El lector comprenderá que me refiero en este artículo al concepto y neologismo “totalitarismo” como antídoto al uso y abuso del término “fascismo” junto a sus derivados y otros términos insultantes corrientemente asociados (“fascista”, “facha”, “nazismo”, “nazi”, “franquismo”, “franquista”, “extrema derecha”, “ultraderecha”, etc.) excesivamente frecuentes y fatigosos en el debate y el análisis político actual. (...)
Por supuesto no estoy proponiendo el totalitarismo como solución material o práctica política, sino como criterio e instrumento intelectual para una mejor comprensión de la compleja fenomenología de las dictaduras y los regímenes no democráticos o autocráticos históricos, con sus correspondientes entramados ideológicos.
Es un tema que me ha ocupado muchos años en mi carrera como profesor de Ideologías Políticas en la Universidad Complutense de Madrid y en varias universidades estadounidenses. No pretendo que el paciente lector lea todos mis artículos sobre este asunto, pero sí quiero dejar constancia al menos de algunos títulos referentes al tema (entre casi medio centenar publicados solo en La Crítica, y casi otra veintena en diversas revistas digitales -Libertad Digital, Kosmos-Polis- o de papel), tras mi tesis doctoral en la UCM (1976) y la ya lejana publicación de mis dos primeros libritos, Los orígenes del fascismo en España (1975) y Ensayo sobre la Dictadura. Bonapartismo y Fascismo (1977).
Mencionaré los siguientes artículos míos, por su contribución concreta al concepto de Totalitarismo: “Las Dictaduras” (con Carmen Ninou, 1994), “El siglo del Totalitarismo” (2016), “El Terror totalitario y la Cheka” (2016), “Autoritarismo y Totalitarismo en la tradición del pensamiento católico”(2016), “Juan Donoso Cortés y la Teoría de la Dictadura” (2017), “Autoritarismo y Totalitarismo” (2017), “Totalitarismo en el lenguaje político español” (2017).
Curiosamente los términos modernos “Fascismo” y “Totalitarismo” nacen casi al mismo tiempo. Ya he contado algunas veces que aunque “fascio” y “fascismo” son anteriores a la fundación del Fascismo de Mussolini en 1919 (Fascios de Combate, poco después Partido Nacional Fascista), es poco sabido que el neologismo “totalitarismo” aparece ya en 1918 referido al Comunismo soviético: el periodista alemán Alfons Paquet lo usa en sus Cartas desde Moscú en una frase (“el totalitarismo revolucionario de Lenin”) reproducida en su libro titulado -en alemán- En la Rusia Comunista. Cartas desde Moscú (Jena, 1919), que será traducido al español con el mismo título por Lorenzo Luzuriaga y publicado por la editorial Calpe (Madrid, 1921).
Ciertamente el liberal Italiano Giovanni Amendola usa también el término “Totalitarismo” en 1923, críticamente en referencia al gobierno dictatorial fascista de Mussolini, y hacia 1925 el propio Duce lo asume retóricamente (más tarde también lo hará Franco), aunque el consenso hoy entre los historiadores más prestigiosos y rigurosos es que las dictaduras de Mussolini y de Franco no fueron exactamente totalitarias. La gran especialista, Hannah Arendt (The Origins of Totalitarianism, 1951) señaló como casos más próximos al concepto totalitario -de una dictadura total: política, económica y cultural- el comunismo o estalinismo en la Unión Soviética y el nazismo o nacionalsocialismo en Alemania.
Carl Schmitt precisará más tarde que lo característico es la subordinación del Estado al Partido Totalitario, y más recientemente diversos analistas (entre los que me incluyo: M. Pastor, “A propósito del término islamofascismo”, La Ilustración Liberal, Madrid, 2007) hemos visto otro caso especial de totalitarismo en las teocracias islamistas, lo que Maxime Rodinson (el primero, en 1978/79, refiriéndose al movimiento y régimen en Irán de Jomeini), después Norman Podhoretz, David Horowitz, Roger Scruton y muchos otros llamarán un poco confusamente “islamofascismo”.
