Íñigo Castellano Barón

La izquierda desarbolada

(Ilustración: La Crítica / IA).

LA CRÍTICA, 8 ABRIL 2026

Íñigo Castellano Barón | Miércoles 08 de abril de 2026

El sustrato virtual, falazmente llamado progresista, de la izquierda global y populista, no solo se ha agrietado: ha sido arrastrado por la corriente de la realidad. Y no por una discusión teórica ni por un debate académico, sino por el único tribunal que nunca admite recurso: las convocatorias electorales.

Durante años la izquierda contemporánea ha vivido instalada en una cómoda ficción moral. Un sistema cerrado, autorreferencial, donde el lenguaje sustituía a la realidad y la repetición hacía las veces de verdad. No se trataba de comprender el mundo, sino de nombrarlo, y al nombrarlo, domesticarlo. Convertirlo en un objeto dócil, moldeable, susceptible de ser encajado en categorías previamente diseñadas. Ese sistema funcionó mientras el mundo parecía aceptar el juego. Mientras las tensiones quedaban amortiguadas por la inercia de un orden internacional heredado, mientras las guerras eran lejanas o gestionables, mientras el conflicto podía ser reinterpretado como una anomalía dentro de un supuesto progreso lineal de la historia. (...)



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Pero la historia no avanza en línea recta. Y cuando regresa, lo hace con una contundencia que ningún discurso puede amortiguar. La guerra entre Irán e Israel ha sido, en este sentido, un punto de inflexión. No por su singularidad —la historia está llena de conflictos— sino por lo que ha revelado: la incapacidad del progresismo para operar en un mundo donde los actores no obedecen a su gramática moral. La guerra introduce una exigencia que el pensamiento progresista ha ido posponiendo durante décadas: la necesidad de elegir. Elegir entre aliados y adversarios, entre amenazas y riesgos asumibles, entre principios y supervivencia. Y elegir implica jerarquizar, discriminar, asumir costes. Exactamente lo contrario de la equidistancia confortable.

Ahí es donde el edificio empieza a desmoronarse. Porque la izquierda contemporánea no ha sido diseñada para elegir, sino para señalar. No para decidir, sino para comentar. Su función ha sido la de un observador moral que reparte certificados de legitimidad sin necesidad de asumir las consecuencias de sus juicios. Pero cuando el mundo exige decisiones, ese papel se vuelve insuficiente, incluso ridículo. Europa encarna de manera paradigmática esta contradicción. Durante años ha proclamado valores universales mientras practicaba una política exterior basada en la externalización de sus dilemas. Derechos humanos en los comunicados; acuerdos estratégicos en la trastienda. Condenas retóricas hacia unos, silencios calculados hacia otros.

Esa doble moral —que se pretendía sofisticación diplomática— ha quedado al descubierto. Porque la guerra no permite ese juego. La guerra obliga a reconocer que no todos los actores son equivalentes, que no todos los comportamientos admiten el mismo grado de comprensión, que no toda violencia es intercambiable. Sin embargo la reacción ha sido la esperada: declaraciones ambiguas, condenas cuidadosamente equilibradas, una retórica que intenta no incomodar a nadie y que, por ello mismo, ha dejado de tener valor explicativo. La diplomacia convertida en un ejercicio de redacción.

En este contexto, la figura de Donald Trump reaparece como elemento disruptivo. No como solución —sería ingenuo afirmarlo— sino como catalizador. Trump no introduce la incoherencia del sistema; la expone sin filtros. Su manera de operar, ajena a la liturgia del consenso progresista, actúa como un reactivo químico que hace visibles las impurezas. El escándalo que provoca no es tanto ideológico como metodológico. Trump decide. Y decidir, en un entorno acostumbrado a diluir la responsabilidad en procedimientos, resulta intolerable. Porque decidir implica asumir consecuencias, y eso es precisamente lo que el progresismo ha tratado de evitar sustituyendo la acción por el discurso. Aquí es donde conviene recordar a Edmund Burke, cuando advertía que «para que triunfe el mal basta con que los hombres buenos no hagan nada». La izquierda contemporánea ha reinterpretado esta máxima de manera peculiar: ha sustituido el «hacer» por el «declarar». Y ha confundido la indignación con la acción.

