No hace mucho leí en los noticiarios que la Casa del Rey había decidido que la Princesa de Asturias, doña Leonor (si Dios quiere, futura Reina y Jefa constitucional del Estado español), inicie el próximo otoño sus estudios universitarios para la licenciatura de Ciencias Políticas en la madrileña Universidad Carlos III. (...)
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Mi experiencia de casi sesenta años (1966-2026) en la carrera universitaria de Ciencias Políticas en España (primero como alumno, desde 1966 hasta 1971; después como profesor en diferentes categorías -ayudante, adjunto, catedrático, honorífico-, y finalmente ya jubilado como simple ensayista político, desde 1971 hasta 2026), mi experiencia, decía, me ha convencido de que tales estudios han generado políticos y “politólogos” de todo tipo, buenos y malos, pero escasamente han producido esa rara avis denominada “científico-políticos”.
La razón de ello posiblemente sea que la política no es en rigor una ciencia por carecer de un objeto preciso susceptible de conocimiento científico (¿lo político? ¿el poder? ¿la justicia?), sino una práctica ideológica, un arte, o más modestamente una actividad humanística o simplemente humana, por desgracia nunca immune a la corrupción. En el mejor de los casos, a mi juicio, sería que lo estudios de Ciencias Políticas produjeran una modesta y razonable filosofía política.
Mis estudios, títulos y prácticas se desarrollaron en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), primera en España, fundada por el régimen autoritario de Francisco Franco en 1944, pero que también será “alma mater” de varias generaciones de líderes y activistas demócratas, durante la pre-Transición y la propia Transición a la democracia. Originalmente denominada Facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales, y desde 1974 rebautizada, con nuevos planes de estudio, como Facultad de Ciencias Políticas y Sociología (sobre la Facultad complutense como “alma mater” democrática, véanse mis ensayos: “Introducción” a la obra Fundamentos de Ciencia Política, Manuel Pastor coord., McGraw-Hill, Madrid, 1994; “‘Subi’, un separatista catalán en el Gobierno español”, La Crítica, 20/4/2022; “El Departamento complutense de Ciencia Política en la Transición española”, La Crítica, 1/5/2022).
Tras graduarme y defender una tesis doctoral en la UCM sobre el fascismo, y tras obtener por concurso tradicional de méritos y ejercicios (las llamadas “oposiciones”) primero la adjuntía y después la primera cátedra de Ciencia Política (en 1983, entonces todavía denominada cátedra de “Teoría del Estado y Derecho Constitucional” en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM), publiqué un breve ensayo titulado “Introducción: la Ciencia Política en España” (en la obra colectiva Ciencia Política, Manuel Pastor comp., McGraw-Hill, Madrid, 1988, páginas xi-xxiii).
En dicho ensayo señalaba que los orígenes de la Ciencia Política en España había que localizarlos en la Edad Media, en la prosa doctrinal e histórica de diversos autores como el rey Alfonso X, don Juan Manuel, el canciller Ayala, Raimundo Lulio, Francesc Eiximenis (Regiment de la cosa publica, Valencia, 1383), y otros nombres menos conocidos (Callis, Vilanova, Terrena, Eymerich, etc.). En el siglo XIV el gallego Alvaro Pelayo (Especulum regum) y en el XV el valenciano Pedro Belluga (Especulum principum) publican sendos tratados, todavía en lengua latina, cuyos títulos serán canónicos en la literatura política de Occidente sobre los “Espejos” de príncipes y reyes, culminando en el famosísimo Il Principe de Maquiavelo y las diversas reacciones anti-maquiavélicas del Renacimiento.
En los albores del siglo XVI sobresalen el gran tratadista Rodrigo Sánchez de Arévalo (Suma de la Politica; De Pace et Bello), Alonso de Madrigal (Repetitio de optima politica), la famosa obra de fray Alonso de Castrillo (Tratado de Republica, Burgos, 1521), y con proyección europea las de Luis Vives (De subventiones pauperum, Brujas, 1526; De Concordia et Discordia in humano genere, y De pacificationes, Amberes, 1529; De communione rerum, Basilea, 1538).
