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Josep Fontana Lázaro: guardián de la Historia y maestro de terrorismo intelectual

Josep Fontana falleció el pasado 28 de agosto. (Foto: La Sexta)
Josep Fontana falleció el pasado 28 de agosto. (Foto: La Sexta)

6 SEPTIEMBRE 2018

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Ya que nuestra izquierda no respeta ni tan siquiera el sueño de los muertos, conviene que los que discrepamos hondamente de sus ideas y de su visión del mundo, sometamos a una crítica solvente y fundada la trayectoria vital de algunos de sus iconos de referencia...

... Hace tiempo que la derecha ha renunciado a tan saludable tarea. Es necesario recobrarla, porque se trata de una labor no sólo de higiene mental, sino de salud pública. De auténtico revisionismo histórico, en el mejor sentido de la palabra. Todavía recuerdo la babosa cursilería con que los diarios conservadores analizaron, a la hora de su muerte, las figuras emblemáticas de Pierre Vilar y de Manuel Tuñón de Lara. Las necrológicas silenciaron sistemáticamente, para no molestar a los nuevos guardianes de la Historia, su trayectoria política e intelectual. Nada se dijo de un Vilar marxista-leninista convencido, admirador de Stalin y de Enver Hoxha y aliado constante del nacionalismo catalán más radical. Su partido español de referencia fue el PCE (marxista-leninista), cuyos representantes eran radicalmente críticos con el eurocomunismo. De Tuñón de Lara tan sólo hay que decir lo que señaló José Varela Ortega: deformaba el pasado como herramienta de futuro. Ahora, acaba de fallecer Josep Fontana Lázaro y la mayoría de los medios de comunicación le han rendido un acrítico homenaje. En opinión de un articulista de El País fue “uno de los grandes renovadores de la historiografía española”. ¿Qué hay de cierto en tan ditirámbico juicio? ¿Quién fue Josep Fontana Lázaro?

Nacido en Barcelona en 1931, discípulo de Pierre Vilar y de Vicens Vives, Fontana militó desde muy joven en el PSUC. Básicamente, fue un marxista catalanista, un nacional-comunista. En sus colaboraciones en revistas clandestinas durante el franquismo, bajo el pseudónimo de “Ferrán Costa”, se mostraba partidario de las tesis soberanistas de los “Països Catalans”. Ya entonces se caracterizaba por su lenguaje provocador y excluyente, cuando calificaba al historiador Hugh Trevor Roper de “anticomunista profesional”. Se opuso a la declaración de abril de 1967, en la que el comité ejecutivo del PCE anunciaba un pacto que llevara a la democracia no sólo con los sectores de izquierda, sino con los reformistas del franquismo. A su entender, aquella declaración significaba que “el Partido pacta con los asesinos de Julián Grimau”, aunque finalmente tuvo que aceptarla. Se dio a conocer en el mundo académico con su tesis doctoral La quiebra de la Monarquía absoluta, defendida en 1970 y publicada por la editorial Ariel dos años más tarde. Su campo de investigación y estudio es el período de transición del Antiguo Régimen a la sociedad liberal, es decir, en términos marxistas, la “revolución burguesa”. En su opinión, en España se había adoptado la vía prusiana, a través de una alianza de la burguesía con la nobleza latifundista. En Fontana la faceta de investigador es tan importante como la de polemista, historiador militante y, sobre todo, Guardián de la Historia. Como Tuñón de Lara, Fontana tiene una concepción abiertamente instrumentalista del conocimiento histórico. La historia es siempre “una herramienta valiosísima para la formación de una conciencia crítica”. La suya ha sido siempre una labor historiográfica de “combate”. Fue un auténtico campeón del terrorismo intelectual. El lenguaje de Fontana era provocador y en no pocas ocasiones recurrió al insulto y la diatriba. En sus primeras escaramuzas, relacionó a la Escuela de Navarra, de Suárez y Comellas, con la concepción “paranoica de la historia”. Fontana obtuvo la cátedra de Historia económica en la Universidad de Valencia, y dos años después pasó a ocupar la de la Universidad Autónoma de Barcelona. A su faceta académica, hay que añadir su labor de animador cultural sobre el fondo de influyentes revistas y editoriales como Recerques, Crítica, Mientras tanto, L´Avenç, Ariel, etc. En ese sentido, ha divulgado en España las obras de Thompson, Rudé, Soboul, Hobsbawm, Kossok, etc.