El resultado es una política internacional basada en protocolos de indignación selectiva. No se reacciona ante los hechos, sino ante la identidad del actor que los protagoniza. Si es aliado, comprensión; si es adversario, condena. No es una desviación del sistema: es su lógica interna. La guerra de Irán ha puesto este mecanismo en evidencia con una crudeza difícil de disimular. El feminismo, tan vocal en otros contextos, se vuelve tenue cuando las víctimas no encajan en el marco narrativo. Los derechos humanos se aplican con geometría variable. El pacifismo convertido en consigna, desaparece cuando la complejidad del conflicto exige algo más que eslóganes.

No se trata de errores puntuales. Se trata de una estructura. La izquierda global no ha dejado de hablar de principios; ha dejado de aplicarlos de manera coherente. Y esa incoherencia, que durante años pudo disimularse mediante el control del relato, se vuelve ahora imposible de ocultar. En paralelo, organismos como la ONU continúan desempeñando su papel habitual: producir lenguaje. Resoluciones, condenas, llamamientos… una arquitectura verbal que simula acción sin producirla. La neutralidad dinámica como forma de supervivencia institucional.

Pero el mundo no se detiene ante los comunicados. Las potencias actúan. Los bloques se reorganizan. Las alianzas se redefinen. Y lo hacen atendiendo a categorías que el progresismo había relegado: poder, seguridad, interés estratégico. Tres conceptos incómodos para un discurso que aspiraba a sustituir la política por la moral.

Aquí es donde la fractura se vuelve irreversible. Porque el problema de la izquierda no es que haya perdido el poder del discurso, sino que ha perdido su capacidad para explicar la realidad. El relato ya no ordena los hechos; los encubre mal. Y cuando el encubrimiento falla, la estructura entera se resiente. La reacción, una vez más, es el cierre de filas. Simplificación, caricatura, descalificación del adversario. Pero este mecanismo, eficaz en contextos controlados, resulta insuficiente ante una realidad que se impone con independencia del relato.

El mundo no se deja reetiquetar indefinidamente. Y mientras tanto, el ciudadano observa. Percibe la distancia entre lo que se dice y lo que ocurre. Entre la indignación proclamada y la indiferencia práctica. Entre la retórica universalista y la aplicación selectiva de los principios. Esa distancia es el verdadero problema. No para el sistema —que puede adaptarse— sino para la credibilidad de quienes lo sostienen.

Por eso la izquierda aparece hoy desarbolada. No por falta de ideas, ni siquiera por falta de poder, sino por una desconexión creciente con la realidad que pretende interpretar. Ha convertido el lenguaje en su principal herramienta y, al hacerlo, ha olvidado que el lenguaje no sustituye a los hechos. La política en última instancia, no es un ejercicio retórico. Es una práctica de decisión bajo incertidumbre. Implica elegir, asumir costes, equivocarse incluso. Pero sobre todo implica actuar. El progresismo contemporáneo muestra su mayor debilidad: en la incapacidad para abandonar el comentario y entrar en la acción.

La guerra ha hecho lo que ningún adversario ideológico había logrado: obligar a contrastar el discurso con la realidad. Y en ese contraste, la inconsistencia ya no puede maquillarse. El mundo ha cambiado de registro. Ha pasado del lenguaje al hecho. De la declaración a la decisión. Y quien no entienda esa transición quedará fuera de juego.

La izquierda, hoy, no está derrotada. Está desubicada. Y esa es una situación mucho más peligrosa, porque impide comprender el terreno sobre el que se pisa. La historia ha vuelto. Y no pide permiso. El NO A LA GUERRA le introduce en una espesa neblina que la impide saber a cuál puerto arribará.

Iñigo Castellano y Barón

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