La Almirante de las Islas del Olvido: La odisea de hierro de Isabel Barreto
En el crepúsculo del siglo XVI, cuando los mapas de la Corona Española todavía sangraban por los bordes de lo desconocido, una mujer de linaje gallego y voluntad de granito desafió las leyes de la naturaleza y las convenciones de la fe para reclamar un imperio en el vacío. Isabel Barreto no fue solo la esposa de un explorador, sino la primera mujer en la historia en ostentar el título de Almirante y Gobernadora en una de las travesías más desgarradoras y letales de la era de los descubrimientos. Su historia es la crónica documentada de una resistencia sobrehumana: el relato de cómo una sola voluntad impidió que el mayor fracaso naval de España se hundiera en el silencio del Pacífico, transformando una expedición agónica en una proeza de navegación que todavía hoy desafía toda lógica náutica. (...)
...
A bordo del galeón San Gerónimo, rodeada de hombres que preferían el motín a la obediencia femenina, esta mujer gobernó una flota de sombras a través del hambre, el escorbuto y el horror de un océano sin fin. Su historia es la crónica documentada de una resistencia sobrehumana: el relato de cómo una sola voluntad impidió que el mayor fracaso naval de España se hundiera en el silencio del Pacífico, transformando una expedición agónica en una proeza de navegación que todavía hoy desafía toda lógica náutica.
España latía bajo el pulso final de Felipe II, el Rey Prudente, un monarca que desde su celda de granito en El Escorial gobernaba un imperio donde el sol jamás encontraba el descanso. Era una nación que se desangraba en mil frentes europeos mientras intentaba desesperadamente cerrar el círculo del mundo. El Pacífico, conocido entonces como el Lago Español, era un tablero de ajedrez líquido de dimensiones astronómicas donde la Corona buscaba desesperadamente una ruta de regreso desde las Filipinas y sobre todo, la mítica Terra Australis Incognita. En este entorno de fervor religioso, bancarrotas imperiales y una burocracia que anotaba cada gramo de oro con precisión de contable, la expedición de 1595 representaba el último gran suspiro de la era de los adelantados, aquellos hombres que empeñaban su fortuna y su linaje a cambio de un título sobre tierras que a menudo solo existían en su imaginación. Isabel, nacida en el seno de una familia de marinos pontevedreses asentados en el Virreinato del Perú, no era ajena a este mundo de jerarquías y ambiciones; su linaje la había preparado para entender que en el Imperio, el apellido pesaba tanto como el acero de la espada.
La expedición que zarpó del puerto de Paita el 16 de junio de 1595 no era una flotilla de conquista ordinaria. Bajo el mando de Álvaro de Mendaña, adelantado de las Islas Salomón, cuatro naves —la capitana San Gerónimo, la almiranta Santa Isabel, el galeote San Felipe y la fragata Santa Catalina— se internaron en la inmensidad del Pacífico con una carga insólita: familias enteras, mujeres, niños y ganado. El objetivo no era el mero hallazgo geográfico, sino la fundación de una nueva Jerusalén en mitad del abismo líquido. Sin embargo, desde los primeros compases del viaje, la atmósfera en las cubiertas de madera se impregnó de un presagio funesto. Isabel Barreto, joven y de una belleza que las crónicas de la época describen como severa, no ocupaba el lugar de una acompañante pasiva. Su presencia en el alcázar de popa, siempre cerca de su esposo y de sus tres hermanos, marcaba una jerarquía de sangre que los soldados y marineros, curtidos en mil batallas, observaban con una mezcla de recelo y superstición.
La navegación en el siglo XVI era un ejercicio de misticismo matemático. Sin cronómetros para determinar la longitud, los pilotos como Pedro Fernández de Quirós dependían de la navegación por estima, un cálculo basado en la observación de la velocidad de la nave mediante la corredera y el rumbo marcado por la aguja de marear. Cada legua recorrida hacia el oeste era una apuesta contra la eternidad.
El océano Pacífico, que Mendaña pretendía domesticar, se reveló como un monstruo de bonanzas engañosas y corrientes traicioneras. La primera gran tragedia golpeó a la expedición cerca de la isla de Santa Cruz (Archipiélago de los Galápagos) Ecuador, cuando la almiranta Santa Isabel desapareció bajo una bruma espesa cerca de un volcán en erupción. Cientos de almas se hundieron en el silencio sin dejar rastro de madera o vela. Fue en este escenario de ceniza volcánica y desesperación donde la figura de Isabel Barreto comenzó a agigantarse.
