarea de sistematizar sus ideas. Y esta tarea –como hemos indicado– se realizó recogiendo todo tipo de aportaciones, incluso las de los conversos, que proponían concepciones derivadas de su credo anterior. Esto explica las diversas interpretaciones existentes, entre las que destacan, como más importantes, las de los musulmanes Sunitas y las de los musulmanes Chiitas.
Los Sunitas tienen como eje esencial de su doctrina la creencia de que la comunidad es capaz de autogobernarse sobre la base del “Corán”, la “costumbre”, la “analogía” y el “consentimiento de la comunidad”. Los Sunitas suelen ser cultos, teólogos y con una línea de pensamiento más legalista, por lo que desprecian algunos elementos de lo que llamaban religión popular en la que, según ellos, creían los Chiitas.
Los Chiitas surgieron en 1502 como religión nacional de Persia, aunque sus líderes religiosos vivieron siempre en Irak donde esta secta era vigorosa. También abundan en la India septentrional. Para los Chiitas, el Iman –jefe terreno ejecutor de las órdenes divinas– es prácticamente el que dicta la religión. No requieren más fuentes del Islam. El Iman basa sus juicios en el Corán, en lo que solía hacer el profeta y en el propio criterio, que identifica con el sentido común o decisión por analogía con casos semejantes. Como puede apreciarse, son criterios francamente subjetivos, a diferencia de los Sunitas que parecen tener un comportamiento más racional. Los Chiitas son partidarios de Alí, primo y yerno del profeta, y sus creencias podrían ser calificadas de esotéricas y extremistas. En un intento de simplificación podríamos decir que la interpretación actual más occidentalizada es la de Turquía.
Sin embargo, en el mundo occidental siempre ha existido una sensación de peligro amenazante ante el mundo islámico, dados los muchos trágicos sucesos acaecidos a lo largo de la historia. Pero además, por lo que recuerda la amenazante Sura 9 del Corán: «Cuando hayan transcurrido los meses sagrados, matad a los infieles dondequiera los encontréis». El diccionario del islamismo entiende por Yihad la guerra religiosa contra aquellos que no creen en la misión de Mahoma.
Naturalmente, estas frases de Mahoma explican trágicamente los múltiples atentados, puntuales y masivos, que en el transcurso de la historia se han producido: Nueva York con 3000 muertos; Madrid con 200: Londres con 70; Egipto con 90, etc., etc., junto con los numerosos atentados suicidas, nada desdeñables. Son todos hechos que obligan a pensar en nuestra legítima defensa, que nadie puede negarnos porque –dígase lo que se diga– SÍ EXISTE LA GUERRA JUSTA. LO CONTRARIO SERÍA EL MARTIRIO.
Y, alucinante –como ya hemos dicho– se trata de una religión islamista del siglo VII que sigue funcionando con la misma filosofía en el siglo XXI como yihadismo terrorista, que es lo que verdaderamente es terrible. Y así lo demostró el terrible Ahmadineyak, antecesor de los actuales ayatolás, cuando llegó al poder en Irán el 3 de agosto de 2005: era un político producto de los actuales Guardianes de la Revolución de Irán, que rápidamente anunció una «nueva revolución islámica, que pronto alcanzará al mundo entero», añadiendo, además que «Israel debe ser barrido de la faz de la Tierra» lo cual explica –también– trágicamente muchas cosas. Por de pronto, los sucesivos gobiernos de Irán se han convertido en represores salvajes de sus propios ciudadanos, sea por pequeñas desviaciones de la mujer en el vestir o en otras cosas de la misma entidad. Por cierto, a Ahmadineyak le conocí en La Haya en una reunión sobre armas químicas y su aspecto era bastante acorde con su ardor yihadista.
Y de aquellos polvos salieron los actuales lodos que han convertido a Irán en el mayor país terrorista de la Tierra, abastecedor de las facciones yihadistas más duras de menor entidad como Hamás, Hezbolá y otras “perlas” semejantes. En tal situación, se ha iniciado la llamada guerra de Irán con el EE. UU. presidido por Trump, que, como todos sabemos, tampoco tiene una cabeza precisamente ordenada. Pero todo esto no obsta nada, en absoluto, en que las informaciones y opiniones emitidas después hayan adolecido de errores y, a veces, de falsedades alejadas de la realidad de los hechos.
Por ejemplo, no es cierto que haya provocado la guerra el lanzamiento israelí, sino el bombardeo previo de misiles de Irán contra Israel, cosa que se nos ha negado, por activa y por pasiva. El bombardeo sionista fue una respuesta, como es normal en la lógica bélica, al bombardeo iraní. Es ésta la información correcta pese a que el apasionamiento de las partes hace que se lea lo que se quiere y no la verdad que no gusta. Y, especialmente, en algunas sociedades como la española actual que se autoproclama populista y está “gobernada” por algo parecido a una banda partidista empeñada en desengancharse del mundo occidental para convertirse en un país tercermundista del cártel cubano, que, al parecer, incluye a los “buenos” de la Humanidad.
Por otra parte, la realidad bélica “ideologizada” nos dice que no se trata de una guerra entre dos países sino de una guerra entre una religión islamista –en su versión yihadista terrorista– y el entorno de Israel.
Para ser exactos, hemos de reconocer que, parece ser, los dos tercios de los musulmanes conviven ya sin problemas con las demás etnias y religiones del resto del mundo y, poco a poco, aunque difícilmente, podríamos soñar con que ese islamismo se ejerciera sin aristas, respetando a los demás en un ambiente de verdadera paz.
