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EL TRÁGALA DE LA "ULTRADERECHA"

En defensa de VOX

Victor Klemperer (1881-1960), autor de 'LTI. La lengua del III Reich'.
Victor Klemperer (1881-1960), autor de "LTI. La lengua del III Reich".

LA CRÍTICA, 12 DICIEMBRE 2018

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El filólogo judío alemán Victor Klemperer publicó en 1947 su célebre obra LTI. La lengua del III Reich, en cuyas páginas denunciaba la transformación radical del idioma alemán en una “neolengua”, que llegó a ser hablada por la mayoría de la población de forma natural...

... Sin embargo, Kemplerer señalaba, en el texto, que la resistencia a la opresión comenzaba por el cuestionamiento de la constante utilización de la jerga al uso. Por desgracia, la invención de una “neolengua” no ha sido ajena a otros sistemas políticos, incluso a los que, en ese aspecto, se consideraban más neutros, como el demoliberal. El politólogo e historiador francés Guy Hermet señalaba —y criticaba— que la Unión Europa había creado una “neolengua” al servicio de sus intereses políticos, basada en palabras tales como “diálogo social”, “socios”, “modelo social europeo”, “subsidiaridad”, “transpariencia”, “flexibilidad”, “código ético”, “criterios de convergencia”, cuya función era encubrir la dominación de una especie de “gobernanza” ajena, por sus propias características y proyectos, a la democracia representativa. Para Hermet, la nueva gobernanza posdemocrática se regía por “una dirección normativa, prescriptiva, represiva, gestionadora de análisis y modelación científicas”.

El sistema político español actual, partitocrático y corrupto, ha seguido, como no pocos regímenes políticos occidentales, esas pautas. Cambia la jerga, pero no el contenido ni los objetivos. En el caso español, la “neolengua” utiliza peyorativamente palabras tales como “conservador”, “fascista”, “derecha”, “ultra”, “intolerante”; y, sobre todo, “extrema derecha”. La entrada del partido político VOX en el parlamento autonómico andaluz con doce diputados ha obligado al establishment político-mediático a emplear tan concienzuda como brutalmente toda su parafernalia lingüística para atacar a la nueva formación política emergente. Y se ha comportado como una especie de bulldozer que intenta penetrar coactivamente en nuestro cerebro para condicionar e incluso determinar nuestros comportamientos. A veces, algunos tenemos la sensación de vivir bajo la égida de una especie de panóptico que vigila nuestros pensamientos, nuestras opiniones, nuestras ideas e incluso nuestros comportamientos. Algo que nos resulta ya absolutamente insoportable. Desde la mayoría de las instancias mediáticas, VOX ha sido no ya demonizado, sino incluso, como hubiera dicho Michel Foucault, psiquiatrizado, poco menos que como los “anormales” de la sociedad española actual. La consigna estaba clara: VOX es un partido de “extrema derecha” y no hay más que hablar. Pablo Iglesias Turrión llamó, una vez conocido el resultado de los comicios, a la lucha “antifascista”, provocando graves disturbios en Cádiz, Sevilla y Granada. El líder de la desvencijada Izquierda Unida, Alberto Garzón —autor de un libro titulado ¿Por qué soy comunista?, donde es incapaz de someter a autocrítica su monstruosa ideología— instaba a establecer un “cordón sanitario” para controlar el ascenso de VOX. Jesús Maraña opinaba que la derecha española cabalgaba “a lomos de un monstruo”. Rubén Amón calificaba al partido de “onanista y antiilustrado”. En un editorial, El País acusaba a VOX de defender la eliminación del Senado y del Tribunal Constitucional, la salida de la Unión Europea y la instauración de un régimen autoritario; todo lo cual es falso. La ministra Dolores Delgado, lo mismo que Susana Díaz, lo consideraban anticonstitucional, a diferencia de Podemos o del conjunto de los partidos independentistas. Luis Arroyo, que suele participar en la tertulia de 13 Televisión, El Cascabel lo tachaba de “extrema derecha, ultraderecha o fascista” —por lo visto todo da igual y es lo mismo—, “el partido hermano de Tea Party y Trump, de la extrema derecha de Le Pen, de la Liga Italiana (sic) y Salvini”. Como si no hubiera diferencias insalvables entre todos esos grupos. Un partido, en fin, “patriotero, pero antipatriótico”, “un partido de miedosos”. Y finalizaba su diatriba con el típico lema de Dolores Ibárruri, “No pasarán”. Es decir, se encuentra a la defensiva; craso error. El filósofo Daniel Innenarity —próximo al PNV— pedía una explicación “psicopatológica” del fenómeno y consideraba a VOX como un “movimiento político desprovisto de toda lógica política”, “la expresión más desinhibida de la antipolítica”.

