Dice la leyenda que fue Don Álvaro de Luna quien, allá por 1445, acuñó la conocida frase “Cría cuervos y te sacarán los ojos” al escuchar el relato de un ciego que, respondiendo al condestable sobre el origen de su desgracia, confesó serla el ataque de un cuervo al que había criado desde que fuera corvato. (...)
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Aun habiendo dudas sobre el origen de tan conocida sentencia, incorporada como algo natural a nuestra lengua, lo cierto es que todos nosotros o al menos los que contamos ya con algunas décadas de vida, hemos comprobado en nuestro entorno más próximo lo veraz de su contundente afirmación, diría que desde siempre y, por ende, diría que desde siempre también es uno de los rasgos característicos, un tanto despreciables, de la condición humana.
Por si entonces le quedaba alguna duda, cosa que yo no creo, pocos años después de su encuentro con el ciego, en 1453, la cabeza del Condestable de Castilla rodaba por el cadalso en la plaza Mayor de Valladolid.
Recientemente, ayer mismo, y dejando atrás ese recuerdo histórico-lingüístico quizá poco afortunado, la visita a calzón quitado de la ciudadana española Isabel Díaz Ayuso a Méjico y el torrente de reacciones diversas desde ese país y España, básicamente, ha puesto sobre la mesa esta cuestión de los cuervos. De los cuervos que desde siglos ha criado España y que una y otra vez han asaltado sus ojos.
Por lo que es imperativo –a pesar de que por esos vaivenes de la política hoy sea más que incorrecto– manifestar claramente el respeto y admiración por la labor de España en su andadura por el mundo y de aquellos que hoy, insisto, a pesar de su incorrección, se atreven a alzar la voz en su reivindicación y defensa.
Por eso de la globalización, supongo, hoy los cuervos graznan al unísono desde instituciones y medios de comunicación, de aquí y de allá, sean de sangre española en todo o en parte, naturales o adoptados, o simplemente alguien que pasaba por allí. Un coro sorprendente y fascinante por su fuerza expansiva que requiere en quien lo escucha y contempla una fuerza aún mayor para no sucumbir a su canto.
Juan Manuel Martínez Valdueza
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