La lista de autores notables sobre asuntos políticos en el Siglo de Oro es extensa: Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Domingo Báñez, Bartolomé de Las Casas, Jerónimo de Mendieta, José Manuel Peramas, Fernando Vázquez de Menchaca, Diego de Covarrubias, Juan Ginés de Sepúlveda, Pedro de Rivadeneyra, Luis de Molina, Juan de Mariana, Francisco Suárez, Baltasar Alamos de Barrientos, Baltasar Gracián, Francisco de Quevedo, Diego Saavedra Fajardo, etc.
Asimismo he explorado el desarrollo de la Ciencia Política como práctica y teoría o discurso ideológico en otro ensayo más extenso, “Los estudios de pensamiento político en España” (en otra obra colectiva, Las Ciencias Sociales en España: Ciencia Política y de la Administración, Ramón Cotarelo coord., Ed. Complutense, Madrid, 1994, páginas 69-103).
En el primer ensayo antes mencionado (de 1988), citaba al profesor Luis Recasens Siches en un informe de varios autores para la UNESCO, Ciencia Política Contemporánea (París, 195O), señalando que en España las materias directa o indirectamente relacionadas con la Ciencia Política, tradicionalmente se habían estudiado bajo la denominación de Derecho Político, Teoría del Estado, Filosofía del Derecho y Sociología. Es decir, en el seno de las Facultades universitarias de Derecho y, desde 1944, en la Facultad de Ciencias Políticas.
Sería precisamente durante el reinado de Carlos III cuando se creen las cátedras de “Política y Econonía” y de “Derecho natural y de gentes” en los Reales Estudios de San Isidro de Madrid, que impulsan el desarrollo del Derecho Político y del Derecho Internacional con autores como Joaquín Marín y Mendoza, Joseph de Olmeda y León, inmediatos precedentes de los ilustrados, conservadores, liberales y constitucionalistas que a lo largo del siglo XIX poblarán las academias y más tarde las cátedras de Derecho Político y Derecho Administrativo en nuestras universidades. La lista de nombres aquí también es extensa: Jovellanos, Martínez Marina, Salas, Alcalá Galiano, Pacheco, Donoso Cortés, Orodea, Esperón, De los Ríos, De la Cuadra, Martínez de la Rosa, Pastor Díaz, Balmes, Castelar, Cánovas del Castillo, Barcia, Orense, Borrego, Colmeiro, Ferrán, Santamaría de Paredes, Gil Robles, Costa, Azcárate, Posada, etc., sin adentrarnos más en el siglo XX con nombres ya muy conocidos.
Por supuesto, como he insinuado a lo largo de este ensayo, la política ha impregnado en gran medida los estudios académicos, generando políticos profesionales de diversa calidad, así como también ha impregnado a esa categoría intelectual reciente que ha proliferado de los llamados “politólogos”. No oculto la suerte que tuve, y el orgullo que siento al recordar a mis maestros y a los de mi generación universitaria (profesores como Paulino Garagorri, Luis Díez del Corral, Carlos Ollero, José Antonio Maravall, Antonio Truyol y Serra, Fernando Garrido Falla, Luis García Valdeavellano, etc., y otros indirectos como Enrique Tierno Galván, Stanley G. Payne, Octavio Paz, Jean-Francoise Revel, Julián Marías, Pablo Lucas Verdú, Manuel Fraga Iribarne, etc.). Dudo que las recientes generaciones hayan tenido maestros de ese nivel, y ello explica en gran parte el deterioro de la educación pública y el exceso en su politización.
La creación de la Universidad Carlos III, por ejemplo, tuvo la pretensión por parte de su fundador y rector “vitalicio”, Gregorio Peces Barba, de ser una universidad “socialista”. Creo que al menos hasta hace pocos años (hasta la “podemización” de las universidades públicas) no lo logró, en gran parte gracias a profesores académicamente ejemplares e imparciales -con independencia de sus preferencias políticas- egresados de nuestro Departamento en la UCM, como fue el primer catedrático de Ciencia Política y de la Administración en el nuevo campus de Getafe, Francisco Vanaclocha Bellver (no me resisto a citar su ejemplar colaboración, “Procesos y sistemas electorales”, en la obra colectiva antes mencionada, Ciencia Política, Manuel Pastor comp., McGraw-Hill, Madrid, 1988, páginas 233-304).
Manuel Pastor Martínez
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