Sin embargo, donde el nivel de abyección llegó al paroxismo fue en la cadena televisiva La Sexta, en cuyo programa Liarla Pardo, se emitió un reportaje sobre los votantes de VOX en la localidad de Marinaleda, bajo la hegemonía comunista desde hace treinta años. Un repugnante ejercicio de pura delación revolucionaria. No paró ahí la cosa. El activista Jordi Évole, más conocido por “El Follonero”, individuo ignorante, desaseado, producto típico del panóptico izquierdista de estos últimos años, entrevistó, en la misma cadena, al locutor y periodista Carlos Herrera, con el único objetivo de que, siendo como es director de un programa de la católica, COPE, estigmatizara a VOX, algo que consiguió, al menos en parte; lo que demuestra el nivel de complejos que padece el catolicismo español. En fin; hacía tiempo que no leía ni oía tantos disparates y mentiras acerca de un partido político. Y es que en las voces y en las plumas de todos estos sicofantes la “extrema derecha” en general y VOX en particular se han convertido no tanto en una realidad tangible, sino en una categoría moral, eterna, en el mal radical, en el enemigo a batir. Sin embargo, podemos preguntarnos si, desde una perspectiva académica, el concepto de “extrema derecha” posee un contenido analítico real. No pocos opinan que no.

El politólogo e historiador Jean-Pierre Taguieff ha señalado que, en realidad, carece de sentido preciso, ya que nunca se construyó para designar un tipo-ideal —en el sentido weberiano— o un modelo teórico. Y señala: “Ha quedado como una expresión polémica integrada, sin un trabajo mínimo de elaboración conceptual, en el vocabulario usual de los historiadores, de los politólogos y de los especialistas en ciencias sociales, pero igualmente en los actores políticos y los periodistas: una denominación convenida, ciertamente cómoda para referirse a la amalgama abigarrada de enemigos declarados de la democracia liberal, de la izquierda socialdemócrata y del comunismo, pero conceptualmente vaga, de fronteras indeterminadas”. En realidad, como señalan Seymour Martin Lipset y Earl Raab, el término “extremismo” sólo es válido para describir a los sectores políticos que intentan destruir el pluralismo inherente al sistema demoliberal de partidos, “un sistema con muchos centros de poder y zonas de intimidad”. Una alternativa que nunca ha defendido VOX; todo lo contario.

Como refleja su programa político de cien puntos, VOX es un partido que podemos conceptualizar como de derecha identitaria, centrado en la defensa de la identidad nacional frente a los retos tanto de la globalización y del modelo actual de construcción europea como de la emigración masiva, sobre todo de raíz musulmana. No sólo no se trata de un partido extremista, de cuya legitimidad no cabe duda, sino que ha sido capaz de dar uno de los análisis más certeros de la actual situación política española.

Y es que fenómenos tales como la crítica a la emigración nada tienen que ver en sí mismos con el “fascismo” o la “extrema derecha”. Como ha señalado el politólogo Andrés Rosler, la democracia es inseparable de un cierto particularismo, en concreto de la defensa de las identidades nacionales y culturales. La emigración es, y hay que dejarlo bien claro, un problema muy real para las sociedades europeas desarrolladas. Un problema a la vez político, social y económico. Como ha señalado el filósofo Roger Scruton, la globalización “no ha disminuido el sentido de la nacionalidad de la gente”. Bajo su impacto, “las naciones se han convertido en los receptáculos primarios y preferidos de la confianza de los ciudadanos, y el medio indispensable para comprender y disfrutar las nuevas condiciones de nuestro mundo”. En ese sentido, las migraciones masivas procedentes de África, Asia y Oriente Medio “han creado minorías potencialmente desleales y, en cualquier caso, antinacionales en el corazón de Francia, Alemania, Holanda, los países escandinavos y Gran Bretaña”. No muy lejos de la postura del conservador Scruton se encuentra el izquierdista Slavoj Zizek, para quien es “evidente la distinción entre el fascismo propiamente dicho y el populismo antiinmigración actual”. Y es que aquellos que defienden una apertura total de las fronteras, “¿son conscientes de que, puesto que nuestras democracias son naciones-Estados, su petición equivale a la suspensión de la democracia?”. “¿Debería permitirse que un cambio descomunal afecte a un país sin una consulta democrática a su población?”.

