Ante la ambigüedad del Gobierno en asuntos estratégicos esenciales, la oposición no puede limitarse al comentario fragmentario. Hay momentos en que la política exige una formulación superior: una voz clara de Estado cuando el Ejecutivo duda, calla o se contradice.
La política española lleva demasiado tiempo instalada en una anomalía que ya apenas sorprende porque se ha hecho cotidiana: mientras el mundo se endurece, las alianzas internacionales se reafirman y Europa redefine sus prioridades estratégicas, el Gobierno español sigue administrando parte de su discurso exterior mediante reflejos ideológicos heredados, fórmulas gastadas y consignas de consumo interno que poco tienen que ver con la realidad de las responsabilidades de Estado. (...)
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El PSoe ha vuelto a recurrir a uno de sus mantras históricos más rentables, el “No a la guerra”, precisamente en el momento en que más evidente resulta que ni siquiera quienes lo repiten gobiernan conforme a su significado literal. La fórmula reaparece siempre que conviene activar una determinada sensibilidad política, como si bastara pronunciarla para neutralizar cualquier contradicción. Pero la realidad, una vez más, circula por otro carril.
España pertenece a OTAN, mantiene compromisos militares activos, participa en estructuras de defensa colectiva y despliega medios allí donde los acuerdos internacionales lo exigen. Esa condición no es decorativa ni reversible según convenga al discurso parlamentario del día. Forma parte de la arquitectura de seguridad occidental en la que España decidió integrarse hace décadas y de la que depende buena parte de su estabilidad exterior.
Mientras determinados sectores del Gobierno insisten en alimentar un lenguaje pacifista destinado a satisfacer a sus socios ideológicos más reacios a toda cultura atlántica, unidades de la Armada Española operan con normalidad en escenarios sensibles del Mediterráneo oriental, integradas en misiones de vigilancia, disuasión y protección dentro de un marco aliado que no admite teatralizaciones políticas.
La presencia española en torno a Chipre no responde a consignas, sino a obligaciones concretas derivadas de un contexto internacional inestable donde la defensa de corredores marítimos, la vigilancia regional y la cooperación militar son parte de una responsabilidad asumida. Ahí aparece una contradicción cada vez más difícil de disimular: hacia dentro se agita una retórica emocional; hacia fuera se cumple exactamente aquello que internamente se evita explicar con claridad.
No se trata de una incoherencia accidental, sino de un método político ya consolidado. Se proclama una posición moral de máximos mientras el aparato del Estado actúa conforme a exigencias muy distintas. Se ofrece un discurso para la tribuna y otro para los compromisos reales. Se intenta preservar una imagen ideológica interna sin renunciar a las obligaciones internacionales que el país no puede eludir. Ese doble lenguaje erosiona credibilidad. Porque los aliados no observan solo los movimientos operativos de un país, sino también el modo en que ese país defiende públicamente sus compromisos. La confianza internacional depende de la continuidad, pero también de la claridad política.
Y precisamente ahí, España empieza a proyectar una imagen incómoda: la de un socio que ejecuta con discreción lo que verbalmente relativiza por razones de equilibrio interno. El debate reciente sobre Base Naval de Rota y Base Aérea de Morón ha vuelto a situar esa ambigüedad en primer plano. Ambas instalaciones forman parte esencial del dispositivo estratégico occidental en el sur de Europa, de la cooperación con Estados Unidos y del equilibrio de seguridad en el eje atlántico y mediterráneo. No son infraestructuras accesorias ni negociables desde la improvisación ideológica. Son piezas de Estado.
Sin embargo, lejos de afirmarlo con serenidad institucional, el Ejecutivo se mueve otra vez entre silencios calculados, matices ambiguos y mensajes dirigidos a no incomodar a quienes dentro de su propia mayoría parlamentaria continúan viendo toda cooperación militar occidental como una concesión ideológica intolerable. Ese comportamiento tiene consecuencias exteriores, aunque en Madrid se tienda a subestimarlas.