En la isla de Santa Cruz, la utopía de Mendaña se transformó en un camposanto. Las fiebres tropicales, el hambre y las flechas envenenadas de los nativos diezmaron a los colonos. Aquel archipiélago, bautizado con el nombre bíblico del rey Salomón bajo la creencia de que ocultaba las minas de Ofir, se convertiría en las «Islas del Olvido». Geográficamente situadas en la actual Melanesia, estas islas serían borradas de los mapas durante siglos; la incapacidad técnica para fijar su longitud exacta las transformó en un mito que aparecía y desaparecía según los delirios de los cartógrafos. Mendaña, consumido por la enfermedad y el fracaso, en un acto sin precedentes en la legislación de Indias, dictó su testamento nombrando a su esposa Isabel Barreto, heredera universal y gobernadora de la expedición. Al morir también su hermano Lorenzo Barreto pocos días después, Isabel asumió el mando militar absoluto. Se convirtió, de jure y de facto, en la Almirante de una flota moribunda. Los documentos del Archivo General de Indias confirman que no hubo vacilación en su ascenso; mientras los hombres deliraban, ella se ciñó el luto y ordenó el abandono de la colonia fallida para poner rumbo a las Filipinas. No hubo ceremonia, solo el gesto firme de ceñirse el luto y tomar el control de una armada moribunda.
La vida a bordo del San Gerónimo se convirtió en un descenso a los infiernos del negro realismo. El bizcocho de mar, la base de la dieta, era una masa endurecida que los marineros debían golpear contra la mesa para expulsar a los gorgojos antes de ingerirla; a menudo, el hambre era tal que se consumía con los propios insectos para obtener proteínas. El agua, almacenada en pipas de madera que se corrompían bajo el sol ecuatorial, se volvía espesa y fétida, obligando a los supervivientes a filtrarla con trozos de sábana. En este entorno, el escorbuto comenzó a cobrarse su tributo: las encías de los hombres se inflamaban hasta cubrir los dientes, convirtiendo el acto de comer en un tormento insoportable. Las llagas no cicatrizaban y las antiguas heridas de guerra volvían a abrirse bajo la presión de la humedad y la falta de vitaminas. Isabel, sin embargo, mantenía una disciplina que rozaba lo irreal. Se decía que aparecía en cubierta con sus cuellos de encaje impecables, un recordatorio visual de que la civilización todavía respiraba en aquel naufragio andante.
La travesía desde estas islas perdidas hasta Manila es uno de los episodios más atroces de la historia naval. El San Gerónimo hacía aguas por todas sus costuras debido a la broma, ese molusco xilófago que convertía los cascos de roble en frágil encaje de madera. Los hombres trabajaban en las bombas de achique hasta que sus manos estallaban en llagas vivas, solo para ver cómo el nivel del agua en la sentina volvía a subir al cesar el esfuerzo. En este microcosmos de miseria, la autoridad de Isabel Barreto se mantuvo mediante una disciplina que sus detractores calificaron de tiránica. Pedro Fernández de Quirós, cuya relación con la gobernadora fue una guerra de voluntades constante, dejó escrito en sus diarios su resentimiento hacia una mujer que según él, lavaba su ropa con el agua dulce destinada a la sed de los agonizantes. Sin embargo, la lógica del mando naval en condiciones extremas sugiere que la Almirante mantenía la etiqueta y el decoro como el último baluarte contra la anarquía. Si la gobernadora descendía a la miseria del marinero, la estructura de poder colapsaría y con ella, la última esperanza de salvación. Quirós la acusaba de acaparar los escasos suministros, pero la realidad documental sugiere una lectura distinta: Isabel comprendía que en una nave donde la muerte era el único pasajero seguro, la pérdida de las formas jerárquicas era el preludio de la antropofagia y el caos total. Su rigor no era vanidad, sino la última línea de defensa de la estructura de mando. Cuando el hambre llevó a algunos soldados a plantear el motín, la respuesta de la gobernadora fue la soga. No hubo juicios, solo la ejecución inmediata de quienes amenazaban la integridad de la nave. Esta dureza, documentada en las crónicas de la época, fue el único lenguaje que la soldadesca entendió para no entregarse al canibalismo o al caos. Isabel no buscaba la gloria, buscaba el puerto.
Las corrientes del Mar del Sur, invisibles y poderosas, jugaban con los cálculos de Quirós. Al no poder medir la longitud, el piloto dependía de su intuición y de la observación de las nubes y las aves. Pero el Pacífico es vasto y engañoso. La nave fue desplazada cientos de millas al norte de su ruta estimada por la corriente ecuatorial del sur, lo que prolongó la agonía de la tripulación durante semanas.
Isabel supervisaba cada cambio de vela, cada racionamiento de las últimas tinajas de vino y agua. Cuando el descontento se filtró entre la soldadesca y el rumor del motín comenzó a correr por los sollados, la Almirante no llamó al diálogo. Ordenó que la soga fuera colgada en el palo mayor como un mudo aviso. En una ocasión, cuando las quejas subieron de tono frente a su cámara, Isabel salió al alcázar con su daga en mano, y su mirada fue suficiente para que los hombres retrocedieran. No buscaba el afecto de sus subordinados, buscaba su obediencia ciega, pues sabía que era la única brújula que les quedaba.