Se trata, además, de un problema que afecta sobre todo a las clases populares. Didier Eribon —sociólogo de izquierdas y biógrafo de Michel Foucault— ha descrito de una manera muy gráfica la experiencia de su familia, antigua votante del PCF, ante los retos que implican la competencia económica y la coexistencia social con las minorías musulmanas. Un nuevo contexto que provocó su voto al Frente Nacional de Le Pen:

“Por más paradójico que pueda parecer, estoy convencido de que el voto por el Frente Nacional debe interpretarse, al menos en parte, como el último recurso con el que contaban los medios populares para defender su identidad colectiva y, en todo caso, una dignidad que sentían igual de pisoteada que siempre, pero ahora también por quienes los habían representado y defendido en el pasado. La dignidad es un sentimiento frágil e inseguro: necesita señales y garantías. Necesita, ante todo, no tener la impresión de que uno es considerado una cantidad despreciable o simples elementos en cuadros estadísticos o archivos contables, es decir, objetos mudos en la decisión política”. “Al principio mi madre comenzó a quejarse de la ‘retahíla’ de hijos de los recién llegados, quienes orinaban y defecaban en las escaleras y que, ya adolescentes, convirtieron la ciudad en el reino de la pequeña delincuencia en medio de un clima de inseguridad y miedo. Se indignaba por cómo dañaban el edificio, desde las paredes de la escalera a las puertas de los depósitos individuales del subsuelo o los buzones de entrada —apenas los reparaban ya los rompían otra vez—, por el correo y el periódico que desaparecían con demasiada frecuencia. Sin hablar de los daños a los autos en las calles, retrovisores rotos, pinturas rayadas… Ya no soportaban el ruido incesante, los olores que emanaban de una cocina diferente, ni los gritos de los corderos que degollaban en el baño del departamento de arriba para la fiesta de Aïd el-Kébir (…) El ‘sentido común’ que compartían las clases populares ‘francesas’ sufrió un profundo cambio, precisamente porque la cualidad de ‘francés’ se convirtió en su elemento principal, reemplazando a la de ‘obrero’ u hombre y mujer de ‘izquierda’”.

De ahí igualmente que la politóloga Chantal Mouffe no considere “fascistas” a los nuevos partidos de derecha identitaria. A su entender, vivimos en la actualidad en Europa un “momento populista”; y estos partidos se presentan como “los adalides de la restitución al ‘pueblo’ de la voz que le habían quitado las elites”. Mediante el trazado de una frontera entre “el pueblo” y el “establishment político”, lograron traducir a un vocabulario nacionalista las demandas de los sectores populares que se sentían excluidos del consenso dominante. La acusación de “fascistas” o de “extrema derecha” es “una manera fácil de descalificarlos, sin reconocer la propia responsabilidad del centro izquierda en su surgimiento”.

Igualmente lúcida ha sido su respuesta al proceso secesionista que padecemos, y no sólo hoy por hoy en Cataluña. Como han puesto de relieve José Ramón Parada e Ignacio Sotelo, en estos últimos años hemos asistido al fracaso del modelo de descentralización política. El Estado de las autonomías no sólo no ha conseguido integrar a los nacionalismos periféricos, sino que ha favorecido las tendencias centrífugas; implica, además, unos costes económicos excesivos, que lo hacen, a medio plazo, inviable. Su dialéctica intrínseca lleva a la confederalización y luego a la fragmentación del Estado. VOX, a diferencia de otros partidos, ha tenido la virtud de plantear este problema capital. Siempre tendremos que estarle agradecidos los españoles por su rápida respuesta a la grave crisis provocada por el independentismo catalán, que todavía sigue. VOX jugó con fuerza un activo papel en el ámbito judicial, presentando diversas querellas criminales contra los políticos independentistas.

No menos certera es su apuesta por la reindustrialización del país, ya que España es una de las naciones más desindustrializadas de Europa, pasando de un 39% en 1975 del PIB a un 19% en la actualidad. Junto a ello hay que destacar su apoyo a políticas de natalidad, frente al “invierno demográfico” que padecemos, y que pone en cuestión, entre otras cosas la continuidad social, cultural y los fundamentos del Estado benefactor. De ahí igualmente lo plausible de sus críticas a las leyes de violencia de género, que claramente discriminan al sexo masculino. Pese a lo sostenido por las feministas más radicales, no se trata en modo alguno de una apología de lo que suele denominarse la “violencia machista”, sino de una reacción lógica a lo que feministas como Geneièse Fraisse o Camille Paglia denominan “excesos del género”. ¿Qué debemos entender como “feminismo”? ¿Tenemos que caer necesariamente en los excesos, por ejemplo, de Kate Millet en su deseo de destrucción de la familia y de lo que denomina el “patriarcado”? Como historiador, no menos necesario juzgo la derogación inmediata de la Ley de Memoria Histórica, que no es sólo un ejemplo de discriminación de un importante sector de la sociedad española, sino un serio atentado a la libertad intelectual y de investigación.

Sin duda, el éxito de VOX marca un hito, y puede marcarlo más en lo sucesivo, en la trayectoria histórica de las derechas españolas. Por de pronto, significa una bofetada para un partido como el dirigido hasta hace bien poco por Mariano Rajoy que ha despreciado sistemáticamente a un importante sector de su base social y electoral. Pero sobre todo supone un claro refuerzo del patriotismo español frente a los secesionismos. Y es que, como dice el izquierdista norteamericano Richard Rorty: “El orgullo nacional es para los países lo que la autoestima para los individuos: una condición necesaria para la autorrealización”.
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