Alejandro A. Tagliavini

Para algunos, la esclavitud es aceptable y recomendable

A. Tagliavini

LA CRÍTICA 5 SEPTIEMBRE 2026

Alejandro A. Tagliavini | Martes 06 de octubre de 2026

«Creo que con el tiempo mereceremos no tener gobiernos», Jorge Luis Borges, (El informe de Brodie, 1970).

 

                           ¡Aleluya! Desde hace algo más de un mes hemos dejado de trabajar para el buen pasar de los políticos y lo hacemos para nuestro propio bien (bueno, en la medida en que nos permiten hacerlo). (...)



El denominado “Día de la Liberación Fiscal” se sitúa este año en España el 20 de agosto, fecha hasta la que, según los cálculos de la Fundación Civismo, un contribuyente medio habría destinado el equivalente a 231 días de renta al pago de impuestos, tasas y cotizaciones sociales. La fecha se retrasa dos días respecto a 2025 y se sitúa lejos de los niveles registrados en 2019, gracias al inefable Pedro Sánchez.

                          El estudio, del Centro de Análisis de la Sostenibilidad del Modelo Económico de la Fundación Civismo, lo calcula dividiendo los impuestos y cotizaciones soportados por los hogares entre la renta familiar amplia generada, aplicando posteriormente distintos mecanismos correctores.

                            Por su parte, en Argentina, para el tributarista Guillermo Pérez, contando tanto los impuestos como las cargas forzadas por el gobierno en nombre de la seguridad social, para quienes pagan, la carga impositiva efectiva significa que, por caso, una empresa trabaja desde el 1 de enero hasta mediados de agosto para el Estado y recién entonces genera su propia rentabilidad.

                            En mi opinión, ambos se quedan cortos, ya que solo calculan las cargas que recaen directamente sobre el contribuyente, pero no consideran la cascada implícita, es decir que, al comprar un producto, no solo se paga el IVA, sino que el precio (sin IVA) incluye -en sus costos- los impuestos que han tenido que pagar las empresas fabricantes, los intermediarios y los vendedores.

                           Claro que existen dudas sobre la metodología de estos cálculos, y ciertamente tienen una importante carga de subjetividad, pero la misma Fundación Civismo reconoce que es una simplificación cuya utilidad consiste en concientizar de forma comprensible una cuestión compleja y, en rigor, imposible de calcular con certeza.

                         Muchos “expertos” argumentan que los impuestos no pueden analizarse únicamente como una cantidad que desaparece, ya que financian servicios, prestaciones e infraestructuras que reciben los ciudadanos. A ver, hay dos cosas importantes que aclarar al respecto.

                       En primer lugar, si bien la presión fiscal -aún los “impuestos a los ricos”- en general perjudica a todos, al final recae con más fuerza sobre los de menos recursos ya que, cuanto más alto es el nivel económico de una persona, con más fuerza la deriva -necesariamente, no es de su exclusiva decisión- hacia abajo.

                       Por caso, un empresario -al realizar con eficiencia su trabajo y mantener la rentabilidad- paga las cargas fiscales subiendo precios, bajando salarios o dejando de invertir -o consumir- demandando menos mano de obra. En tanto que los asalariados tienen que absorber todo esto sin poder aumentar sus ingresos.

                      En segundo lugar, la eficiencia se produce en un mercado libre precisamente porque cada persona actúa logrando su mayor beneficio. Por ejemplo, un transportista de buen grado compra un camión para mejorar su negocio y se favorece la fábrica que, con ese dinero, puede mejorar su producción.

                       En cambio, el Estado tiene que forzar el pago de impuestos precisamente porque los ciudadanos se negarían, dado no ven su beneficio maximizado por lo que reciben a cambio. Por cierto, no vale decir que habría servicios sin prestatarios de no proveerlos el Estado porque hasta al justicia -los mediadores- y la seguridad pueden ser provistas con eficacia por personas privadas. 

                       El “Decreto Maricarmen” de la izquierda española, tumbado de momento -habrá que ver qué se trae entre manos Sánchez al adelantar las elecciones generales- es un ejemplo de lo que los Estados pueden hacer con los impuestos: gastar dinero en sueldos de políticos y burócratas que imponen “regulaciones” que logran el atraso y destrozan el mercado. Al momento de conocerse este decreto, antes de llegar a promulgarse, preventivamente los propietarios se resguardaron y las ofertas de alquiler en Madrid cayeron en un 20%.

                       Pero lo más llamativo es el lado moral. “Especialistas” como Jesús Ruiz-Huerta, catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos, aseguran que los impuestos no son opuestos a la libertad ya que se reciben prestaciones a cambio. Además de que estas prestaciones son ineficaces como vimos y, por lo tanto, una pérdida para la sociedad, cómo puede decirse que algo que es obligado no es contrario a la libertad. Extraño concepto de libertad.

                      ¿Cambiamos de gobierno? Pues la realidad es que el clásico péndulo izquierda/derecha parece ser solo un entretenimiento, porque poco cambia con cada administración. Para muestra basta un botón: Flávio Bolsonaro, que ganó la primera vuelta en Brasil y se perfila como el favorito para ganar la presidencia en el balotaje, ha dicho que “recortará impuestos como Milei”… en fin, hay aquí un pequeño detalle: el argentino no bajó la presión fiscal, sino que la subió.  

                       Entre muchos autores, el Papa Gregorio VII remarcaba el origen violento de los Estados y Ptolomeo de Lucca señalaba que se originan en la conquista militar. San Agustín lo dejaba claro: "...cada uno salga vencedor o vencido en la guerra... unos tuviesen reinos y otros viviesen sujetos a los que reinan". Así, hoy los Estados modernos pueden definirse como el monopolio de la violencia con el que imponen “leyes” y “regulaciones”. Aunque sean democráticos, votados, si tienen que imponer sus “leyes” por la fuerza, es que son ineficientes.

                      Ahora resulta que, según la Real Academia Española, esclavitud viene "Del lat. mediev. sclavus, este del gr. bizant. σκλάβος sklábos, der. regres. de σκλαβηνός sklabēnós; propiamente 'eslavo', y este del eslavo slovĕninŭ, nombre que se daba a sí mismo el pueblo eslavo, que fue víctima de la esclavitud en el Oriente medieval. 1. adj. Dicho de una persona: Que carece de libertad por estar bajo el dominio de otra. U. m. c. s."

                          Los políticos definen la esclavitud acorde con sus interese. Así, la ONU dice que "Por trabajo forzoso puede entenderse el que se realiza de manera involuntaria y bajo amenaza de una pena cualquiera…". Pero luego agrega "excepciones" interesadas como "el Servicio militar obligatorio. Obligaciones cívicas normales (¡?)" que incluye el pago de impuestos, o sea, si una persona es forzada por los políticos -votados o no- a pagar lo que ellos deciden, no es esclavo. 

                          Prefiero tomar la definición de entidades no directamente interesadas. Por caso, Walk Free Foundation de Australia, una ONG sin intereses políticos, define la esclavitud como una "situación de explotación a la que una persona no puede negarse debido a amenazas, violencia, coerción, abuso de poder o engaño".

                          En fin, "¿Qué sucedió con los gobiernos? Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba... Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos", escribió Jorge Luis Borges en "El libro de arena".

                           Pues eso, los políticos deberían buscar oficios honestos como el de cómicos o curanderos, en lugar de emular la esclavitud.

 

A. Tagliavini es miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

 

En X @alextagliavini

 

www.alejandrotagliavini.com

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