Pero, en cualquier caso, esta situación ha servido para que afloren opiniones peregrinas que incluyen la negación del carácter de guerra justa de nuestra lógica y moralmente justificada defensa frente a cualquiera que nos ataque. Lo contrario –hemos dicho– sería entregarse al martirio como en los tiempos de Nerón. Como ya hemos apuntado también, Trump es una persona con cierto desorden mental que deja las cosas “removidas” pero sin terminar por completo.
Pero, hay que dejar bien claras ciertas cosas: Hemos repasado anteriormente un resumen de las características de la religión islámica, que empezó a formarse y extenderse en el siglo VII en una sociedad que no tiene nada que ver con la actual, a la que se quiere “convertir” en su totalidad con procedimientos un tanto discutibles. Los que nos declaramos católicos también queremos difundir nuestra religión, pero lo hacemos enseñando pacíficamente nuestro evangelio, respetando la libertad que los demás tienen de aceptarnos o no. Y no podemos eludir, a juzgar por el repaso histórico y doctrinario del islamismo que hemos hecho, ciertas dudas sobre el respeto a la libertad que los musulmanes aplican. Nos gustaría aclararlas. Entiendo que no es este el lugar para hacerlo.
Pero, en cambio sí nos haría mucho bien aclarar ciertos comentarios de Su Santidad, al que respeto como católico que soy, pero de cuyas opiniones puedo disentir salvo que sean cuestiones de teología y moral, en las que posee infalibilidad. Sobre esta base, conviene recordar lo que el mundo entero sabe: Irán es reconocido como el mayor Estado terrorista de la Tierra y como el inspirador, inductor y abastecedor de todas las organizaciones terroristas menores del agresivo yihadismo islamista: léanse Hamas, Hizbola, etc., etc., permanentes y constantes generadores de terrorismo por doquier. Además de que, dentro del país, el gobierno iraní sabemos que ha asesinado a más de 20.000 de sus ciudadanos por protestar, por ejemplo, contra su vestimenta femenina no religiosamente aceptable, etc., etc. Todo ello a manos de su famosa guardia revolucionaria que parece solucionarlo todo “manu terrorista”.
Recuerdo que en la Escuela de Estado Mayor del Ejército español nos enseñaban que la lealtad al Mando se demuestra diciéndole al Jefe “lo bueno y lo malo”, no exclusivamente lo agradable. Es lo que pretendo.
Dice el Papa León XIV que “la Iglesia nunca se pone del lado de quienes en el pasado empuñaban la espada y ahora lanzan bombas”.
Permítame, Santidad, recordarle que ocho siglos de guerras le costó a España la Reconquista de su casa que los llamados moros habían ocupado. Según el Papa, la Iglesia no hubiera estado de parte de España a la que Juan Pablo II, con su vozarrón de creyente y de sufriente, llamaba “tierra de María”. Lo mismo pasaría con la pobre Ucrania porque con fanáticos no se puede negociar ni antes ni ahora.
Dice el Papa que “se muestra preocupado por el arresto de Maduro y por lo que pasa en Cuba”.
Independientemente de los peculiares procedimientos del peculiar Trump, todos aplaudimos la eliminación de las tiranías, que –seamos realistas– siempre generan los mismos: el comunismo, el yihadismo y esa cosa tan rara que propagan los mediocres, el populismo.
Añade también Su Santidad León XIV que “es partidario de una paz desarmada y desarmante”.
Se supone que dependerá de la amenaza. Claro que, si defenderse ya no es “guerra justa”, sólo queda presentar el pecho al martirio como en los tiempos de Nerón.
También nos gustaría saber a qué tiranías se refiere el jesuita Antonio Spadaro, subsecretario para la cultura de la Santa Sede. En las democracias occidentales no existen tiranías. Sólo existen en China, la Rusia de Putin, Venezuela, Cuba, países comunistas y multitud de Estados yihadistas, porque, no olvidemos, el yihadismo aplica estrictamente la orden dada por Mahoma: matar a los que no creen en Ala y Mahoma
Sin duda, corresponde al Papa clamar por la paz como consejo importante para nuestras conciencias. Pero, como hemos dicho, sus comentarios en el resto de los temas que interesan a nuestra conciencia sólo son opinión –informada, eso sí– pero no infalible
Tal como he dicho anteriormente, me enseñaron en la Escuela de Estado Mayor del Ejército español que la lealtad se demuestra diciéndole al Jefe lo bueno y lo malo. Sería innoble y desleal por mi parte, por tanto, callar nuestras dudas. Sería una especie de “servilismo clerical” que tanto daño hizo a la Iglesia en algunas épocas.
Lo mismo se podría decir de los pocos “dominadores” que destruyen el mundo, tal como comenta el Papa.
Pero, al respecto de los últimos acontecimientos trágicos sucedidos, no puedo dejar de preguntarme ¿se puede calificar de personas a los que devuelven a sus familias a los niños secuestrados por Hamas, previamente muertos y violados?
El concepto de lealtad al jefe –decirle lo bueno y lo malo– que me enseñaron en la Escuela de Estado Mayor es el que he pretendido mantener en mis alusiones al Papa, porque me confieso católico, pero sin los complejos al uso.
José María Fuente Sánchez
Coronel(r) de Caballería DEM, economista y estadístico, de la Asociación de Militares Escritores