En política internacional la ambigüedad prolongada se interpreta como duda, y la duda como debilidad. Lo más preocupante es que esta lógica se repite en casi todos los grandes asuntos nacionales: decir una cosa, ejecutar otra, aplazar la explicación y confiar en que el ruido político interno disuelva la contradicción antes de que cristalice. La vieja secuencia del socialismo español vuelve a aparecer intacta: consigna, superioridad moral, simplificación del adversario y desplazamiento del debate de fondo.
“No a la guerra”, “No pasarán”, “No es no” “OTAN No”. Son fórmulas de otra época que funcionaron como identidad política en momentos distintos, pero que hoy revelan sobre todo la dificultad de formular un pensamiento actualizado ante un escenario internacional radicalmente distinto.
Mientras buena parte de la socialdemocracia europea revisó hace años sus postulados clásicos y asumió sin dramatismo que defensa, seguridad y estabilidad estratégica forman parte del ejercicio moderno del poder, en España persiste una izquierda atrapada en reflejos antiguos, obligada a hablar hacia dentro como si el contexto internacional no hubiera cambiado. En Alemania, en Dinamarca o en Suecia, la izquierda institucional comprendió hace tiempo que determinadas cuestiones no admiten teatralización ideológica permanente. Aquí, en cambio, sigue pesando la necesidad de alimentar una retórica de pureza doctrinal mientras la realidad obliga a hacer exactamente lo contrario. Ese desfase explica también parte del cansancio creciente de la sociedad española ante los mantras políticos. El ciudadano percibe cada vez con más claridad cuándo una fórmula verbal intenta sustituir una explicación seria. Y precisamente por eso la respuesta de la oposición no puede seguir siendo dispersa ni limitada al comentario parlamentario de ocasión.
Hay momentos en que la política exige elevar el nivel de respuesta. Como ya se ha sostenido con razón en análisis recientes, ha llegado el momento de que la derecha española comprenda que determinados asuntos exigen una formulación conjunta, superior al combate ordinario de partido. Y así lo expresé en dos sendos artículos publicados recientemente.
Cuando está en juego la credibilidad internacional de España, cuando se proyecta incertidumbre sobre compromisos estratégicos esenciales, cuando el Gobierno parece más pendiente de preservar equilibrios ideológicos internos que de afirmar una posición nacional reconocible, la respuesta no debería fragmentarse en declaraciones aisladas. Es el momento de una Declaración conjunta por parte de la derecha institucional: una declaración clara, pública, sin estridencias pero inequívoca, suscrita por los principales responsables políticos del espacio de centroderecha, capaz de trasladar dentro y fuera de España un mensaje elemental: que existen materias donde la continuidad nacional no puede quedar sometida al vaivén de alianzas parlamentarias coyunturales, como así me he manifestado anteriormente en dos sendos artículos.
La defensa, las alianzas atlánticas, la estabilidad estratégica y la credibilidad exterior pertenecen a esa categoría. No se trataría de una operación partidista, sino precisamente de afirmar que hay momentos en los que la oposición debe ejercer una responsabilidad suplementaria cuando el Gobierno introduce dudas donde debería ofrecer certidumbre. Porque si el Ejecutivo insiste en hablar con ambigüedad hacia fuera para preservar su equilibrio hacia dentro, alguien debe recordar que España sigue siendo una nación obligada a expresarse con claridad allí donde sus aliados observan.
La derecha dispone hoy de una oportunidad política que va más allá del cálculo inmediato: ocupar un espacio de responsabilidad nacional que el propio Gobierno está dejando vacío. No basta con denunciar contradicciones. Hay que ofrecer una voz reconocible.
Porque llega un momento en que callar fragmentadamente equivale a permitir que la duda se consolide. Y ese momento, precisamente ahora, ha llegado.
Por Iñigo Castellano y Barón
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