La técnica de navegación empleada para cruzar aquel desierto líquido exigía una precisión milimétrica. Debían evitar los arrecifes de las Carolinas y las Palaos, navegando con velas cuadras que se deshacían en hilos bajo los temporales. En las noches sin estrellas, el San Gerónimo era una cáscara de nuez a merced de los elementos. Isabel, en un despliegue de voluntad que hoy llamaríamos liderazgo situacional, se encargaba de que las guardias se cumplieran a rajatabla, castigando con la pérdida de la ración a quien fuera encontrado durmiendo sobre su puesto. Esta dureza, aunque brutal a ojos modernos, fue lo que impidió que la nave se convirtiera en un cementerio flotante antes de llegar a su destino. Cada legua ganada al océano era una victoria personal de la mujer que se negaba a morir.
Al avistar finalmente las costas de Luzón en febrero de 1596, el espectáculo que ofrecía la expedición era dantesco. El San Gerónimo entró en el puerto de Cavite con el casco cubierto de algas y las velas remendadas con jirones de ropa vieja. Los supervivientes eran esqueletos vivientes que apenas tenían fuerzas para lanzar las anclas. Pero Isabel Barreto, fiel a su linaje y a su cargo, no permitió que se les viera como mendigos. Exigió que se le rindieran los honores debidos a una Adelantada de la Corona. La sorpresa de los funcionarios coloniales en Manila fue absoluta: una mujer, de luto riguroso, reclamaba el mando de una armada desahuciada y exigía suministros, reparaciones y el reconocimiento de sus títulos.
Lo que siguió fue una batalla legal tan encarnizada como la del mar. Las autoridades de Manila, recelosas de una mujer que ostentaba poderes de virreina sobre tierras todavía por conquistar, intentaron invalidar el testamento de Mendaña. Pero Isabel Barreto no era una mujer que se dejara intimidar por la burocracia colonial. Con una tenacidad jurídica asombrosa, contrató a los mejores letrados de la ciudad y defendió sus derechos ante la Audiencia. No solo logró que se respetaran sus cargos, sino que se reabasteció con fondos de la Corona, demostrando una habilidad política que igualaba su valentía náutica. Fue en Manila donde contrajo su segundo matrimonio, con el caballero Fernando de Castro, una unión estratégica que reforzó su posición social y económica frente a sus detractores, incluyendo al propio Quirós, quien nunca dejó de escribir libelos contra ella para intentar limpiar su propia imagen tras el fracaso de la expedición original.
El legado de Isabel Barreto es el de una pionera que operó fuera de los márgenes de su tiempo con una ferocidad que solo el límite del mundo puede engendrar. Su historia fue escrita principalmente por sus enemigos, hombres que no pudieron perdonar que una mujer tuviera la sangre suficientemente fría como para salvar lo que ellos habrían perdido por indecisión. Regresó finalmente a América, trasladándose a México y luego de vuelta al Perú, donde pasó sus últimos días en la villa de Castrovirreyna. Allí, custodiaba con celo los documentos amarillentos que la acreditaban como la dueña legítima de unas islas que para el resto del mundo, ya solo existían en la bruma de la leyenda. En el relato de Quirós, ella es la villana egoísta; en la realidad de los hechos, es la estratega que cruzó el Pacífico con una nave que se deshacía entre las manos. Su memoria y los mapas que ella misma ayudó a trazar con el sudor y la sangre de su tripulación se guardan en la memoria.
La Almirante Barreto permanece hoy como símbolo de la voluntad humana frente al determinismo geográfico y social. Su aventura no fue una búsqueda romántica de tesoros, sino una lucha encarnizada por la soberanía sobre el propio destino. En un siglo donde el horizonte era el límite del mundo conocido, ella fue la única que se atrevió a mirar al abismo y ordenarle que se apartara de su camino. Su tumba, perdida en los Andes peruanos, guarda el secreto de una mujer que entendió que el mando no reside en la espada, sino en la mirada que no se desvía ante la tormenta. Su nombre, a menudo omitido o relegado a notas al pie de página en los libros escolares, es la estela indeleble de una España que se extendió hasta lo imposible bajo el mando de una mujer que no conoció la palabra derrota. Imperio en el vacío, el de Isabel Barreto fue el primer dominio español que no necesitó de tierras firmes para existir, pues se forjó en la inmaterialidad de su propio carácter sobre la inmensidad de las aguas.
Iñigo Castellano y Barón
Conozca a Íñigo Castellano y Barón