A su entender, la labor del historiador era luchar por aproximarse “al ideal de la supresión de todas las formas de explotación del hombre, de una sociedad igualitaria en la que se haya dominado toda coerción”. A partir de tales supuestos, Fontana intenta fundamentar sus postulados mediante una serie de calas en la historia de la historiografía y del pensamiento político europeos. Y casi todas las figuras elegidas salían muy malparadas. Ranke ante todo se caracterizaba por su “reverencia hacia el poder”. La filosofía de Collingwood no era otra cosa que “un potaje”. Karl Popper era un defensor de “la sociedad abierta y del beneficio capitalista”, cuyos planteamientos filosóficos y epistemológicos son “tan groseros como tramposos”. No obstante, el principal enemigo con que el historiador catalán se enfrentaba era, sin duda, la Escuela de los Annales, de Lucien Febvre y Fernand Braudel. A su entender, Annales es un “sucedáneo del marxismo, que finge preocupaciones progresistas y procura apartar a quienes trabajan en el terreno de la historia del peligro de adentrarse en la reflexión teórica, sustituida por un conjunto de herramientas metodológicas de la más reluciente novedad y con garantía de cientificismo”, pura “cacharrería”. Acusaba a Febvre de colaborar con el régimen de Vichy. Calificaba El Mediterráneo en tiempos de Felipe II de “un puro artificio literario”. Braudel no era más que un esbirro del capitalismo, ya que estimaba que “una de las estructuras permanentes de la historia es que toda sociedad es jerarquizada” y “acaba afirmando que el capitalismo es inevitable”. El fruto de la socialdemocracia había sido “desmovilizar a las masas trabajadoras… para conducirlas a la tranquila colaboración con el capitalismo, que era el lógico corolario de sus planteamientos teóricos”. Sus simpatías iban hacia el marxismo revolucionario de Gramsci, Korsch y Lukács en detrimento de Kaustky. François Furet aparecía como una especie de paniaguado del capitalismo norteamericano. Sus estudios sobre la Revolución francesa eran tan sólo de “carácter ensayístico y de síntesis”. Mona Ozouf era “una especialista de tercera fila”. Juzgaba “irrelevantes” las tesis de Hayden White sobre la historia y la literatura, “pura fantasmagoría”. Y es que el posmodernismo era “el auténtico fin de la historia tal y como la hemos conocido, porque priva a todos los acontecimientos históricos de sentido”. Fontana planteaba ya el tema de la “memoria histórica”, que no trataba, a su juicio, de “recuperar del pasado verdades que estaban enterradas bajo las ruinas del olvido”, sino de construir “presentes recordados”. No en vano, patrocinó el denominado “Memorial Democrático”, un auténtico proyecto totalitario que pretendía imponer una visión única de la historia de Cataluña en el siglo XX.

En los últimos años, Fontana, aunque especializado en el siglo XIX español, comenzó a hacer sus pinitos, con fervor de neófito, en la historia del franquismo. A su entender, lo que Franco y sus acólitos pretendían “no era combatir la radicalización de una política que hasta entonces había sido harto moderada, sino la república misma, y lo que ésta había significado”, es decir, “liquidar la democracia y el parlamentarismo para establecer, de entrada, lo que el propio Franco llamaría dictadura militar”. Como si la democracia liberal hubiese sido alguna vez el horizonte político de Fontana; nunca lo ha sido. Comparaba ambas represiones, en detrimento de la nacionalista. Para luego afirmar que el desarrollo español de los años sesenta se debía “a los créditos norteamericanos y, sobre todo, al timón de la economía europea”. En esa línea, llegó a afirmar que la política hidráulica de la II República había sido más efectiva que la llevada a cabo por el régimen nacido de la guerra civil. Sus conclusiones eran las esperadas, porque Fontana nunca defrauda a sus lectores: el régimen de Franco representó “un retraso de entre diez y quince años en nuestro crecimiento económico”. Podemos preguntarnos, no obstante, por las consecuencias de una política económica de corte marxista como las que propugnaban, por entonces, Fontana y sus camaradas del PSUC. Por supuesto, ha defendido que en la guerra civil existió un auténtico “genocidio” por parte de los vencedores. Y que Franco era más “reaccionario” que Fernando VII. Claro que la transición, a la que calificó de “sainete”, tampoco ha sido de su agrado. Y es que tanto el PSOE como el PCE traicionaron, en su opinión, a sus bases sociales, abandonaron sus proyectos de transformación social y pactaron con los franquistas, a cambio de acceso a parcelas de poder. Tristemente memorable fue su participación en el vergonzoso simposio sobre “España contra Cataluña”, en el que defendió, contra no pocas racionalidades y evidencias, que el resultado de la Guerra de Secesión fue el triunfo del absolutismo castellano sobre un proyecto político catalán basado en el establecimiento de formas representativas y democráticas en el camino de Holanda e Inglaterra. Como es de rigor en estos casos, Cataluña representa la modernidad política y económica frente a una Castilla semifeudal, autoritaria y asimiladora. En su libro La formació d´una identitat. Una historia de Catalunya, siguió esta misma línea interpretativa. En concreto, la Guerra de Sucesión fue una lucha por “recuperar las libertades constitucionales”. El siglo XVIII fue, en consecuencia, un siglo de represión y de resistencia; algo que tuvo continuidad a lo largo de los siglos XIX y XX. Por ello, entendía que la autonomía garantizada por la Constitución de 1978 no era más que una autonomía “limitada”. En una entrevista, Fontana rechazó la traducción de su libro al castellano, dado que los españoles habían sido educados “para no entender nada”.

Fontana fue siempre fiel, por cierto, al legado de la revolución bolchevique de 1917. Y es que, a su entender, Lenin tenía razón frente a la social-democracia y “las mentiras del régimen parlamentario burgués donde todo (las reglas del sufragio, el control de la prensa, etc) contribuía a establecer una democracia sólo para ricos”. A ese respecto, propugnó recientemente, en una conferencia, “recuperar la historia de aquella gran esperanza, frustrada en su dimensión más global, que encierra también nuestras luchas sociales”.

Fontana abandonó en 1980 el PSUC, por considerarlo excesivamente moderado y contemporizador. En sus últimos años, comparó el Partido Popular con el nacional-socialismo. Apoyó la candidatura de Ada Colau al ayuntamiento de Barcelona. Y se sintió identificado con la CUP, partido que le parecía “limpio y sincero”. Ciudadanos, en cambio, lo interpretaba como “un invento catalán que engarza con la tradición de nuestra gran burguesía, que cuando ve obstaculizados sus intereses se pasa al enemigo; ya lo hizo en 1936”.

Como no creo en el Mal absoluto, diré que estoy de acuerdo en una cosa que Fontana sostiene en su libro La Historia de los hombres: el siglo XX: “La historia en malas manos puede convertirse en una terrible arma destructiva”. Su producción historiográfica es, sin duda, un gran ejemplo de ello. Aun así, algunos le seguirán considerando un maestro. Del terrorismo intelectual, por supuesto.
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