Los modelos teóricos son como las redes del pescador. Solo quien las use “pescará” en las aguas revueltas de la propaganda ideológica y la retórica excesiva que acompañan a los movimientos de masas modernos (socialismo, comunismo, fascismo, nazismo, etc.). Personalmente, por ejemplo, he denunciado repetidamente en La Crítica la “fatiga de fascismo” en el uso y abuso del término. En mi opinión el concepto de “totalitarismo” puede ser útil como vacuna intelectual contra los insultos y usos indebidos o inexactos en los debates y pronunciamientos de la mayoría de los partidos políticos, especialmente en las izquierdas.
Por tanto quizás sea pertinente el ejemplo de un pensador icónico precisamente para las izquierdas, el marxista y revolucionario soviético Leon Trotsky en su dramática historia personal como líder y profeta (armado y desarmado), finalmente desterrado, marginado y liquidado.
Por supuesto, no soy trotskista aunque he admirado la gran capacidad intelectual y analítica de Trotsky (aunque creo que también sufrió sonoras derrotas políticas en algunos de sus debates públicos, aparte de sus enfrentamientos iniciales con Lenin y posteriores con Stalin. Por ejemplo en polémicas, al principio de su carrera política con el coronel alemán Max Hoffman durante las negociaciones de Brest-Litovsk en 1918, y al final con el profesor de filosofía estadounidense James Burnham, de la NYU, en 1940). No obstante creo que fue ejemplar su aceptación y empleo preciso del concepto de “totalitarismo” en sus múltiples escritos, especialmente durante los últimos meses de su agitada vida.
Aunque un notorio trotskista, Ernest Mandel, insinuara que puede observarse una correlación muy clara entre el auge-descenso de la popularidad de la teoría del “totalitarismo” y el flujo-reflujo de la Guerra Fría (El Fascismo, 1976) -hipótesis muy querida todavía por los intelectuales de izquierdas- lo cierto es que Trotsky le reconoció un valor heurístico, sin prejuicios. Desde su famoso artículo “¿Qué es el Fascismo?” (Carta a un camarada inglés, 1931) donde diferenciaba entre el fascismo italiano de Mussolini y la dictadura militar de Primo de Rivera en España; asimismo desde el ensayo “Bonapartismo y Fascismo” (1934) y el libro La Revolución Traicionada (1936), hasta el ensayo final, incompleto por su trágica muerte, “Bonapartismo, Fascismo, y Guerra” (1940), Trotsky mostró un cuidadoso interés en definir con precisión los diferentes tipos de dictaduras capitalistas e incluso la dictadura socialista de un “Estado obrero burocráticamente degenerado”.
En la obra mencionada sobre el estalinismo -tres años antes del pacto Ribbentrop-Molotov (o pacto Hitler-Stalin)- llegaría a afirmar con un valor a contracorriente: “A pesar de la profunda diferencia de sus bases sociales, el estalinismo y el fascismo son fenómenos simétricos; en muchos de sus rasgos tienen una semejanza asombrosa.” Las distinciones rigurosas no obstante facilitarán la vía al concepto de “totalitarismo”.
Pese a los orígenes liberales y conservadores del mismo concepto (Alfons Paquet, Giovanni Amendola, Luigi Salvatorelli, Piero Gobetti & Gaetano Salvemini, Luigi Sturzo, Benedetto Croce y Giovanni Gentile… Unamuno, Cambó, Ortega y Pla en España) Trotsky lo adoptará en sus últimos escritos (véanse: Writings of Leon Trotsky, 1939-40, Pathfinder Press, New York, 1973).
Existe una breve selección en español de ensayos sobre el fascismo de Trotsky (El Fascismo, CEPE, Buenos Aires, 1972), y asimismo una extensa colección en inglés (The Struggle Against Fascism in Germany, Pathfinder Press, New York, 1971), ésta con una introducción de Ernest Mandel, en la que señala oportunamente que “La historia del fascismo es al mismo tiempo la historia de los análisis teóricos del fascismo (...) La historia del auge del fascismo es al mismo tiempo la historia de la inadecuada teoría dominante sobre el fascismo.” (Por cierto, Mandel debería haberse aplicado la observación a sí mismo, ya que reiterada y equívocamente consideró al franquismo en España un caso típico de fascismo, ignorando la diversa tipología de Trotsky sobre las dictaduras y los bonapartismos). En cualquier caso, con algunas imprecisiones el Viejo Topo aparentemente reservó el término “totalitarismo” para la simetría del pacto Hitler-Stalin en 1939, y como harán Max Eastman, James Burnham y Hannah Arendt entre otros, para el estalinismo y el nazismo.